Violencia y legitimidad

En el debate sobre medios y fines solemos ponderar la posibilidad del ejercicio de la violencia política como un asunto meramente instrumental. Esto es un error.

Hugo Chavez, declarando tras su intento de golpe de Estado el 4 de febrero de 1992. Autor: Guillermo T. Aveledo

Hugo Chavez, declarando tras su intento de golpe de Estado el 4 de febrero de 1992.
Autor: Guillermo T. Aveledo

En la psique pública venezolana, el mes de febrero se instala con una carga pesada de violencia política y social. Sin remontarnos a la guerra de independencia y los conflictos civiles, las décadas recientes han sido testigos de conflictos no resueltos, con cruentas manifestaciones: en 1989, los disturbios de Caracas y Guarenas; en 1992, el intento de golpe de Estado que propulsó a Hugo Chávez a la fama nacional. Y, apenas el año pasado, se inició la escalada de protestas que culminaron con decenas de fallecidos, heridos y detenidos.

Hechos remotos y recientes, y toda la agresión potencial en uno de los países más violentos del hemisferio emerge con frecuencia como evocativa manifestación de agendas no resueltas: la dificultad de canalizar demandas sociales, económicas y políticas y el vaciado de la esfera pública de deliberación estimulan la celebración de la política como lucha.

Pero esta concepción de lo político tiene una contradicción. Al elogiar la violencia propia como la búsqueda de la justicia y condenar las expresiones febriles del contrario como simple resentimiento, se anula cualquier posibilidad de entendimiento. A lo más, cuando se reacciona contra los llamados al uso de la fuerza suele hacerse bajo criterios instrumentales y pragmáticos: no es que la violencia sea mala, sino que no es la oportunidad apropiada para desplegarla.

Así, no solo se asume que la violencia es una herramienta política más, sino que solo la violencia podría hacer emerger —o lograr consolidar— un orden político legítimo. La costosa temeridad, en ocasiones disfrazada de realpolitik, olvida la gran lección de la historia contemporánea: no es que la violencia no haya sido nunca una ruta eficaz para alcanzar el poder, sino que no hay poder justo y duradero que surja de la violencia.

Mientras el discurso oficial excluye a millones de venezolanos al afincarse en la glorificación de la rebelión de 1992, la actitud hacia la violencia sigue siendo un elemento que divide a la alternativa opositora en Venezuela, azuzando serias contradicciones. No es infrecuente que ante el creciente autoritarismo aflore, de la desesperanza, la seducción del heroísmo justiciero, no como simple voluntarismo sino como angustioso anhelo de un orden nuevo.

Ante la duda es preciso detenerse y mirar atrás. ¿Qué lección puede aportarnos la doctrina y la práctica del humanismo cristiano? Doctrinariamente, estamos conminados a la denuncia de un orden injusto y corrompido, pero la vara para la acción violenta es alta, aun en la teoría de la rebelión iusnaturalista. El pacifismo cristiano supondría una inclinación reformista hacia el cambio político; la violencia no es intrínsecamente deseable, aun si se admite como último recurso.

Los hechos muestran que los movimientos y partidos democristianos han favorecido la transición pacífica hacia regímenes pluralistas sin dejar de denunciar enérgicamente las violaciones a los derechos humanos. En la era de las frecuentes dictaduras latinoamericanas, la búsqueda de coaliciones de participación y resistencia no violenta fue privilegiada a posturas golpistas o insurreccionales, incluso allí donde se encontraban a la vanguardia de la lucha social por el restablecimiento de las libertades. El éxito de la participación democristiana en las olas democratizadoras, que parece opacado por la mengua de poder actual, es testimonio de esa efectividad.

¿Es esto suficiente para enfrentar a los autoritarismos de nuevo cuño? Angustiosamente, pareciera que la exigencia ética del humanismo no está a la altura de este reto. Pero eso se debe a que no ofrece respuestas fáciles ni justificaciones pragmáticas, mientras que la vocación heroica de las vanguardias simplifica y entusiasma.

Recae en nuestros líderes políticos y de opinión el deber de mantener la conciencia pluralista, manteniendo su autoridad aun a costa de sacrificar su acceso al poder. No es una tarea fácil.

 

Guillermo Aveledo | @GTAveledo