No hubo por ahora una crisis económica como algunos auguraban. El peronismo no lo vació de poder y la Argentina restableció sus vínculos con el mundo. En los primeros setenta días de Mauricio Macri en la Casa Rosada hubo más sorpresas que certezas.

 

Macri ante el Congreso    © Presidencia de la Argentina

Macri ante el Congreso © Presidencia de la Argentina

El nuevo presidente proviene del PRO, un partido que rompió con el bipartidismo histórico de radicales y peronistas en la Argentina. No son pocos los funcionarios de Macri que aseguran que el secreto de su gestión es escuchar y dialogar. Dos palabras que estuvieron ausentes en el diccionario de los argentinos durante los últimos doce años en que Néstor y Cristina Kirchner manejaron el Gobierno.

En estos primeros setenta días hubo de todo. Desde medidas duras como la eliminación del cepo cambiario, pasando por el aumento de tarifas de luz, una política de despidos a empleados estatales de la gestión anterior, el inminente acuerdo con los holdouts para salir del default, una negociación con los maestros por el salario inicial y varias visitas de presidentes extranjeros. Entre todas estas medidas Macri privilegió su capacidad de diálogo con los diversos actores sociales: sindicatos, peronistas, Iglesia, diplomáticos, docentes y legisladores, entre otros.

La dura negociación que entabló el presidente con los denominados fondos buitre parecería llegar a su preciado fin. Así, se acordaría un pago a los bonistas que no habían logrado un acuerdo en 2005 y luego de 14 años de default la Argentina podría recuperar el crédito internacional. Hay señales que marcan este cambio de rumbo: las recientes visitas del primer ministro italiano Matteo Renzi y del presidente francés François Hollande más el anuncio de la llegada a la Argentina del presidente norteamericano Barack Obama. Es lo que se dice un cambio sustancial de clima político en la Argentina, si se compara con los días de tensión que se vivía con Cristina Kirchner.

El peronismo supo leer el cambio de vientos en el país. Un amplio sector del Partido Justicialista (PJ), liderado por el excandidato presidencial Sergio Massa, optó por mantener una oposición racional y dialoguista con Macri. Esta situación generó un debate interno y pases de factura en el peronismo. El único que se favoreció en todo este mar revuelto en el PJ fue el presidente.

Un sondeo de opinión que hizo hace unos días la consultora D’Alessio Irol para testear los niveles de aprobación y rechazo que generaron las primeras medidas de gestión presidencial destacó una equilibrada reacción de la ciudadanía ante esas medidas. Mientras que la eliminación del cepo cambiario fue la medida que recibió mayor aprobación, incluso de un sector representativo de votantes kirchneristas, la más cuestionada, sin dudas, fue la iniciativa de nombrar a los nuevos jueces de la Corte Suprema sin esperar el aval del Senado.

Precisamente, ahora el presidente se dispone a enviar al Congreso los pliegos de los jueces para ocupar dos vacantes en la Corte y anuncia un paquete de medidas económicas, impositivas y de reforma política para que se debatan en el Parlamento.

¿Podrá Macri amansar el ánimo de los diputados y senadores opositores en un Congreso donde no cuenta con mayoría propia? ¿Seguirá siendo útil en el tiempo su estrategia de diálogo y escucha? ¿Hasta cuándo podrá sustentar el presidente su poder con el discurso contra la «maldita herencia» recibida por el kirchnerismo?

Este es el gran desafío que enfrenta hoy el presidente argentino. La luna de miel fue demasiado corta para un jefe de Estado que recibió un país endeudado, con altos niveles de desocupación y pobreza, un Banco Central casi vaciado de arcas y una ciudadanía hambrienta de resultados inmediatos para mejorar su calidad de vida. Pero es lo que hay y así deberá enfrentarlo.

Martín Dinatale | @tachus Editor de política del diario argentino La Nación