Sobre el final de la era populista

Cristina Kirchner, Hugo Chávez y Evo Morales | Foto: Presidencia de la Nación Argentina

Cristina Kirchner, Hugo Chávez y Evo Morales | Foto: Presidencia de la Nación Argentina

El populismo circula en Europa y en los Estados Unidos pero no allí donde siempre se sintió muy a gusto: en Latinoamérica. Justamente en su «hogar» es donde parece no ser deseado. Latinoamérica fue algo así como el coto natural del populismo. En algún momento pareció que no existía otra forma de hacer política que no fuera esta. Parecía que no importaba el resultado de una elección porque de todas formas ganarían siempre los mismos: el paternalismo tradicional, el personalismo poscolonial, la política de brazos remangados como estilo y el nepotismo como principio.

Las tertulias de café, habituales en Europa, no lo han sido tanto en América Latina. Las consignas simplistas siempre han sido las más eficientes. En todo tiempo se ha sabido cómo llegar al pueblo. «Denme un balcón en cada pueblo y seré presidente», decía el ecuatoriano José María Velasco Ibarra (1893-1979), y él mismo era la prueba viviente de esta fórmula de éxito que lo había llevado cinco veces al palacio presidencial.

Pero los latinoamericanos se volvieron más exigentes y más desconfiados. Se podría decir que por fin son adultos después de una niñez prolongada. Es que de esta forma fueron tratados siempre por la política, y de esta forma se dejaron tratar: como niños, como súbditos ingenuos, fácilmente seducibles. El patrón que desde arriba se ocupa de todo fue por mucho tiempo añorado por muchos votantes.

Populismos variopintos

Una de las causas de la longevidad del populismo en América Latina es su inventiva. No solo existe en sus variantes clásicas de izquierda o derecha; siempre persistió su capacidad de adaptación y de cambio. De esta forma, el populismo radical acompañó el éxodo campesino-urbano de la primera mitad del siglo XX y el populismo desarrollista, con su inspirador Juan Domingo Perón, se dirigió contra la oligarquía desde la posguerra hasta los años setenta. Los noventa pertenecieron al frío populismo neoliberal que prometía un alto estándar de vida con poco esfuerzo. Mientras tanto, su antípoda nacido a comienzos de este milenio está muriendo o por lo menos gravemente enfermo.

También esto es una característica esencial del populismo hecho en Latinoamérica. Emerge en medio de una crisis económica, social e institucional para luego desaparecer en la misma crisis. Es una solución que se volvió problema.

El arquetipo de este liderazgo populista del nuevo milenio lo constituyó Hugo Chávez, líder de la autodenominada Revolución bolivariana en Venezuela. Chávez apareció en el escenario público cuando, siendo oficial militar, intentó por de pronto algo muy tradicional: un golpe de Estado. Fue encarcelado y desde allí ascendió a portador de la esperanza de los desilusionados en el país. Recibió de esta forma lo que necesita un populista: fama y aura mística. Era el indomable que iba a la cárcel por sus ideales. Seis años después de su pasaje a la política, llegaba al objetivo de ser elegido presidente, cargo que conservó hasta su muerte en 2013.

Aprovechadores de las debilidades institucionales

Los populistas se benefician de las debilidades y las fallas del sistema político en los momentos en que la maquinaria democrática está necesitada de mantenimiento. Son llamados como mecánicos y sobre ellos recae una gran expectativa. Chávez sacó provecho de una larga crisis económica y del descrédito de los partidos tradicionales. Desde esta aparición política heterodoxa —en uniforme militar—, prometió el fin de los partidos tradicionales rigidizados en sus rituales— y diseñó una coalición de fuerzas nacionalistas autoritarias y de extrema izquierda unidas por el deseo de tomar no solamente el gobierno sino todo el Estado.

Apoyado por el pueblo —es decir, por todos los venezolanos que consideraba parte del pueblo—, atacó no solamente a las elites. El alto precio del petróleo en el mercado internacional ayudó a pagar programas sociales con los que el autodenominado socialismo del siglo XXI pudo comprar muchos seguidores. Los opositores y la gente con otras ideas fueron excluidos de los programas sociales.

Para los izquierdistas radicales de Occidente, bastante deprimidos después de la caída de la URSS, Hugo Chávez se convirtió en un ícono. Algo que diferencia a este realmente significativo populista de todos los demás es que tiene seguidores en Europa. Chávez casi se convirtió en una estrella mediática. Unas veces como no convencional, no ateniéndose al protocolo; otras como rebelde que enfrentaba a la potencia mundial Estados Unidos, a la que a pesar de esto seguía vendiendo petróleo venezolano.

Por supuesto que el chavismo fue copiado: por Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Daniel Ortega en Nicaragua, así como Néstor y Cristina Kirchner en Argentina. Todos prometieron algo similar: una política antielitista, inclusión social y el fin de la pobreza. Mirando hacia atrás se reconoce una concepción idéntica del cargo, como si existiera un instructivo para el presidencialismo populista de izquierda del siglo XXI. Se trata de obtener más poder mediante cambios en la duración y límites institucionales del cargo de presidente, se aumenta el gasto público, se ataca la economía privada mientras se construyen alianzas con países en los que valen poco el Estado de derecho y la democracia. El Estado toma los medios de comunicación independientes o los combate, para quitarle la voz a la oposición.

¿Cambio de época en América Latina?

El triunfo del liberal conservador Mauricio Macri en las elecciones presidenciales de fines de 2015 sobre el kirchnerismo provocó un efecto dominó. Constituyó la primera derrota de un movimiento populista de izquierda en el continente, castigado también por la mala gestión económica y la corrupción. América Latina se dirige aparentemente a una época de transición. En Brasil, Dilma Rousseff perdió el poder, aunque fuera en un procedimiento de destitución controvertido. Evo Morales, que gobierna desde 2006 acostumbrado al éxito, fracasó en febrero en un referéndum con el objetivo de cambiar la Constitución para hacerse elegir por cuarta vez en 2019 y gobernar ininterrumpidamente hasta 2025.

Incluso en Venezuela, donde todo comenzó, de a poco se vislumbran nuevos tiempos. En diciembre la oposición ganó la mayoría en el Parlamento. Esto fue una inesperada derrota para el presidente Nicolás Maduro, que reaccionó como era de esperar: desconociendo al Parlamento y gobernando por decreto y con medidas de excepción. La prudencia nunca ha sido una característica de los populistas de izquierda, como consecuencia de las fantasías de poder absoluto de la que a menudo adolecen. En la era de internet, estos cuadros de enfermedad ya no son comentados en privado, sino compartidos con amigos y seguidores en todo el mundo. También las redes sociales, Facebook, Twitter, weblogs y cada vez más WhatsApp le dificultan la vida a los populistas, pues sencillamente no obedecen, como sí lo hacen los medios masivos de prensa fáciles de dirigir.

Venezuela sigue en las noticias del mundo, incluso dos años después de la muerte del comandante Hugo Chávez, pero ahora estas hablan de un país arruinado, de caos político y de largas colas en los supermercados. Ni siquiera en la izquierda europea mantiene demasiados seguidores, lo que es una muestra de lo serio de la situación.

Kristin Wesemann (Schwerin, Alemania, 1975). Directora del Programa Regional Partidos Políticos y Democracia, de la Fundación Konrad Adenauer, con sede en Montevideo, Uruguay

Guillermo Aveledo Coll (Caracas, 1978). Profesor de la Universidad Metropolitana de Caracas, Venezuela