Brasil no es para principiantes

Así reza un dicho que intenta mínimamente explicar la difícil tarea de analizar la política de mi país.

Cámara de Diputados de Brasil | Foto: José Cruz, Agencia-Brasil

No hay mejor ejemplo que el de la reforma de la seguridad social, por la dificultad en convencer al jefe de Gobierno de aprobar un proyecto enviado por él mismo al Congreso Nacional.

Las dos últimas semanas han sido incendiarias en las páginas políticas de los periódicos, no solo por las constantes crisis provocadas por el gobierno de Jair Bolsonaro, sino ahora también por la prisión (y luego la libertad) del expresidente de la República Michel Temer. Acusado de corrupción en las obras de la usina nuclear Angra 3 [1], junto con Moreira Franco, su exministro y también exgobernador del estado de Río de Janeiro, Temer fue llevado por la policía federal el 21 de marzo y estuvo detenido cuatro días en Río de Janeiro.

Concomitante, el 20 de marzo se divulgó la más reciente encuesta de Ibope que indaga la popularidad de Bolsonaro. Al principio de su gobierno, hace menos de 100 días, tenía un 49% de óptimo + bueno; ese número, a mediados de marzo, cayó al 34%, con la misma evaluación para la opción regular. Los que lo consideran malo y pésimo saltaron del 11% al 24%, es decir, más que doblaron. Los demás (8%) aún no saben qué responder.

Y para cerrar esta introducción, tenemos la tensa convivencia entre Bolsonaro y el presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Maia. Este, antes garante de la reforma de la seguridad social, hoy dice que solo comandará los trabajos de manera institucional y que Bolsonaro tendrá que conseguir los más de 300 votos necesarios para lograr la aprobación del proyecto, tan necesario para el equilibrio de las cuentas públicas. Esto sucedió después de críticas perpetradas por el ministro de Justicia Sérgio Moro y por Carlos Bolsonaro, hijo del presidente, sobre la conducción de Maia en el trabajo de aprobación de otro proyecto, denominado antidelito, ideado por Moro.

La verdad es que Brasil aún no ha podido salir de la crisis política, financiera, ética y moral que lo asombra desde hace casi seis años, con el inicio de las jornadas de junio de 2013, cuando millones de personas fueron a las calles para protestar, en general, contra la clase política y la manera en que esta se ocupa de los problemas de la sociedad. Desde entonces, innumerables ciudades, principalmente Río de Janeiro, recibieron miles de millones de reales en inversiones, con motivo de la realización del Mundial de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016, y lo que se ve es la profundización, cada vez mayor, de las noticias de corrupción y la detención de importantes actores políticos regionales y nacionales.

La prisión de Temer y la constante falta de diálogo del presidente Bolsonaro evidencian que el brasileño aún carece de una clase política alineada con los anhelos de la población. Y muestra además el quiebre institucional de la propia política, la que debería ser el camino de conversación y solución a los problemas de la nación.

Tenemos un presidente que prefiere gobernar a través de tuits o detrás de las vidas de Facebook, insultando a la prensa, llamándola mentirosa y propagadora de fake news. Es el mismo presidente que se niega a dialogar con el Congreso, representante máximo y legítimo del pueblo, diciendo que quien está allí «no quiere dejar la vieja política».

Los constantes ataques de Bolsonaro a la clase política pueden surtir algún efecto con sus electores, pero olvidan que la campaña electoral ya ha pasado y es hora de unificar el país, dejando de lado el viejo discurso de nosotros contra ellos. La tendencia —que ya se nota en la última evaluación de su gobierno— es que continuará derritiéndose por los próximos meses, a menos que pueda aprobar la reforma de la seguridad social y hacer que la economía crezca nuevamente.

Por otro lado, tenemos a dos fiadores del gobierno, los ministros Sérgio Moro (Justicia y Seguridad Pública) y Paulo Guedes (Economía). Ambos entraron en el equipo ministerial y ayudaron a robustecer el capital político, que ya era muy alto. Sin embargo, se han conocido algunos escándalos de corrupción, que incluso involucran a Flávio Bolsonaro, hijo del presidente y actual senador por el estado de Río de Janeiro, y Moro no dijo muy bien a qué vino. Sus seguidores esperaban declaraciones en la prensa diciendo algo como «la corrupción debe ser barrida de la política nacional, duela a quien duela» mientras, en realidad, el superministro se limitó a decir que la Policía Federal investigará el caso. Un balde de agua fría para quien esperaba una acción más enérgica del eterno juez de la operación Lava-Jato.

Paulo Guedes es, hasta ahora, el ministro que se desempeña mejor, con declaraciones que suenan como música a los oídos del mercado y de las necesidades económicas del país. Sin embargo, como nadie es perfecto, recientemente dijo que, si la reforma de la seguridad social no es aprobada, es posible que salga del gobierno. Una pelota que pasó lejos del gol…

Después de estos tres meses de gobierno se esperaba un giro en la manera de construir Brasil, a pesar del discurso muchas veces dudoso y de tantas violentas y agresivas declaraciones proferidas por Bolsonaro. En su equipo vemos que la gran mayoría parece no saber muy bien lo que están haciendo con sus respectivos cargos. Las notas en los periódicos muestran que, actualmente, estar en Brasilia consiste más en intentar sobrevivir al fuego amigo que conseguir construir ideas y políticas públicas que beneficien a la población.

Michel Temer, que heredó una economía caótica de Dilma Rousseff, logró mínimamente colocar al país en los caminos del desarrollo. Pero, gracias a las denuncias de corrupción que lo involucraban, no consiguió aprobar más reformas. Fue arrestado, en una medida que los juristas dicen que fue injusta y exagerada, mientras que otros dicen que, independientemente de que sea justa o no, debía hacerse pues, al final, parece ser el líder de un gran esquema de desvío de fondos públicos. El proceso de salida de la prisión fue criticado por el juez Marcelo Bretas, que lo mandó arrestar, en una crítica que no tuvo el apoyo público que se esperaba.

Desde la redemocratización, Brasil tiene siete expresidentes; dos de ellos están o fueron arrestados, y otros dos salieron del cargo por impeachment; es decir, más de la mitad se vieron involucrados en algún tipo de participación criminal. Esto muestra que, a pesar de que estamos viviendo nuestro período democrático de mayor duración, todavía tenemos mucho que aprender para poner al país en los caminos del diálogo y de la convivencia armónica entre los poderes. Una tarea difícil pero necesaria, si Brasil quiere crecer no solo económicamente sino también política y socialmente.

Mientras tanto, seguimos no siendo para principiantes…

 

Nota:
[1] Brasil posee dos centrales nucleares para producción de energía eléctrica, ubicadas en el municipio de Angra dos Reis, a pocas horas de la ciudad de Río de Janeiro. Angra 3 es un proyecto que ya debería estar funcionando desde hace muchos años y hasta hoy no ha salido del papel.