Mientras la desaceleración económica de China continúa, la atención internacional, tanto dentro como fuera de América Latina, empieza a dirigirse ahora al otro leviatán asiático: la India. Emergiendo de un periodo de letargo económico, la nación de Gandhi, el yoga, el Taj Mahal y el pollo tikka masala ha recuperado de nuevo su atractivo.

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Foto: John Stokes

Aunque su PIB de USD 2,1 billones queda muy por debajo del elevado USD 11 billones de China, se prevé que la población de la India sea la más grande del mundo en el año 2022. A primera vista pudiera parecer que la demanda reducida de los commodities latinoamericanos de mil millones de consumidores en Asia del Este podría ser fácilmente reemplazada por la demanda de otros mil millones de consumidores en Asia del Sur. Sin embargo, como a menudo sucede, el paradigma más simple es rápidamente cuestionado por la realidad.

«Todo aquello que se pueda decir de la India —advirtió una vez la economista Joan Robinson, de la universidad de Cambridge— tropieza con el hecho de que la afirmación contraria también es cierta». Así justamente es la relación del subcontinente con América Latina, una díada que los analistas han ensalzado al tiempo que los flujos de comercio han ido creciendo y los intercambios culturales han despegado. Bollywood eligió a Brasil y a Perú como localizaciones para algunas de sus últimas superproducciones mientras los brasileños eran cautivados por la exitosísima serie Caminho das Indias; Brasil y la India, en particular, constituyen dos de los cinco tan cacareados Estados miembros del BRICS. El comercio de la India con América Latina y el Caribe ha alcanzado USD 50.000 millones, un aumento veinticinco veces mayor que los niveles de hace tan solo unos lustros. Las inversiones indias en la región han alcanzado USD 20.000 millones, enfocándose en la energía, los servicios TI y las materias primas. Una inversión de USD 2100 millones en una mina boliviana de hierro por Jindal Steel and Power en 2007 fue la más grande de la historia de ese país andino. Que la India haya logrado todo esto con relativamente poca atención del resto del mundo es un claro indicio de cuán intensa y distractora ha sido la obsesión de los promotores de las políticas con China. Ciertamente, incluso Washington ha parecido mínimamente despreocupado por los avances que la India ha logrado en el proverbial patio trasero de Estados Unidos, en contraste directo con el revuelo con el que Occidente ha respondido a la inversión china en América Latina y en otras regiones en desarrollo. Y sin embargo, aun con el apoyo tácito de las grandes potencias tradicionales, las relaciones indolatinoamericanas todavía parecen incapaces de salir de la troposfera. Las regiones, por así decirlo, permanecen a años luz de distancia a pesar de que la cooperación, por lo que se ve, las haya acercado más que nunca.

Los comentaristas resaltan ciertos aspectos compartidos por ambas regiones —principalmente los de la democracia y la descolonización en el sur global—, que las unen. E indudablemente, estos son factores importantes a la hora de identificar preocupaciones compartidas en los foros internacionales. En varias organizaciones multilaterales, particularmente aquellas que se ocupan del comercio global y las finanzas mundiales, la India y América Latina encuentran que comparten no pocos puntos en común y hablan con voces en sintonía, clamando contra lo que ellas perciben como dobles raseros y desigualdades perpetuadas por las economías desarrolladas de Occidente. También es verdad que ambas regiones, con pocas excepciones, han favorecido los perfiles generales del modelo capitalista sobre el socialismo de la vieja escuela, aunque elementos proteccionistas y generosos esquemas sociales hayan sobrevivido e incluso hayan sido expandidos. Y quizá lo que es aun más importante para cimentar serios vínculos regionales: existe un amplio apoyo internacional para el fortalecimiento de la díada, particularmente desde Estados Unidos y Europa, que anhelan ver a China suplantada en América Latina por un gigante asiático menos amenazador.

Pero el diablo, como siempre, está en los detalles. Históricamente, la geografía separaba de manera inexorable a ambas regiones, repartidas entre dos continentes divididos por miles de kilómetros de tierra y mar; incluso ahora, siguen sin contar con conexiones de vuelos directos. Su compartido pasado colonial tampoco favorece el desarrollo de estas relaciones. Los españoles nunca tuvieron una presencia seria en Asia del Sur y, aunque los portugueses mantuvieron el Estado indio de Goa y un puñado de microterritorios en el subcontinente hasta 1961, la lengua y la cultura portuguesa han desaparecido prácticamente en la zona, eliminando el rasgo común con Brasil. La India nunca se ha distinguido por aprovechar eficientemente los vínculos coloniales con áreas más allá de Asia del Sur, dado que incluso las naciones anglocaribeñas con notables diásporas indias han tenido solo discretos lazos diplomáticos y económicos con la India, en el mejor de los casos. En su lugar, el país que más ha empujado la toma de decisiones india es el que está ubicado justo al lado. Hace mucho que la política exterior de la India gira alrededor de Pakistán y, en un grado menor, alrededor del tradicional grupo de grandes potencias, incluida China, la más reciente incorporación a este selecto club. Dicho simplemente, a la India nunca le ha interesado seriamente América Latina aparte de los ya mencionados ciertos intereses dentro del ámbito internacional.

