Platón en campaña

Los clásicos de la filosofía política parecen tener poca relevancia para la acción del candidato moderno. ¿Habla eso bien de nuestra política?

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Platón

Si Platón fuese, ya no testigo, sino candidato a un cargo de elección popular en nuestras modernas sociedades, acaso repetiría muchas de sus quejas sobre el régimen democrático ateniense: la inconstancia de sus líderes, la precariedad de las opiniones, la deshonestidad de la discusión pública, la falsedad de los argumentos y la apelación a los sentimientos más básicos. Para el filósofo, que inicia una milenaria tradición, el compromiso político sería inútil rodeado de la incapacidad de las autoridades y la mendacidad de los habitantes.

Las modernas campañas reforzarían esas impresiones: lo que atrae al público sobre los consultores políticos, mercadólogos y encuestadores son consejos sobre cómo ganar una elección de maneras poco edificantes. Algunos atrevidos declaran que todo es secundario a la victoria. Las campañas son el momento propicio para la búsqueda de alianzas expeditas, el despliegue de propaganda y la profusión de escándalos. Incluso, las normas de ética electoral suelen restringirse a una homologación de medios, independientes de los fines que se persigan.

¿Cuántos políticos no han visto sus carreras fenecer al revelarse aspectos turbios de la campaña?
Curiosamente, el desdén platónico y el consecuencialismo superficial de algunos técnicos comparten un criterio esencial: las masas son veleidosas, no se les puede confiar información compleja y pueden ser fácilmente engañadas. En el fondo, no han superado la prevención histórica hacia la muchedumbre. Por fortuna, la política democrática, que informa las mejores campañas, combina medios y fines: asume la confianza en los individuos y en las comunidades como público de la elección y, así también, como sujetos de la política. Voters aren’t fools…

Si el humanismo persigue la realización de la persona, ha de confiar a esta la deliberación de los asuntos públicos, sin caer en el chantaje de la mentira eficaz. La derrota electoral, en una sociedad libre, no solo es posible, sino hasta deseable. Claro está, no podemos olvidar el consejo de Napolitan: “los otros también juegan”.

Guillermo Aveledo | @GTAveledo