No suelo escribir de lo que vivo diariamente, porque al final todos estamos demasiado inmersos en nuestra vida cotidiana como para que nos resulte atractivo leer sobre los problemas de otros. Pero es que este no es mi día, es el día de cualquier venezolano, y escribiendo sobre ello quiero reflejar la grave situación de mi país.

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Me desperté. Al revisar las noticias vi que un policía local había muerto. Entonces recordé al instante aquel tiroteo que me había despertado en la madrugada. Me dispuse a ir al trabajo y me despedí de mi madre, que debe ir, como cada vez, a hacer una cola de dos o tres horas para conseguir algunos alimentos.

Así me fui a tomar el ferrocarril que conecta mi ciudad con la capital. Pero tuve que esperar más minutos de lo normal. Por los parlantes anunciaban que la falla se debió al robo de cables. Ya no sé si fue otra mentira oficial u otro ataque real de la delincuencia desatada en el país.

Al llegar al trabajo vi por las noticias una nueva persecución a quienes se oponen al Gobierno: cuatro jóvenes profesionales fueron encarcelados por exponer en un video la realidad venezolana, un alcalde y un partido, aquel en el que milito, están acusados de promover «terrorismo».

Indignado por otra injusticia más, salí a recorrer farmacias en busca de unos medicamentos que desde hace meses escasean. Mi madre y mi tía sufren de hipertensión, y yo mismo debo colocarme una inyección, pues mi piel padece de una condición llamada psoriasis. Esa inyección, que otorga la seguridad social de Venezuela, desde hace un año no está disponible, por lo que he tenido que recurrir a fundaciones privadas para obtenerla, mientras estas aún puedan ofrecerla. Pero he terminado mi recorrido sin éxito alguno y he vuelto a casa.

Al llegar enciendo la televisión para ver el encuentro de la Vinotinto con Brasil. Oh, sorpresa, la electricidad ha fallado en el estadio. Esto ocurre a diario en distintas zonas del país.

En fin, esta es la lamentable normalidad de los venezolanos: la de la deshumanización, el irrespeto a la vida, a la libertad y a los derechos básicos de las personas. Es la realidad que puede pasar en cualquier país cuando se desprecia la política, la democracia, pero sobre todo la dignidad de los seres humanos.

Más temprano que tarde este dejará de ser un día normal.

Daniel Montero | @danmont
Venezolano, abogado, militante de Primero Justicia