Una de las preguntas que surgen habitualmente, después de considerar la historia moderna y la demografía de ambos países asiáticos, es por qué China tuvo tanto éxito en adelantarse a la India en América Latina en la primera década de este siglo. En este período de tiempo ambos países tuvieron tasas de crecimiento de dos o casi dos dígitos, mientras las reformas de liberalización económica previamente implementadas daban sus frutos, y asimismo un importante incremento del consumo anidó en las florecientes clases medias. Pero para responder a esta pregunta, antes que nada es importante notar que la composición del Estado chino —un gobierno unitario que no está sujeto a elecciones, coaliciones parlamentarias, oposición política y demás— se presta extremadamente bien a las acciones de política rápidas y decisivas. Entre estas acciones, una de las principales fue la política oficial de zao chuqu o ‘ir hacia afuera’, que propició la inversión en América Latina y el Caribe que continúa hasta hoy en día, con un total de más de USD 110.000 millones. La toma de decisiones en el gobierno indio, por el contrario, es lenta y ardua, como se entiende que sea en una democracia parlamentaria de una nación compuesta por mil millones de personas. La política del país sufre de cismas profundos en cuestiones de etnicidad, religión y casta, y a menudo estos cismas actúan en contra del consenso. De hecho, si no fuera por el colonialismo, «la India» como la conocemos hoy en día probablemente seguiría siendo un racimo de Estados más pequeños y cohesionados, la Europa de Asia del Sur. Por otra parte, también debemos tener en cuenta que, en términos de política exterior y estrategia geopolítica, la India enfrenta un nivel de preocupación con respecto a su vecino Pakistán que China nunca ha experimentado con ninguno de sus vecinos. Los tres países tienen armas nucleares, pero China no está presente en la amenaza existencial que Pakistán y la India suponen el uno para el otro.

Entonces, ¿de qué forma entendemos las relaciones indolatinoamericanas? ¿Serán el próximo éxito internacional? Las predicciones abundan en torno al posible relevo de China por la India con respecto a América Latina, marcando así el inicio de una nueva era de crecimiento latinoamericano alimentado por un nuevo benefactor asiático más amistoso con Occidente. ¿Pero cuánto de esto se basa en la realidad y cuánto estamos nosotros —tomando prestado un concepto de la psicología moderna— proyectando? Aunque se esperaba que el actual primera ministra Narendra Modi salvase la entonces languideciente economía india después de su victoria en las elecciones de 2014, sus resultados han sido inconsistentes. Es verdad que el país está de nuevo en fase de crecimiento, pero ha sido incapaz de atenuar su reputación deun ambiente particularmente difícil para hacer negocios. La interacción económica de la India con América Latina y el Caribe sigue siendo superada por los USD 264.000 millones en comercio y los USD 110.000 millones de inversión que China tiene en la región; Beijing ya ha prometido aumentar estas figuras durante los próximos nueve años a USD 500.000 millones y USD 250.000 millones, respectivamente, más de diez veces que los niveles actuales de la India. Un hecho de simbolismo particularmente elocuente es que Jindal Steel and Power ya se ha retirado de su inversión histórica de 2007 en Bolivia. Las políticas de identidad junto con la amenaza —imaginada o real— de Pakistán continúan desviando la atención del gobierno indio. Una visión geopolítica parecida a la de ir hacia afuera aún no se ha materializado, y quizá no se materialice nunca, dado que la India casi siempre ha parecido más cómoda asumiendo el papel de líder solo dentro de Asia del Sur, en lugar de en el escenario mundial; de hecho, uno de los ejes centrales de la orientación económica del país desde los años noventa ha sido el famoso mantra de mirar hacia Oriente. La formación de cualquier atisbo de una gran política exterior que vaya más allá del propio continente es poco probable, y los que apuestan por un nuevo salvador asiático deberían tomar nota.

Mientras que la India puede servir como un aliado semiconfiable de Occidente en América Latina, el país simplemente no dispone de los medios para reemplazar incluso a una desfallecida China. Parece indudable que, en términos de flujos de comercio, vínculos sociohistóricos, proximidad geográfica y otras variables de importancia, Estados Unidos sigue siendo el mejor candidato para constituirse en Estado ancla extrarregional y de contrapeso a China. Actualmente, los flujos de comercio y la IED estadounidenses con América Latina son casi el triple de los números chinos. Esto no quiere decir que el involucramiento estadounidense en América Latina no tenga su bagaje histórico, sino que las concomitancias y semejanzas entre las dos entidades son más fuertes que en las de las díadas China-América Latina o India-América Latina. Aunque los roles de la India y de China sin duda madurarán mientras ambos países continúan creciendo y ganando potencial, Estados Unidos permanecerá como el actor dominante, compitiendo directamente con China para mantener su influencia en la región. India, a pesar de haber hecho impresionantes esfuerzos, todavía necesitará décadas para ponerse al día.

John Stokes | Analista en Drum Cussac