El presidente de Brasil Michel Temer se salvó por poco de la destitución del Tribunal Supremo Electoral. Sin embargo, su coalición de gobierno amenaza con desintegrarse y la Fiscalía lo investiga por corrupción. Tanto el Gobierno como el Parlamento se dedican más a controlar lo daños que a gobernar, mientras la justicia se polariza, con el consiguiente daño persistente a la democracia brasilera. No se vislumbra una salida.

Michel Temer

El presidente Temer se mantiene en el poder y Brasil no encuentra el camino | Foto: Diego DEEA, vía Wikicommons

«El Tribunal Supremo Electoral ignora pruebas». Así titulaba O Globo, el diario de mayor circulación, su edición del 10 de junio. El tribunal había concedido un triunfo parcial al presidente Michel Temer (Partido Movimiento Democrático Brasilero, PMDB), pero al costo de su propia credibilidad. En medio de revelaciones del escándalo Lava Jato, el Tribunal, que está integrado mayoritariamente por aliados de Temer, llegó a la conclusión de que la elección de 2014 —en la que Temer había resultado triunfador— fue legítima. Por lo tanto, el presidente conservaba su cargo. Sin embargo, las grabaciones que habían sido publicadas un poco antes, indicaban lo contrario.

Al mismo tiempo, la crisis parece cada vez más sin salida. El presidente Temer perdió su credibilidad, pero con movidas políticas (de ajedrez) logra una y otra vez mantenerse en el poder. Mientras tanto, las reformas estructurales urgentes no se realizan. La ciudadanía brasileña discute acaloradamente el final de su presidencia, ya sea mediante renuncia, destitución o condena penal. Lo primero fue descartado por él y las otras dos opciones podrán ser evitadas mientras mantenga el apoyo del Parlamento.

Sin embargo, incluso después de la sentencia del Tribunal Supremo Electoral, el presidente de Brasil no puede respirar aliviado. Una testigo de cargo señaló que durante su mandato el presidente estaba al tanto y aprobó prácticas corruptas. Debido a esto, la Fiscalía General de Brasil inició una investigación penal contra Temer por soborno, obstrucción de la justicia y asociación para delinquir.

La ciudadanía reaccionó con indignación y exigió su renuncia, junto con medios y voces de la política. Si Temer se mantiene o no en el cargo depende ahora del Parlamento, que deberá votar el proceso de destitución o el inicio de un proceso penal. Hasta ahora la clase política brasilera, en gran parte sometida a investigaciones por corrupción, apoya al presidente, con la esperanza de que este logre limitar las investigaciones del Lava Jato. Pero la coalición de gobierno, que comprende partidos conservadores y orientados al mercado, está amenazada de ruptura desde que estalló una pelea abierta dentro del conservador Partido de la Social Democracia Brasilera (PSDB) sobre la permanencia en el gobierno.

Hasta ahora el presidente logra mantenerse en el poder mediante movidas políticas. Un final de Temer no significaría de ninguna forma el final de la crisis. Para muchos brasileros la perspectiva de que el sucesor de Temer provenga del establishment político enturbiado con acusaciones de corrupción aparece como una muestra de cinismo y critican que la Constitución no prevé elecciones directas.

Brasil no encuentra el camino para salir de la profunda crisis del Estado. Las revelaciones en el marco del escándalo de Lava Jato desacreditaron en forma sostenida a todas las fuerzas políticas establecidas y la farsa de la sentencia del Tribunal Supremo Electoral muestra que también la justicia se está politizando fuertemente. Injerencias políticas en el Lava Jato constituirían una señal fatal para el Estado de derecho brasilero.

El país, que en 2016 organizó en forma bastante exitosa las Olimpíadas de verano, está perdiendo rápidamente su prestigio internacional. Aparte de la tendencia histórica a ocuparse mucho de los asuntos de la política interna, las crisis actuales no permiten a Brasil prestar atención a los acontecimientos fuera de fronteras. Que la canciller federal Angela Merkel (CDU) en su gira de cuatro días por Latinoamérica sobre el G20 no haya visitado a Brasil —que es miembro del G20— y que además postergara la cumbre intergubernamental germano-brasilera prevista para comienzos de 2017, habla por sí solo. Brasil, considerado un global player, está desperdiciando su potencial geopolítico. Este aislamiento creciente es un lujo que el país no debería darse, ni política ni económicamente. Pero la salida no está a la vista.

 

Dr. Jan Woischnik
Representante de la Fundación Konrad Adenauer en Brasil

Alexandra Steinmeyer
Representante adjunta de la Fundación Konrad Adenauer en Brasil

Traducción de Manfred Steffen, coordinador de programas de la Fundación Konrad Adenauer, oficina Montevideo