60 años de la Unión Europea: el reto de la subsidiariedad

A seis décadas de su inicio formal como unión económica, La Unión Europea ha demostrado que el futuro se construye sobre valores compartidos y asumidos en conjunto. La celebración es momento propicio para retomar uno de los principios rectores del humanismo: la subsidiariedad.

La Unión Europea, el mayor avance político y económico de la humanidad | Imagen: Gyrostat, vía Wikicommons

La Unión Europea, el mayor avance político y económico de la humanidad | Imagen: Gyrostat, vía Wikicommons

No son pocos ni menores los retos, pero tampoco puede negarse la hazaña: a sesenta años del Tratado de Roma, la certeza de una Unión Europea fuerte y sólida está presente y la convierte en un protagonista clave del siglo XXI. Protagonista, sí, aunque también inmersa en conflictos constantes que no deben servir como pretexto para opacar los grandes logros de su constitución ni mucho menos para escatimarle motivos de festejo.

La unidad comercial, el libre tránsito, la consolidación democrática, la moneda única, las instituciones garantes del futuro común, por mencionar las más avanzadas, representan una evolución que ninguna otra región del planeta ha logrado ni está cerca de alcanzar.

Europa ha marcado, así, un parangón que seis décadas después demuestra que la unidad entre Estados, proceso en ocasiones lento pero siempre con objetivos tangibles, no es sencilla ni mucho menos algo que se dé por decreto o con soluciones simplistas o irreales.

Frente a quienes quisieran que todo ocurra de manera inmediata, o ante otros que eligen la cerrazón y el ostracismo como solución, la lección es clara: ni el populismo con sus remedios de ocasión, ni el nacionalismo exacerbado con sus fórmulas vetustas, ni mucho menos el extremismo donde las voces y decisiones de los menos atropellan los derechos y libertades de los más, sirven para construir desde el presente un porvenir posible.

O al menos no uno que reivindique los valores garantes de los grandes avances de la humanidad: la libertad, la igualdad y la solidaridad solo han demostrado pasar de lo ideal a lo real desde la democracia y por la democracia.

Son sesenta años que se cuentan y se reseñan fácil pero que han padecido frenos, retrocesos en ocasiones, obstáculos internos y externos. Ningún proceso de esas dimensiones se logra de un día para otro ni puede prometer un paraíso en la Tierra como fin último, porque ahí es donde inician los infiernos que más daño han generado a nuestro mundo.

Los retos de hoy son, empero, distintos a los de hace sesenta años y su solución tampoco será expedita ni inmediata; su expresión es, en ese sentido, similar a las que ha traído una globalización que, concentrada en el crecimiento económico, deja de lado a periferias que —por razones de índole diversa pero que suelen enmarcarse en los términos de la política— quedan rezagadas de los avances sociales.

La inmigración, la disparidad entre generación y reparto de riqueza, la seguridad, el fundamentalismo, los retos de una nueva gobernanza, la calidad de la democracia y el populismo afectan a la Unión Europea como lo hacen con buena parte de la humanidad. Y para ninguno de estos males hay una respuesta exacta ni que pueda replicarse en cada país por igual. De ahí la complejidad y el desafío, de ahí también la tendencia a creer que no hay solución posible.

Y sin duda que existe, que debe existir, y llegar a ella será mucho más efectivo si se hace desde ese modelo de unidad, de consenso, de acuerdo y de objetivos pequeños pero tangibles que ha demostrado desde el propio ejemplo europeo ser el camino idóneo. Es decir, desde los principios que dan forma a las democracias y que, llevados al plano trasnacional, exigen amplitud de miras y sobre todo un valor que pareciera quedar rezagado: la generosidad.

El rezago puede entenderse porque esa generosidad está en la base del más complejo y avanzado eje del humanismo político, que es la subsidiariedad, donde aquel que ha llegado a cierto punto de desarrollo elige voltear hacia quienes quedaron atrás e impulsarlos no de manera asistencialista sino más bien fomentando la institucionalidad necesaria para que los avances sean estables, firmes y, en la medida de lo posible, sin vuelta atrás.

Los sesenta años de la Unión Europea pueden ser ocasión para repasar retos y logros pero, sobre todo, deben ser el incentivo para colocar a la subsidiariedad en el centro de esa nueva forma de acción política que tanto se demanda.

Entenderla, explicarla, demostrar su urgencia es clave para dos grandes objetivos: entender que de poco sirve que algunos avancen a velocidad extrema si van solos en esa carrera, y que sólo en la medida de una mayor igualdad será posible construir unidad: política, económica, social y cultural… El legado de Europa así lo demuestra.