Una cosa en ganar las elecciones y otra ganar el poder. Esa parece ser la situación que mejor describe lo que sucede en la política ecuatoriana.

Presidente Lenín Moreno | Foto: Agencia Andes

Presidente Lenín Moreno | Foto: Agencia Andes, vía Flickr

Después de una elección que dividió al país, Moreno se ha concentrado en superar el enfrentamiento. Decidió no hablarles a los extremos; les habló a los ecuatorianos que estaban hartos de la continua zozobra a la que los sometió el expresidente Correa con la política de la confrontación. Llamó al diálogo y a la reconciliación. Resultado: una popularidad que se acerca al 80 % y una ciudadanía que siente alivio.

Al mismo tiempo, Moreno sale bien librado de los escándalos de corrupción que involucran a sus antiguos compañeros de gabinete. Logró desvincularse de las acusaciones a su vicepresidente, Jorge Glas, a quien dejó sin competencia alguna en su gobierno y hoy es un vicepresidente dedicado exclusivamente a defenderse de las acusaciones de corrupción por las que es investigado y procesado por la justicia, que hacen relación, entre otros casos, a las contrataciones con Odebrecht.

En su esfuerzo por legitimarse y desvincularse del manto de la corrupción, Moreno ha puesto en evidencia a sus propios compañeros de partido, ha desmontado la ilusión del milagro económico y ha desnudado la pésima calidad del gasto público durante el que podría llamarse segundo boom petrolero. Al hacerlo quiebra las bases sobre las que se asienta el proyecto político del socialismo del siglo XXI en Ecuador.

Con ese antecedente, la oposición más ciega a Moreno ahora sale de su propio partido, que aspiró a mantener el modelo, ocultar las verdaderas cifras económicas, mantener en la impunidad la corrupción institucionalizada y contar con un presidente al cual se lo controlara desde la oficina del partido. Moreno debe lidiar con sus propios compañeros y con su antecesor, que se han declarado en oposición pero aún controlan la institucionalidad que construyeron durante una década y que usaron, sin pudor alguno, para satisfacer intereses individuales o corporativos.

Con una alta popularidad pero acorralado por el poder que aún mantiene su antecesor en órganos de control, órganos de justicia, bloque legislativo y Corte Constitucional, la lucha por conquistar finalmente el poder requiere de una acción contundente y definitiva. Cada vez más sectores coinciden en que la vía para salir de este enredo es el llamado a una consulta popular, mecanismo de democracia directa que permitiría equilibrar el poder, reformar las instituciones de control, modificar su forma de elección, entre otros temas recurrentes en el debate.

El tema más mencionado para esa consulta es la reelección indefinida del presidente y la reforma del Consejo de Participación Ciudadana, instancia que ha fracasado y que es la encargada de seleccionar a los órganos de control. Al eliminarla se sacaría de modo definitivo a Rafael Correa como opción de futuro y se pondría en aprietos a la facción más radical del correísmo, al tiempo que se alentarían las expectativas de los políticos para promover una opción real de poder en el 2021.

El llamado a consulta es visto por la oposición como el mecanismo para desmontar la estructura de poder del correísmo, democratizar la sociedad y equilibrar el desbalance de poderes. Para los correístas, en cambio, es una amenaza y han advertido que promoverán una asamblea constituyente, con Rafael Correa como candidato. Finalmente, para Moreno es un mecanismo idóneo para legitimarse sin depender de su partido, evitar el bloqueo de sus propios compañeros y enviar un mensaje claro a aquellos que siempre se mueven buscando que la sombra del poder los cobije.

La popularidad, al igual que el dinero, solo sirve si se usa, si se gasta; el dinero para adquirir bienes y la popularidad para gestar proyectos, hacer transformaciones. La alta popularidad del presidente Moreno puede ser el factor más importante para el éxito de una consulta que, aún sin temas definidos, ya logra el apoyo de amplios sectores, pero que deberá superar aún la reacción de Correa y sus leales. Si el presidente Moreno no aprovecha el momento para hacerlo rápido, corre el riesgo de dejar pasar la oportunidad, pues la crítica situación de la economía pronto le obligará a tomar medidas aplazadas que pueden minar su popularidad y, como están las cosas, perder la posibilidad de hacer una transformación histórica.

Una cosa es ganar las elecciones, y otra, ganar el poder. Esa parece ser la situación que mejor describe lo que sucede en la política ecuatoriana. Lenin Moreno ganó una apretada elección, señalada como fraudulenta, que dividió al país en dos mitades enfrentadas entre sí, y ahora busca alcanzar el poder. Si lo logra, recién empezará a ser evaluado por que lo haga y no por lo que diga.

 

Diego Carrasco | @diegocarrasco6
Abogado. Analista político. Asesor parlamentario y de campañas electorales