Bolivia, más cerca de Venezuela y Nicaragua que nunca

Evo Morales sacrifica la democracia en pos de su cuarto mandato consecutivo.

Evo Morales, retratado por el Circus Amok. | Foto: David Shankbone, vía WikiCommons

Evo Morales, retratado por el Circus Amok. | Foto: David Shankbone, vía WikiCommons

El tribunal electoral boliviano (TSE), en un acto de sumisa complicidad, dio luz verde a una nueva candidatura del presidente Evo Morales, lo que constituiría no solo su posible cuarto mandato consecutivo, sino el derrumbe de la democracia en su país.

Eduardo Posada Carbó, intelectual colombiano radicado en Oxford, ha recordado que por más que existan líderes políticos en todo el mundo proclives a la longevidad —indígenas o no—, otra cosa es el peligroso juego de acomodar las instituciones al servicio del caudillismo, como ha venido sucediendo en Latinoamérica en las últimas dos décadas, encontrando en la reelección presidencial el mecanismo favorito como lo ejemplifican hasta consagrarse en el autoritarismo la Venezuela de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, y la Nicaragua de Daniel Ortega. Además, Posada cita las sabias palabras de Juan Linz, quien precisó que la esencia de la democracia es el gobierno de tiempo limitado.

¿Pero de qué sirve la teoría democrática y la separación de poderes cuando quien está en el poder lo utiliza para empoderarse y perpetuarse en el gobierno? Como ha dicho uno de los opositores y derrotado electoralmente por Morales, Samuel Doria Medina, «esta es la más grave afrenta a la democracia desde su reconquista en 1982». Y es que no podemos olvidar que el oficialismo está desestimando el resultado del referéndum de 2016, el cual negó a Morales la posibilidad de una cuarta postulación y que ha desatado —con justa razón— protestas, marchas y huelgas, destacando el plantón pacífico que un grupo de jóvenes instauró a las afueras del TSE en La Paz y los sectores aimaras contrarios a Evo Morales.

La pretendida candidatura, inconstitucional por donde se la mire, violatoria de la propia carta que estableció el régimen en su bucólico intento de desmarcarse del republicanismo, demuestra dos cosas: que los caudillos populistas adoran los mecanismos de la democracia directa solo cuando sus resultados les convienen (¿qué pasaría si el aspirante a reelegirse indefinidamente fuese un líder de una orientación diametralmente opuesta, de derecha, como en Colombia lo intentó Álvaro Uribe?), y que el presidente de Bolivia ha decidido de una vez por todas ser un gobernante iliberal, cuando en medio de su imperdonable ignorancia ha afirmado que «la separación de poderes es una doctrina norteamericana».

Ante este panorama solo queda esperar que la oposición boliviana no claudique y configure una candidatura unificada, sea en manos del expresidente Carlos Mesa, el empresario Óscar Ortiz, el propio Doria o quien sea, para que las elecciones generales de octubre de 2019 cumplan su cometido y no dejen caer de nuevo en vano la advertencia de Linz.