Política y amores virtuales

La comunicación en torno al amor y a la política se parecen más que nunca. La palabra escrita y la plaza pública son relevadas por el reduccionismo de lo virtual.

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WeTransfer | The Guardian

Malos tiempos vive hoy la poesía al servicio del amor en Latinoamérica y en el mundo. Hace tiempo que las parejas dejaron de dedicarse extractos de las canciones desesperadas de Neruda, o jurarse compañía eterna en torno a la platónica obra de un Benedetti. Hoy las parejas se ritualizan también en torno a canciones, pero descargadas de Internet y recordatorias del top 40 de lo pasajero.
Los políticos del presente también se parecen a los amantes posmodernos: las reuniones en plaza pública y los abrazos que definían el contacto entre el representante y sus electores dan paso a la telepolítica y la democracia de audiencias, donde aquella política hace parte del entretenimiento y se reina o se desploma según el rating y las encuestas.

Los Beatles cantaban hace 50 años I want to hold your hand. Si Romeo hubiese sido considerablemente menos viejo hubiera vivido quizá la beatlemanía y le tomaría a Julieta la mano. Pero si nuestro galán, aún más joven, fuese parte de la generación posterior a la guerra fría, primero intentaría que ella lo agregara en su lista de contactos, en alguna de sus abultadas redes sociales. Luego su amor y su vida dependerían de una llamada perdida. “Antes de subir al balcón te timbro dos veces”, dejaría escapar secreta y astutamente Julieta.

Los políticos, los partidos y los antiguos oradores no se quedan atrás. Se identifican por perfiles, portales y su capacidad de afectar a redes de ciudadanos-consumidores. Y han logrado lo imposible: que la filosofía política, las ideologías, los programas o la rendición de cuentas quepan en 150 rácanos caracteres de texto virtual. Hoy se gobierna, se hace oposición, se critica, se genera rumor, se afirma, se renuncia, se desmiente, se hace política desde Twitter.

 

De otro lado, aquellos indignados que lograron ser el personaje del año en la revista Time en 2011 han apoyado sus acciones colectivas en las nuevas tecnologías. Hubiera sido imposible sin ellas darse cita a tiempo en las protestas estudiantiles de Chile, en los plantones de Wall Street, en las paradas colectivas en el Kilómetro Cero de Madrid o para el abrazatón o besatón a favor de la paz en alguna universidad colombiana. Y con mayor gravedad, no hubiera existido quizá primavera árabe sin la posibilidad de sortear la censura estatal de no haber mediado un teléfono en la mano.
La política, como el amor, ya no viaja a bordo de la sintaxis ni espera iluminar desde las páginas de un libro. La metáfora y el teorema son abreviaciones. El poder y la pasión están obligados a quedar consignados en Facebook para ser relevantes: de lo contrario no habrán existido y jamás conseguirán los votos para ser imperecederos. De romper Romeo y Julieta, ella no pediría la devolución de sus cartas y fotos, ni él que le regresaran la noche y la luna (¿cuál luna? ¿cuáles cartas?). Solo se dirían por WhatsApp: “Hasta la vista, baby, esta campaña ha terminado”.

José Alejandro Cepeda | joscep@yahoo.com