Odio

Podemos debatir la presencia de opiniones extremas en nuestro debate público. Lo que parece dudoso es permitirles enseñorearse en el foro.

La Libertad enarbolando el odio Autor: Guillermo T. Aveledo

La Libertad enarbolando el odio
Autor: Guillermo T. Aveledo

Slavoj Žižek, el filósofo esloveno, comentaba el vil ataque contra la revista satírica Charlie Hebdo, señalando que los demócratas de Occidente eran tibios y pusilánimes al pretender moderación ante los apasionados adversarios islámicos. Ante eso, Žižek proclamaba que el extremismo político —de izquierdas, claro— no era una corriente meramente aceptable, sino esencialísima a la democracia.

Aunque no se ajusta un #JeSuisCharlie, como comprensiblemente exclamó una opinión global indignada, el filósofo del shock nos espeta una empobrecedora conclusión. Para defender la civilidad hay que dejar la civilidad de lado. La libertad no tendría límites y la pasión de la convicción es más poderosa que la posibilidad de entendimiento. Sin el odio, esta quedaría bajo el soporífero dominio de las verdades establecidas.

Es innegable que hay elementos de heroísmo en el pundonor de las víctimas del atentado de enero. Pero elevar el estilo de Charlie al estatus de ícono de la libertad hace problemática la defensa de los principios que enarbola. Bajo el amparo de la libertad de expresión y en ocasión del horror, miles de voces que exudan un lenguaje de odio han adquirido respetabilidad. Con la licencia de atacar alguna corriente tenida como reaccionaria o anticuada, se permiten denigrar complejas culturas, creencias y sensibilidades, invitando a su censura y a la agresión. Autorizadas por el martirio, elevarán a lo masivo estas expresiones, que consideraríamos intrínsecamente censurables si tocaran algo caro a la opinión general: hay blancos que son más fáciles que otros, pero nada es intocable.

Queda claro que es inevitable ofender ante la miríada de opiniones en las complejas sociedades contemporáneas. Pero buscar premeditadamente ofender para resaltar y atacar lo que se odia, cruza el límite democrático. Con los epítetos y estereotipos se anula la humanidad de nuestro interlocutor, normalizando el desprecio. La burla que se impone sobre el débil y el minusválido, aun si en ocasiones enfila sus plumas hacia el poderoso, no es una sátira genuina sino el camino hacia la violencia real.

No sin ironía, la democracia es la negación del odio, y por tanto solo florece en un clima de opinión moderado. La moderación permite la deliberación de argumentos contrastantes, evadiendo los ataques personales y minimizando el prejuicio. Precisamente porque el espacio público emerge desde posiciones contrastantes pero se construye no solo reconociendo el derecho a la libertad de sostenerlas y expresarlas, o admitiendo una natural puja entre intereses, sino también asumiendo carencias no advertidas desde la propia opinión, acercándonos a una idea común que trasciende nuestra inclinación inicial. No es, como señala Žižek, la aversión al riesgo y el agotamiento de la convicción que despreciaba Nietzsche lo que caracteriza a los demócratas deliberantes; al contrario, se trata del esfuerzo constante en ver más allá de nuestras narices y nuestros intereses. Esto puede parecer una ilusión, siendo tal la facilidad que muestra la segura crispación para llenar los vacíos de la vacilante moderación [no entiendo].

La contribución humanista al espacio público estriba, entonces, en la promoción de los principios propios de la persona humana. Es preciso reconocer críticamente los intereses y marcos de referencia detrás de las posturas, sin dejar de admitir la validez de diversas posiciones, ni olvidar los hechos que ocultan los lugares comunes. Implica, por último, mantener y promover la civilidad del debate público.

Ante la violencia física, verbal y visual que impulsa el odio, es imposible una discusión libre. Defender el derecho del adversario implica también llamar a la moderación de todos.

 

Guillermo Aveledo | @GTAveledo