De todos los años, este ha sido el peor.

Foto: María Alejandra Mora, vía Wikicommons

Foto: María Alejandra Mora, vía Wikicommons

Desde la conquista y la colonización de nuestras tierras no se ha registrado un año tan oscuro, tan errante, tan miserable como 2016. Es, por lejos, el año en el que la sociedad venezolana ha vivido lo peor de sí misma. Las cenizas del país que fuimos pueden compararse con las cenizas de la Venezuela de la hambruna y las enfermedades de la guerra de Independencia. Sin embargo, hay una diferencia abismal entre aquellos y estos tiempos: los ingresos del Estado eran, en comparación, un grano de arroz, y el gobierno no luchaba por matar a la gente o enloquecerla con la carestía de comida, el caos generalizado y la fiesta continua que emiten los medios de comunicación oficiales mientras la población lucha una batalla campal para salvar el desayuno, el almuerzo y con suerte la cena del día.

De todos los años, este ha sido el peor. Sí, el peor.

Los meteorólogos de la política, que estudian el tiempo de la atmósfera social y sus fenómenos, indican que 2017 será un año más intenso, más convulso y con más escasez en todos los rubros. Algunos hablan de una inflación de 1700 %, otros de 2400 %. Nadie sabe a ciencia cierta cuál será su punto más alto porque la inflación puede ser infinita. No en balde se ha exhibido en sociedad el nuevo billete de mayor denominación (20.000 Bs.), que tendrá 200 veces más valor que su predecesor (100 Bs.). La política monetaria, si es que se puede llamar política esa manera de manejar el dinero de un país, sufre de esquizofrenia. O perdón, no sufre, disfruta de los trastornos. Quienes siguen manejando los hilos del poder total hacen de la psicosis su estado mental ideal para gobernar.

Todo se ha convertido en un lujo. Las cosas más sencillas, tomarse un refresco, una galleta o un café, comer tres veces al día, la higiene personal, las pastillas para el dolor de cabeza, tener buen peso y buena salud, dormir bien. Todas esas cosas son ahora inalcanzables para la gente común. Por la calle ves las caras de preocupación. Personas flacas, niños con hambre, muchachos robando cualquier cosa para comer o buscando en la basura todos los días. Enciendes la televisión y ves a Maduro bailando, los chavistas derrochando dinero, disfrutando que la gente viva esta desgracia y nadie logra sacarlos del gobierno. Ellos andan contentos y nosotros, que somos la mayoría del pueblo, estamos jodidos.

2016 deja muchas reflexiones, avances y aprendizaje en la lucha por el restablecimiento de la democracia. También deja frustraciones, decepción e incertidumbre. A diferencia de la época dorada de Chávez, en la que se regaló y robó tanto dinero como se pudo, ahora solo opera el robo. La base de apoyo del chavismo está socavada y solo la elite de los poderes públicos controlados por el PSUV soporta la oscuridad que cubre a Venezuela.

Del diálogo político no queda nada, solo el mal sabor de una dirigencia opositora que logró una épica victoria electoral pero que se tambaleó bruscamente en una instancia de encuentro con un gobierno que no le cumple acuerdos ni al Papa. El ala dura del chavismo sacó provecho de la situación e hizo uso del control del Estado para golpear y hacer más daño. La psicosis se sigue exhibiendo.

Quedaron claras algunas cosas: 1) se perdió el foco en el momento cumbre de la lucha; 2) la MUD debe depurarse y reorganizarse velozmente; 3) hay que seguir apoyando la unión de toda la oposición. Una frase popular resume lo anterior: cortar por lo sano.

2017 será más duro y más complicado. A pesar de eso, hay esperanza y optimismo. Diecisiete años de autoritarismo no han podido borrar la aspiración de una sociedad que quiere vivir en democracia. Así como las crisis no tienen techo, los países nunca tocan fondo.

Ángel Arellano | @angelarellano
Venezolano, doctorando en Ciencias Políticas, integrante del Centro de Formación para la Democracia