Rousseff y el amargo de la victoria

Luego de los comicios del domingo 26 de octubre en Brasil, que dieron la victoria a Dilma Rousseff por un margen menor al 3%, el escenario del país es complejo e incierto, frente a una oposición fortalecida y que poco a poco ha logrado mermar más de 10 años de hegemonía del Partido de los Trabajadores.

Dilma Rousseff en la VII Cumbre de las Américas / Fotografía: Oreste Del Río - Cancillería de Panamá

Dilma Rousseff en la VII Cumbre de las Américas / Fotografía: Oreste Del Río – Cancillería de Panamá

El margen de victoria fue el menor de los últimos 25 años. La campaña, de contraste y polarización, al punto de construir narrativas inéditas en los comicios del país: maniqueísmo que acompañó a Dilma Rousseff, quien en busca de marcar una diferencia con su contrincante, Aécio Neves, llevó la estrategia a los extremos del discurso.

Así, términos como blancos desarrollados versus negros oprimidos, centros urbanos desarrollados versus periferia abandonada, economía asistencialista versus capitalismo egoísta que mermaría el crecimiento de la clase media brasileña fueron, entre otros, parte de una segunda vuelta que apenas logró una diferencia de tres millones de votos en un padrón de 146 millones de electores.

El ambiente preelectoral venía acompañado con el dispendio visto durante la Copa del Mundo, apenas en el verano, y las protestas callejeras que exigían empleo, seguridad social, servicios urbanos; asimismo, la corrupción señalada en Petrobras, el gigante petrolero y sus funcionarios acusados de aportar recursos al Partido de los Trabajadores.

Lula da Silva tuvo que apuntalar el esfuerzo de su pupila durante las últimas semanas de campaña. Defender los niveles de desempleo de apenas 5% fue parte del argumento. También la promesa de continuidad de una serie de subsidios que han logrado sacar de la miseria y, poco a poco, desde 2003, insertar en la clase media a millones de ciudadanos. La clave del triunfo radicó en ese sector de la población, esperanzado en alcanzar ese desarrollo comprobado y palpable, mediante una estrategia electoral construida, con minucia, para captar ese voto de la ilusión, que favoreció a Rousseff el pasado 26 de octubre.

Cuatro días después, no obstante, un estudio mantenido en secreto durante la campaña, y realizado por el Instituto de Investigación Económica y Aplicada, perteneciente al Gobierno (www.ipea.gov.br), reveló un aumento en el número de habitantes que viven por debajo del umbral de pobreza, cifra que se incrementó, por primera vez en diez años, de 10,08 a 10,45 millones.

Poco duró el discurso de que la probable elección de Neves pondría en riesgo la reducción constante de la miseria. Por el contrario, refuerza el argumento de este respecto del agotamiento del modelo económico inaugurado por Lula y continuado por Roussef. Los saldos de la campaña y de la victoria, a la luz de estos datos, se reducen a: un país dividido pero con una madurez democrática notoria; una economía estancada incapaz de producir los dividendos de hace apenas cinco años; un Parlamento con 28 partidos políticos y donde el Partido de los Trabajadores perdió 18 diputados, lo que genera una gobernabilidad enredada y casi imposible; una oposición fortalecida por la victoria de Neves en San Pablo, donde se concentra 30% del producto bruto y 50% del producto industrial el país.

Serán años complicados para Brasil. Quizá el comienzo del fin de una era que ya, desde hace tiempo, languidece.

 

 Carlos Castillo | @altanerias