Los diarios de la Argentina parecen confirmar la inminente llegada de la aplicación para celulares que cambio el paradigma de los medios de transporte: Uber. ¿Qué bandera enarbolará el progresismo? ¿La novedad tecnológica o la defensa del trabajo de los taxistas?

Aplicación Uber.

Aplicación Uber.

Uber es sencillo. Descargas la aplicación, la abres y puedes ver todos los autos registrados que circulan cerca de donde estás. Escribes la dirección donde quieres que te pasen a buscar y hacia dónde te diriges. La aplicación te marca el recorrido y la tarifa aproximada. Pulsas «confirmar» y lo próximo que debes hacer es esperar a que lleguen por ti. No necesitas dinero, porque el pago se hace con tarjeta a través de la aplicación. Cuando tu celular vibra es porque han entrado los datos del conductor que te pasará a buscar: ahora sabes su nombre, el auto que maneja y la calificación que ha tenido en viajes anteriores. ¿No te gusta su automóvil? ¿No te parece una persona de confianza? Siempre puedes cancelar el viaje.

Como ha ocurrido en otras ciudades del mundo, los argentinos ya vaticinan una verdadera guerra legal entre Uber y los taxistas. El sindicato de taxis ha tenido éxito en el pasado en prohibir aplicaciones similares a Uber.

Quiero ir más allá de la discusión de Uber, porque apenas me enteré de la llegada de la aplicación al país me surgió una duda: ¿qué bandera enarbolará el progresismo? ¿La novedad tecnológica o la defensa del trabajo de los taxistas?

¿Qué va pasar cuando un taxista viole a alguien? ¿Y cuando estafe a algún turista recién llegado al país? Uber es un cambio en la forma en que percibimos un servicio, y es una mejora sustancial. Datos del conductor, posibilidad de calificarlo después del viaje, pago con tarjeta de crédito, saber cuánto va a costar el viaje… Uber incluso, en sus requisitos, pide a sus conductores que no tengan antecedentes penales.

¿El progresismo de nuestra región está obsoleto? ¿Defenderá un sistema arcaico solo para preservar puestos de trabajo?

Defender a los trabajadores y sus puestos de trabajo es una tarea noble y valiente, pero solo si la causa es noble y valiente. Si los dueños de la empresa son corruptos o si el Estado los castiga injustamente, uno ha de levantar su voz en pos de los trabajadores.

Si los puestos de trabajo penden de un hilo porque durante años han proporcionado un servicio ineficiente y han pasado décadas desde la última vez que se modernizaron… ¿qué clase de progresismo estamos fomentando?

El progresismo en Latinoamérica ha adoptado una postura, paradójicamente, muy conservadora acerca del trabajo. Las empresas y los sistemas de trabajo están cambiando en todo el mundo. Muchas de las compañías más rentables del planeta existen hace poco más de veinte años y fueron creadas en un garaje. Sin embargo, el discurso y las críticas acerca del trabajo son de la posguerra.

La defensa de los puestos de trabajo logró mantener las condiciones precarias laborales. Como resultado, quedamos atrapados en el tiempo, en trabajos que cada vez son más deficientes ante un mundo que se renueva constantemente. Las primeras víctimas son los consumidores, a los cuales se les niega el acceso a bienes y productos de calidad; pero en un segundo lugar, los trabajadores también son víctimas, no se les permite adaptarse, se los condena a la mediocridad.

Volviendo a Uber y los taxis. En estos años, antes de que existiera la aplicación, ¿los taxistas ofrecieron la posibilidad de pagar con tarjeta de crédito o débito? No. ¿Ofrecieron un mejor servicio elevando los estándares de calidad para que todos los taxis tuvieran calefacción y aire acondicionado? No. ¿Bajaron el precio de la licencia para manejar un taxi y permitir que los precios bajen? No. ¿Se movilizaron ante los casos de violaciones y robos tomando medidas para que no volvieran a ocurrir? No.

Ahora llegó un servicio que ofrece todo eso y más, que genera confianza y satisfacción en los clientes, a un precio menor del que estaban pagando. En la búsqueda de una sociedad más justa, la respuesta no puede ser mantener rígidas las condiciones de antaño sino la mejora constante, reduciendo el impacto que la novedad pueda tener tanto para consumidores como para proveedores.

F. G. Aleman | @Fitogaleman