El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner ha establecido una Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional.
Pese a las esperadas prevenciones, ¿es tal cosa posible?

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La opinión pública latinoamericana ha tomado con recelo la recién formada Secretaría de Pensamiento Nacional en Argentina: entre sospechas sobre el interés personal de los intelectuales-funcionarios, hasta temores sobre una potencial unificación totalitaria del pensamiento, se ve como otro exceso de la polémica mandataria.

Pero veámoslo de otro modo: en América Latina ha habido intentos similares sustentados en feliz pluralismo. En Venezuela, la colección oficial Pensamiento Político Venezolano superó los cien volúmenes, y aunque solo recogió las ideas hasta 1958, trató de representar tanto la diversidad del pensamiento oficial como la miríada opositora. En Argentina la editorial Ateneo publicó en sus Claves del Bicentenario una colección de pensamiento político que iba desde los hombres de Mayo hasta el peronismo kirchnerista.

Lo que preocupa de la Secretaría es que hable de “pensamiento nacional” en singular. Las corrientes de pensamiento en América Latina son variadas, y no necesariamente agotan una clasificación exhaustiva: liberales y conservadores, centralistas y federalistas, católicos y materialistas, populistas y comunistas, socialistas y burgueses, militares y civilistas, desarrollistas y románticos, positivistas y metafísicos, indigenistas y globalistas… El historiador intelectual y el polemista podrán etiquetar, pero los pensadores de mayor proyección escaparán tenazmente tal encuadre.

 

Se nos dirá, con aires de resignada dependencia o de orgullo anticolonial, que los ismos nos vienen como versiones de sus fuentes “originales”. Nuestro liberalismo o nuestro marxismo, por decir dos, serían versiones empobrecidas o distintas de las ideas occidentales. Lo cierto es que nuestra región ha estado en un diálogo permanente con el mundo, y en ello estriba su universalismo: no hay Belgrano sin Rousseau, ni Guevara sin Lenin, ni Cavallo sin Hayek. Tampoco hay un Perón sin –entre otras cosas— doctrina social católica. Eso sin considerar cómo nos hemos leído e influido entre nosotros: Rodó, Vasconcelos, Martí son lecturas dilectas de todo intelectual latinoamericano que hoy, gracias a la emergencia de estas latitudes, se proyectan globalmente sin complejos.

Preocuparnos hoy por defender un único pensamiento nacional sería anular lo que nos ata al pensamiento universal y, con eso, la posibilidad de pluralismo democrático.

Guillermo Aveledo, @GTAveledo