El proceso de selección de candidato a la presidencia de la República del PAN, en México, arroja un primer y grave rompimiento entre su dirigencia y la que fuera su alternativa mejor posicionada, Margarita Zavala.

Zavala y Anaya, acuerdo imposible, fractura en el PAN @ Fuente: Wikicommons

Zavala y Anaya, acuerdo imposible, fractura en el PAN | Fuente: Wikicommons

La renuncia de Margarita Zavala al Partido Acción Nacional ha expuesto la polarización de la vida interna de este, y enrarecido su proceso de selección de candidato a la presidencia de México.

Considerada como la mejor posicionada en las encuestas, con una trayectoria partidista de más tres décadas y con un liderazgo sólido dentro y fuera del propio partido, el pasado viernes 6 de octubre tomó la decisión de competir por la vía independiente tras más de dos años de consolidar una base de apoyo en la que se suman partidarios de Acción Nacional, ciudadanos sin militancia, empresarios y otros sectores de la sociedad.

Las razones, expuestas por ella, responden a la imposibilidad de tener una contienda intrapartidista en igualdad de condiciones, sin certeza de cuál será el método de selección (elección abierta, solo entre la militancia, encuesta) y la cerrazón al diálogo que, acusa, ha distinguido a la dirigencia panista.

El presidente nacional del PAN, Ricardo Anaya, ha respondido a estos cuestionamientos apegándose a la normatividad tanto del partido como constitucional, así como a la decisión de construir, junto con la izquierda del Partido de la Revolución Democrática y del partido Movimiento Ciudadano, un frente opositor que contienda en alianza en el año 2018, y del que él mismo podría ser candidato por la titularidad del Ejecutivo federal.

Es la primera vez, en ese sentido, que un líder nacional del PAN en funciones —al menos desde la época de consolidación del partido como alternativa real de poder, que data de finales de los años ochenta— se presentaría como competidor en la elección interna. Este hecho ha enturbiado una negociación que, al final de cuentas, terminó en punto muerto y trajo consigo la renuncia de Zavala.

También es la primera vez que el PAN llega a una contienda electoral ostentando el gobierno de poco más de la tercera parte de los estados del país y muchas de las ciudades más importantes: este hecho, logrado en 2016 y 2017 bajo la dirección de Anaya, y al que se suma el descrédito de Peña Nieto acumulado tras cinco años de gobierno, presentaba un escenario que, si bien no sería sencillo, sí presentaba cómodo para la competencia por venir.

Sin embargo, como se escribió en este mismo espacio meses atrás, esa situación de crecimiento electoral en lo local pasaba, este año, por el filtro de un proceso interno que lograra consolidar una candidatura fuerte, prestigiada y reconocida tanto para el panismo como para la ciudadanía.

Esta condición, empero, está más lejos que cerca de alcanzarse, lo que además abre paso a que Andrés Manuel López Obrador se perfile como la opción que logre capitalizar el desencanto frente al gobierno del PRI; su perfil demagógico, el crecimiento en preferencias y electoral que su partido Morena ha tenido durante este año, así como un programa de corte populista, podrían cosechar con facilidad el malestar social y situar a México en una encrucijada peligrosa.

Al PAN no le bastan la suma de votos de dos partidos con escasa presencia nacional para hacer frente el proceso de 2018, y la salida de Margarita Zavala le resta parte de su propio capital político entre la ciudadanía y entre su propia militancia. Por su parte, el PRI cuenta con una base de apoyo fruto del clientelismo histórico que, si bien ha decaído, le alcanzaría para convertirse en el único rival con posibilidades reales para enfrentar a López Obrador.

Este escenario repetiría la historia vivida por Acción Nacional en 2012, cuando Peña Nieto se hizo de la presidencia de la República, con el grave riesgo de que en esta ocasión una opción populista se instale como alternativa capaz de hacerse con el Gobierno mexicano.

La fractura al interior del PAN lo debilita y perder a su precandidata mejor posicionada complica no solo el futuro del partido sino, sobre todo, el de una nación. El reto es mayúsculo para su dirigencia y, si bien la trama de la elección presidencial de 2018 apenas empieza a escribirse, sus primeras líneas son complejas y hasta el momento poco esperanzadoras para ese partido.

 

Carlos Castillo | @altanerias
Director editorial y de Cooperación Institucional, Fundación Rafael Preciado Hernández. Director de la revista Bien Común.