La legalización en diversos países del llamado matrimonio igualitario, las uniones maritales entre individuos del mismo sexo, pone esta reforma en la agenda pública. Aunque América Latina es una de las regiones con mayor aceptación institucional de estas reformas, no dejan de chocar con aspectos de la cultura tradicional y valores arraigados, generando alarmas importantes. Sin embargo, hay motivos humanistas para discutir este cambio.

© Guillermo Aveledo

En nuestra región, los crímenes de odio y discriminación derivados de la condición homosexual son generalmente condenados por la autoridad civil. Pero los prejuicios que los impulsan depende de la magnificación de las diferencias, de modo que aspectos de dominio privado se presten a condenas públicas.

Un modo de atender esta circunstancia es la promoción de la institución del matrimonio igualitario, o alguna fórmula legal similarmente satisfactoria. Las objeciones fundamentales se anclan en posiciones religiosas respetables, y ante las cuales es impropio exigir a las iglesias que admitan reformas contrarias a sus dogmas. Pero, siendo esta una reforma civil, y teniendo claro que nuestros movimientos y partidos no son confesionales y sostienen la separación de Iglesia y Estado, debemos abrirnos a conversaciones conducentes al bien público democrático, entendido como el mantenimiento de una sociedad libre y pluralista, que solo es posible promoviendo la dignidad de la persona humana.

Toda vida es única e invaluable, y uno de las rutas en que completa su forja es el amor de pareja: consideramos el matrimonio como una ruta que implica no solo un prestigio tradicionalmente convenido, sino además las responsabilidades de la adultez, y que implica no un privilegio, sino un ejercicio severo de la libertad como expresión del amor. A la vez, nos mostramos preocupados por cómo el libertinaje, la concupiscencia y la falta de valores corroen nuestras comunidades, poniendo en riesgo a la sociedad en general con su prédica y su práctica.

La castidad y el amor de pareja -que implican necesariamente relaciones monógamas-, serán estimuladas con el matrimonio, y en el mutuo compromiso en caridad que este implica. Si proyectamos esto hacia la sociedad, encontraremos que la demanda de los sectores LGBT hacia el matrimonio igualitario comparte este propósito y se identifica con un reconocimiento de la dignidad de quienes lo persiguen.

Mucho de lo que parte de la sociedad halla discutible de la conducta homosexual son los aspectos escabrosos y diferenciadores (que pueden identificarse con la cultura Queer), y esto es una confusión. Francamente, son también repulsivas cuando son muestras explícitas y escabrosas de conducta heterosexual agresiva y asimétrica, que son ostensibles no sólo en la pornografía, sino en la publicidad y en los prejuicios de la cultura popular, y frente a las cuales no expresamos suficiente censura.

En las antiguas discusiones de la ley natural, y en los más recientes comentarios sobre la sexualidad no reproductiva en parejas casadas pero infértiles, se impone el reconocimiento de la comunidad íntima entre adultos libres e iguales como una extensión elevada del individuo. Rescatar el amor de esto al hacerlo central a la relación, quitando el foco de lo sexualmente pruriento, es la oportunidad que se nos presenta.

Se trata, por tanto, no de aceptar y asumir comunidad donde existen diferencias, sino de reconocer que las diferencias no soslayan una humanidad común. Pedimos dignidad y reconocimiento para el amor que profesamos a nuestros padres, hermanos, esposos e hijos. ¿Cómo no podemos plantearnos la posibilidad de reconocerlo en otros?

Admitiendo la existencia de riesgos, así como la necesaria ponderación de las implicaciones formales que una reforma como la planteada debe generar, nuestra modesta proposición está en iniciar esta discusión sobre la apertura al matrimonio igualitario entre los colectivos humanistas del continente.

 

Guillermo Aveledo | @GTAveledo