El «procés» catalán: el (sur)realismo de una causa

Mes y medio después de unas elecciones que no despejaron la nebulosa del sistema político catalán, Cataluña continúa en la encrucijada.

Foto: Ivan McClellan, vía Wikicommons

Foto: Ivan McClellan, vía Wikicommons

El 21D no despejó las dudas respecto al futuro de la soberanía catalana ni sirvió para mover la balanza a favor de ninguno de los dos bandos. Pese a convertirse en el partido más votado, Ciudadanos no pudo formar gobierno ante la coalición independentista en los comicios de diciembre. Fue la primera vez que un partido no nacionalista ganaba las elecciones autonómicas en escaños y votos; sin embargo, nada pudo hacer ante la mayoría absoluta conseguida por los tres partidos secesionistas que juntos agruparon el 47,5 % de los votos. Una vez más, los acuerdos poselectorales volvieron a tener la última palabra en decidir el futuro de la región. No obstante, hoy el independentismo también se encuentra dividido en una encrucijada por decidir quién será el nuevo presidente de la Generalitat, cuestión que mantiene bloqueada la política catalana. Por un lado, los que apoyan la investidura del ex president Carles Puigdemont, quien hoy se encuentra «exiliado» en Bélgica, y por otro, los defensores de Oriol Junqueras, en prisión desde hace tres meses. Pero, después de tantas semanas de confusión y desconcierto, ¿qué opción resulta menos absurda: gobernar Cataluña desde Bruselas o desde la cárcel?

Desde España, observamos América Latina con las lentes del realismo mágico como la región de lo insólito y lo excepcional. Sin embargo, parecemos no darnos cuenta de que nosotros mismos habitamos la tierra de lo absurdo. Nada parece sorprender ya en una historia sin final que se lleva el premio de la tergiversación. Ni la mejor película de Almodóvar podría reflejar el clima de ambigüedad que se respira hoy en la sociedad catalana. La pugna por el establecimiento y liberación de una identidad en Cataluña se presenta como un perfecto ideal romántico que suena mucho más seductor en la teoría que en la práctica. A la larga lista de tácticas ilegítimas y metanarrativas exaltadas se ha sumado la proposición de formar un Govern simbólico desde Bélgica y otro efectivo en Barcelona. Sin embargo, el dilema de la investidura mantiene a los catalanes en una encrucijada con dos estrategias opuestas. ¿Renunciar a ciertos objetivos con el fin de recuperar el poder y gobernar legítimamente o seguir apelando a las emociones y a los discursos identitarios para aumentar la polarización? Y es que, como hemos visto a lo largo de toda la historia, en la cuestión catalana los sentimientos siempre se han situado por encima de la razón. El poder judicial del Gobierno central impide el retorno político de Puigdemont, presidente de una nación que nunca llego a ser y héroe de una gesta defensora de la autodeterminación de los pueblos. ¿Aceptar la normativa y formar gobierno o seguir batallando con argucias por su propio marco legal? Esta es la disputa de los secesionistas.

El colmo del surrealismo fue la creación de un nuevo territorio ficticio bautizado como Tabàrnia, que defiende la independencia conjunta de las provincias de Tarragona y Barcelona. Este proyecto —que rápidamente se hizo viral en las redes sociales— pretendía mostrar al independentismo tendencioso que clama representar la identidad catalana que no toda la sociedad civil comparte su afán soberanista. Los defensores de esta causa debieron pensar: ¿y si ellos lo hacen, por qué no nosotros? Incluso eligieron a su propio presidente sin destellos de ningún tipo de oposición, al contrario de lo que sucede en la facción nacionalista. Además, este territorio se mantendría fiel al rey español pero con su propio escudo, bandera y emblema, que ya ha seleccionado: Acta est fabula, lo que viene a significar «la función ha terminado, acabemos el teatro». Y es que efectivamente, la interminable cuestión catalana se asemeja ya a una obra teatral. El separatismo denuncia que Tabàrnia nace de la frustración por no haber conseguido derrotar la causa nacionalista en las elecciones de diciembre y lo consideran algo intrascendente. Por su parte, los promotores de esta causa lanzan la premisa de que si una región posee el derecho a proclamar su independencia, las ciudades —e incluso las vecindades— también. Y así es España, el país de lo absurdo; donde lo irracional nos parece mundano y ya no nos sorprendemos ante nada. Sin embargo, seguimos buscando lo excepcional en las mariposas amarillas de García Márquez sin darnos cuenta de que hemos desarrollado en este país nuestro propio realismo imaginario.

 

Castellar Granados | @castegranados
Estudiante de Relaciones Internacionales y Traducción e Interpretación, Universidad Pontificia Comillas. Fue becaria de la Fundación Konrad Adenauer, oficina Montevideo, en 2017