De lo político-religioso a lo político en la canonización de monseñor Romero

En abril del 2013, apenas un mes después de su nombramiento al solio de Roma, el papa Francisco consultó al prefecto de la Congregación de la Doctrina para la Fe para que pusiera el nihil obstat (visto bueno) a la causa de canonización de monseñor Óscar Arnulfo Romero y devolverla así a la Congregación para las Causas de los Santos. A la vez mandó a llamar al postulador vaticano solicitándole que reactivara el proceso. Es decir, el primer papa latinoamericano puso entre las prioridades de inicio de su pontificado ese asunto que había sido congelado por los dos papados anteriores.

El papa Francisco observa una imagen de monseñor Óscar Arnulfo Romero

El papa Francisco ante una imagen de monseñor Óscar Arnulfo Romero

El propósito del papa Bergoglio, antes que nada, fue entonces desagraviar a monseñor Romero como Iglesia católica institucional frente al entero pueblo católico de El Salvador. El 30 de octubre del 2015, con Monseñor ya beatificado, el papa Francisco se dirigió a los peregrinos salvadoreños en la Sala Regia en el Vaticano de esta forma: «El martirio de monseñor Romero no fue puntual en el momento de su muerte, porque una vez muerto —yo era sacerdote joven y fui testigo de eso— fue difamado, calumniado, ensuciado; incluso por hermanos suyos en el sacerdocio y en el episcopado».

Más allá de los católicos laicos que lo mandaron a matar, de hecho las hostilidades hacia Monseñor en vida se prolongaron, ya fuera en el interior de la Iglesia salvadoreña (prohibiendo, por ejemplo, que se hablara de él o que aparecieran imágenes suyas en los templos), o en la curia romana, donde su causa era frenada.

No es casual que en la primera etapa de la canonización monseñor Romero haya sido declarado beato en cuanto mártir in odium fidei; es decir, por primera vez en la historia de la Iglesia, asesinado como católico (además arzobispo) por católicos a su vez.

Romero no era un político; pero sus discursos, al lado de los pobres y por una justicia social, tenían consecuencias políticas. Y, como tuve la oportunidad de escuchar de su vicario monseñor Ricardo Urioste, «lo mataron como a Jesús, tildándolo de político también».

Los escritos y las homilías de Monseñor fueron examinados con lupa por años por los eclesiásticos en la Santa Sede. Concluyeron que Romero, en circunstancias históricas sumamente difíciles, había seguido nada más que la doctrina social de la Iglesia, enriquecida por los conceptos del Concilio Vaticano II, que la iglesia latinoamericana, con Medellín, sintetizó en la opción preferencial por los pobres. Hasta que monseñor Romero terminó siendo el primer mártir del Concilio.

Y tampoco es casualidad que Francisco haya canonizado a Romero junto con el papa Pablo VI, que concretó la idea del Concilio de Juan XXXIII. Y que además fue el único papa que apoyó a Monseñor en vida.

Por eso la santificación de Romero hace parte integral del relanzamiento del papa Francisco del mismo Concilio Vaticano II en cuanto a compromiso del cristiano en la vida política y social; retomando además el ecumenismo, la sinodalidad en la toma de decisiones y la reforma de la curia romana.

El teólogo jesuita alemán Martin Mayer hasta llegó a afirmar recientemente que «la canonización de monseñor Romero es el paradigma del pontificado de Francisco».

Ahora el gran desafío es que el martirio de San Óscar Romero no continúe; sea por obra de eclesiásticos (donde quiera que estén) o de los laicos, especialmente de El Salvador. Porque entre los que no tuvieron de otra que asumir su canonización, no faltan quienes se empeñan ahora en convertirlo en un santito inocuo solamente para rezar y no como un ejemplo también para seguir, como fue desde un comienzo la intención del papa Bergoglio.

Y la prueba más clara de esta voluntad Francisco la dio en la audiencia especial para los salvadoreños en la Aula Pablo VI en Vaticano el lunes siguiente a la santificación de Romero, cuando, para sorpresa de todos (eclesiásticos incluidos) llamó a su lado a la que fue la asistente de Monseñor en los últimos ocho años de su vida, Angelita Morales, que hoy vive olvidada con su hija en un tugurio de un barrio pobre de San Salvador: «una persona muy humilde que lo ha acompañado, que lo ha seguido, que estuvo cerca de él […] en ella pongo la representación del pueblo de Dios». Con este gesto el papa Francisco terminó su reparación y desagravio hacia monseñor Romero y a su pueblo pobre, al que le dio voz, que fue mártir con él y que desde la noche misma de su asesinado lo consideró su santo.

Para concluir esa reflexión, siendo que todos los protagonistas y los herederos del escenario nacional en el tiempo de Monseñor y en la posguerra civil siguen siendo en gran parte católicos, resultaría coherente pasar de lo político-religioso a lo político. Me refiero al auspicio primordial para este sufrido país y el subcontinente entero, que el papa Francisco así sintetizó en su discurso con los salvadoreños: «El recuerdo de san Óscar Romero es una oportunidad excepcional para lanzar un mensaje de paz y de reconciliación a todos los pueblos de Latinoamérica».

Casi que el pontífice se puso a la orden (como ya lo hizo en su momento con Cuba, Colombia y Venezuela) sus buenos oficios para que antes que nada El Salvador de Romero se reconcilie. Pero para esto se necesita que los actores políticos históricos (Arena y el FMLN), junto con nuevos emergentes, salgan de la parálisis de siempre, para sentarse y fijar una agenda nacional. Y que la jerarquía católica salvadoreña, a partir del cardenal Gregorio Rosa Chávez (elevado a purpurado quizás para esto también) tome iniciativa para propiciar un diálogo nacional.

En ese sentido, si la canonización de monseñor Óscar Romero no fructificara sería un gravísimo y culpable desperdicio. Porque además Monseñor todo lo dijo en sus seis volúmenes de homilías sobre lo que El Salvador necesita para que tenga un futuro de paz…