Tocqueville

Cuando certezas ideológicas fanatizadas, arropadas en la ciencia o en la tergiversación de la fe, hacen tambalear el ánimo democrático, es bueno rememorar algunas lecciones del genio francés.

 

Autor: Guillermo T. Aveledo  Detalle del retrato de Tocqueville de Théodore Chassériau, superpuesto a la imagen "Election Day in Philadelphia" de John Lewis Krimmel, 1815

Autor: Guillermo T. Aveledo
Detalle del retrato de Tocqueville de Théodore Chassériau, superpuesto a la imagen “Election Day in Philadelphia” de John Lewis Krimmel, 1815

Hace pocas semanas se cumplieron 180 años de la publicación francesa de La démocratie en Amérique, el profundo y visionario libro del abogado, político e intelectual Alexis de Tocqueville.

El periplo del joven pensador normando junto con su compañero Gustave de Beaumont por los Estados Unidos de la democracia jacksoniana es uno de esos viajes arquetípicos de las elites europeas en la forja de las grandes ideas contemporáneas: Humboldt en Sudamérica, Darwin en el Beagle… Sería fascinante imaginar qué habrían concluido los autores si hubieran puesto su trascendente vista en las jóvenes repúblicas hispanoamericanas, con sus peculiaridades físicas y raciales, y sus continuidades culturales y religiosas.

Pero Tocqueville no ha de quedar en la fantasía de anticuario; es tal su sagacidad que a cada paso nos encontramos comentarios que se proyectan en la realidad de las democracias actuales. Más aún, cuando predicen la ansiedad humanista frente a esta cosa nueva que es la democracia.

La advertencia central de Tocqueville fue que la democracia no estaba predeterminada hacia la libertad, sino que implicaba también una nueva clase de despotismo. Y planta estos riesgos frente al individualismo disolvente y al colectivismo deificado de los primeros socialistas. La alternativa tocquevilliana, que reta las categorías ideológicas usuales, es la reafirmación de la comunidad frente a las tenazas del Estado y las precarias defensas del individuo aislado y egoísta. Un cúmulo de asociaciones voluntarias, emprendimientos, partidos, reflejan la vitalidad humana y crean múltiples espacios para la libertad adelantándose a nuestra noción de subsidiariedad.

Entre esos espacios, que Tocqueville plantea contra la intuición de casi todo teórico decimonónico, se encuentran los que proveen las Iglesias y las religiones. La reunión de los hombres —entre sí y con lo trascendente— es incompatible con el nuevo despotismo. Predijo así la influencia de la fe en la resistencia frente a las dictaduras de todo signo, y como factor de las olas democratizadoras del siglo XX, identificando a su vez el terrible riesgo de la sacralización de ideologías seculares y reconociendo la necesidad del pluralismo.

Con esto podemos sumar su aleccionador escepticismo ante el ego del político y la arrogancia ideológica. Como advierte ante el supuesto genio constituyente norteamericano: «El legislador logra, a veces, después de mil esfuerzos, ejercer una influencia indirecta sobre el destino de las naciones, y entonces se celebra su genio, en tanto que a menudo la posición geográfica del país sobre la cual nada puede hacer, un Estado social que se ha creado sin su concurso, las costumbres e ideas cuyo origen ignora, un punto de partida que no conoce, imprimen a la sociedad movimientos imponderables contra los cuales lucha en vano y que lo arrastran a su vez». No es esta una invitación al fatalismo, sino una mirada realista al quehacer del estadista, que si no domina todos los factores sobre los que gobierna, verá determinado su éxito por el modo en que conoce los elementos materiales, culturales e históricos que han forjado su sociedad y su mundo.

Las posibilidades y los riesgos de la política, que vivamente abordó Tocqueville en su práctica e ideas, resuenan hoy como inspiración para el humanismo contemporáneo y para este viaje inacabado hacia la democracia.

 

Guillermo Aveledo | @GTAveledo