Las FARC desafiarán el sistema de partidos en Colombia.

Bandera de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia–Ejército del Pueblo | Fuente: WikiCommons

Bandera de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia–Ejército del Pueblo | Fuente: WikiCommons

En 1994, aún bajo el eco del fin de la guerra fría, el desmantelamiento de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín, el maestro italiano Norberto Bobbio publicó Destra e sinistra (‘Derecha e izquierda’), libro en el que a pesar de estos importantes cambios históricos planteaba que las distancias ideológicas sobrevivirían. Bobbio señalaba que el espectro ideológico seguía conteniendo una diferenciación fundamental: la izquierda mantenía como valor central la igualdad, mientras que la derecha se inclinaba por el orden y en términos económicos la libertad.

Dos décadas más tarde Colombia no ha sido ajena a esta realidad, con la novedad de que, en aras de su búsqueda de la paz, el país está intentado terminar de ajustar sus luchas ideológicas dentro de un comportamiento institucional —proceso impulsado desde la Constitución de 1991—, en el que la pluralidad de opinión y participación sean garantizadas a la vez que la violencia política se elimine. En otras palabras: que tanto la extrema izquierda como la extrema derecha depongan las armas, mientras sea posible afirmar públicamente y sin miedo que se es de izquierda o se es de derecha.

Esta especie de liberación de la opinión pública, que pretendió finiquitar casos como la polarización extrema que protagonizó repetidamente el bipartidismo tradicional de liberales y conservadores, así como sus componendas clientelistas bajo el Frente Nacional (1958-1974), dio paso hasta 2003 a una hiperfragmentación del sistema de partidos, en que se cayó en otro vicio: el vaciamiento ideológico y la pérdida de representación programática. Esta carencia fue aprovechada por las guerrillas, para sostener su discurso revolucionario, y por los grupos paramilitares, para combatirlas.

Sorprende entonces que, a pesar de esta evolución, de la reforma política posterior —que ha intentado reducir el sistema de partidos a un pluripartidismo moderado— y del actual proceso de paz con las FARC, encontremos los siguientes elementos que aún no permiten establecer un discurso claro de posicionamiento de la izquierda o la derecha en términos prácticos:

■ En Colombia aún existen actores violentos extralegales de izquierda y de derecha, como la guerrilla del ELN o grupos posparamilitares denominados bandas criminales, que siguen violando los derechos humanos y recurren al terror para imponer su control territorial y sus convicciones políticas.

■ En Colombia, gracias a la violencia guerrillera y a la intención de combatirla con ahínco bajo los gobiernos de Álvaro Uribe, el país escoró a una derecha pronunciada, posición que si bien no le es desconocida tampoco lo define por completo; de hecho puede afirmarse —como lo ha ratificado el Barómetro de las Américas— que buena parte de la población es de centro o sencillamente es ambigua para identificarse políticamente.

■ En Colombia la clase política es vergonzante de sus propias ideas, tal como lo ejemplifican líderes como Clara López, quien ha militado toda su vida en la izquierda y llegó a representar al Polo Democrático, pero ahora, que aspira a la presidencia, lo niega. O el propio Álvaro Uribe, que le ha prohibido a su partido Centro Democrático asumirse de derecha, a pesar de sus propias convicciones sobre la seguridad como política fundamental o al ideal corporativista de un «Estado comunitario», con el fin de no perder votos.

■ En Colombia, más allá de la lógica de establecer alianzas o coaliciones para desarrollar la gobernabilidad, priman los intereses coyunturales y clientelares. El propio presidente Juan Manuel Santos, en lo bueno y en lo malo, es gran ejemplo, y no se queda atrás la veintena de aspirantes a la presidencia que desean relevarlo en 2018.

Es por estas razones que la transformación en curso de las FARC en partido político, tras más de cincuenta años de guerra y un proceso de paz que paradójicamente ha exaltado la polarización mas no el juicioso debate de las ideas, constituye una oportunidad para que la clase política se comporte con madurez. No hay duda: las FARC van a desafiar el sistema de partidos y su estrategia será mantener la influencia política en las zonas rurales donde han estado asentadas y promover su traslado paulatino a las zonas urbanas. Y aunque pragmáticas asumirán en democracia la realpolitik, no dejarán de ser un cuerpo político revolucionario de izquierda. Por ello, más que nunca, se requieren partidos y líderes que hagan valer sus convicciones. Para eso es justamente la paz.

 

José Alejandro Cepeda | @sinclair_simon_
Periodista y politólogo