Populismo necesario

El abuso de los términos confunde su aporte esencial. Al negar el populismo corremos el riesgo de perder el contenido popular de la democracia.

POPULISMO

En meses recientes las palabras de una joven politóloga guatemalteca, Gloria Álvarez, ideológicamente liberal, reavivaron un término que, por elástico, no deja de ser eficaz bête noire: el populismo. La estrella de las redes sociales y emergente figura de medios lo contrastaba con la noción de república; problemas conceptuales aparte, el énfasis merece atención.

Populismo es un término cargado: por una parte, para la izquierda marxista de Lenin para acá se trata de aquellos liderazgos que, apelando al saber y la voluntad popular, eran incapaces de acometer o proponer las verdades revolucionarias y técnicas del socialismo científico (no había aparecido el fascismo, y seguir hablando de bonapartismo era chusco…); los narodniki pasaron de ser rivales de los socialistas rusos a un arquetipo. Por otra parte, desde nociones más pluralistas —y aquí los humanistas cristianos tenemos alguna responsabilidad— hemos asociado el populismo a la política de demagogos que alcanzan el poder complaciendo las pulsiones de la gente simple. La política del populista es un remedo sentimental de clichés y retórica, cargada de cierto resentimiento redistributivo, que lleva al clientelismo en su furor primario y crece hasta legarnos nuestros Estados atiborrados de competencias y burocracia. Es el hermano descarriado del Welfare State progresista, o de nuestro Estado social de mercado con su macroeconomía incomprensible.

Sin duda, su apelación innata a lo popular frente a lo oligárquico, hace del populismo un anatema inasible: confundir a Cárdenas, Figueres, Kubitschek, Caldera, Gaitán, Betancourt o Perón dentro de una misma categoría traiciona la verdad histórica. Lo nacional-popular, como decía Touraine, era una bandera también identificable con los movimientos democristianos en tanto que promotores de la expansión democrática en nuestras sociedades gravemente desiguales.

Acaso el populismo simplificador y demagógico despierte graves alertas en las aparentemente consolidadas democracias de Occidente, donde el término ha sido usado para describir a Syriza, al Front Nationale, al UKIP, el Tea Party y Podemos. No propiamente caimanes del mismo pozo, pero podemos admitir que evocan claramente un carácter de revancha popular no necesariamente honesto. Es una alarma justificada donde existen instituciones que canalizan, de maneras comparativamente superiores a otras regiones, las demandas sociales con seriedad y pluralidad, y donde la desigualdad no es un problema acuciante.

En sociedades donde, por diversas rutas y a causa de diversos factores, esa desigualdad no ha sido remontada, donde la brecha entre las necesidades y el poder efectivo sigue siendo amplia y donde las oportunidades aparecen como determinadas por un destino que solo rompen ventajas o la colusión, el populismo es necesario. Necesario, hasta el punto en que su práctica se convierte en un promotor de la institucionalización progresiva —como en algunas ocasiones sirvió el personalismo civilizador— y no en la herramienta de destrucción institucional.

Si el populismo implica acercar las políticas públicas y sus efectos positivos a los diversos sectores sociales, impulsando el crecimiento inclusivo y progresista, es posible que seamos tildados de populistas.

Si populismo quiere decir atender las necesidades de aquellos afectados por el debilitamiento de las instituciones globales, las carencias educativas y sanitarias, lo mismo que por las tradicionales cargas de la discriminación social y racial, pues no podemos sino ser populistas.

Si el populismo implica la reivindicación del carácter popular y policlasista de las democracias contemporáneas, derribando la oligarquización de las instituciones como sino de hierro, no dudamos que a nuestras democracias les hace falta un poco de populismo.

Si el populismo no es más que demagogia y paños calientes de clientelismo irresponsable, debemos sumarnos al coro de los críticos. Pero si nuestra meta histórica, tristemente incompleta, es la profundización de la democracia y la transformación social de manera pacífica, deberemos aguantar la etiqueta y, quién quita, portarla con orgullo.

Guillermo Tell Aveledo | @GTAveledo