Brasil ingobernable: el proceso político bajo presión

El proceso político brasileño se encuentra hoy mucho más que en dificultades. Está sumido en una profunda crisis, con una desconfianza compartida entre los actores políticos, sociales y económicos. Es un desafío que acecha al próximo gobierno y pone en jaque la continuidad de la actual configuración política.

Apertura del año legislativo 2018 en el Congreso Nacional, en Brasilia | Foto: Wilson Dias/Agência Brasil

Apertura del año legislativo 2018 en el Congreso Nacional, en Brasilia | Foto: Wilson Dias/Agência Brasil

Brasil enfrenta en la actualidad la peor crisis de su historia. Durante el mes de mayo, por ejemplo, el país tropical vivió una huelga general del sector camionero, impulsada por el aumento exponencial de los combustibles. El país estuvo paralizado por varios días y llevó a los brasileños a la escasez de alimentos, la inmovilidad urbana y la congelación del sector comercial de servicios. Una parte de los camioneros movilizados pedía la intervención militar, es decir, un golpe. Luego de que el gobierno Temer logró contener la paralización, con el resultado de la dimisión del presidente de la gigante Petrobras, fue el turno de los petroleros, que entraron en huelga por 72 horas. A este contexto se agrega un sentimiento nacional de desesperanza; síntoma de ello es el escaso 53 %, según Datafolha, de personas interesadas en la Copa del Mundo, en el país que supo ser el más futbolero del mundo.

Para sumar los últimos ingredientes de la actual tragedia brasileña, están los avances de las investigaciones anticorrupción que miran a Michel Temer y sus cercanos. El presidente ya enfrentó dos denuncias de la fiscalía general, que fueron bloqueadas por el Congreso Nacional, y sufre el total rechazo de los brasileños por su gobierno: solamente un 3 % aprueban su gestión, según números de Datafolha.

Los pedidos de intervención militar se han vuelto cada vez más recurrentes, al punto de masificarse, según el Instituto Paraná Pesquisas. El apoyo a una interrupción del proceso político civil por los militares aumentó de 35 % en 2016 a 43 % en 2017, es decir, cuatro de cada diez entrevistados. Probablemente este número haya vuelto a aumentar en el presente año.

En contraste con la crisis, hay una gran expectativa de que el proceso electoral de este año funcione como una vía de escape, como argumenté en un artículo anterior. Es una fuerte posibilidad, si se deja de lado la ingenuidad de creer que el sucesor de Temer cambiará los paradigmas del diseño del presidencialismo de coalición, el infame sistema que llevó el país al presente caos. El gobierno que surja de las elecciones de octubre heredará una economía haciendo vinagre, un déficit previsional monstruoso, un pacto federal desactualizado y el Legislativo más fragmentado del mundo. Las condiciones no estarán a su favor.

Para los demócratas que participan del proceso político, las elecciones de octubre son fundamentales para intentar recuperar el rumbo. Además de la elección presidencial se renovará la Cámara baja completa, dos tercios del Senado, todos los gobiernos estadales y sus respectivas casas legislativas locales.

Si bien las elecciones pueden bajar la presión, el escenario no es bueno. Hasta el momento hay quince precandidatos. El expresidente Lula da Silva, preso desde hace dos meses, sigue liderando las encuestas. Sin su nombre, el fascistoide populista de derecha Jair Bolsonaro queda primero y Marina Silva, ambientalista de renombre mundial, se consolida en el segundo lugar; vale decir que ambos sin el apoyo de los partidos políticos, esenciales en el proceso legislativo brasileño. Este cuadro electoral es muy inestable; se espera que varios precandidatos quiten su nombre de la carrera y, en resumen, aún todo es posible.

Los indicadores no son favorables. Después de 2014 Brasil empeoró en todos los índices de democracia. Por ese motivo, los líderes que se elegirán en octubre tendrán como principal desafío volver a colocar Brasil en el camino de la consolidación democrática, reencantar a los intervencionistas e incentivar al sector productivo para que el país vuelva a crecer.

Dados todos estos factores y condiciones excepcionales, en octubre los brasileños resolverán en las urnas el gran dilema del país para los próximos cuatro años, tal vez para toda la década siguiente.