ELN, la revolución que no fue

Cuando los hermanos Vásquez Castaño llegaron de Cuba tenían claro lo que querían: una revolución. Popularmente se dice que Fabio Vásquez Castaño primer líder de los elenos, conoció a Fidel Castro y al Che Guevara en La Habana a inicios de los años sesenta, y algo de ese espíritu fue el que trajo a Colombia para querer convencer a un grupo de campesinos de iniciar una lucha frontal contra el Estado. Puntualmente la intención sería combatir al Frente Nacional, al que concebían como una dictadura de elites.

Juan Camilo Restrepo (izq.), jefe negociador del Gobierno colombiano, y Pablo Beltrán (der.), jefe negociador del ELN | Foto: Presidencia de la República

Juan Camilo Restrepo (izq.), jefe negociador del Gobierno colombiano, y Pablo Beltrán (der.), jefe negociador del ELN | Foto: Presidencia de la República

El Ejército de Liberación Nacional (ELN) nació con una caminata el 4 de julio de 1964 al cerro de los Andes, lugar que se transformaría, eventualmente, en su centro de operaciones. La zona no fue elegida al azar: esa región está ubicada en la mitad de dos ciudades que tienen historia en movilizaciones sociales: una es Barrancabermeja, lugar donde nacieron los movimientos obreros en Colombia producto de la extracción del petróleo y posteriormente ubicación de una refinería, y la otra es Bucaramanga, epicentro de luchas estudiantiles por ser sede de la Universidad Industrial de Santander, UIS.

Desde su constitución como guerrilla, el ELN impulsó una lucha armada, sostenida en un discurso en oposición a las elites nacionales, a las que culpaban de imponer sus intereses a costa del beneficio popular. En ese sentido, plantearon que los sectores dominantes no iban a dejar el poder de manera pacífica (Arenas, 2009). Dicha posición se mantuvo hasta la década de los ochenta, cuando fue necesario un replanteamiento debido a los fuertes golpes que recibieron del Ejército.

Desde los años setenta el ELN fue víctima de poderosas incursiones militares, entre ellas la de Anorí, Antioquia, que es conocida como la operación más grande del Ejército colombiano del siglo XX. La intención era desarticular las columnas del ELN. En el operativo murieron varios dirigentes de la organización revolucionaria, entre ellos los hermanos Manuel y Antonio Vázquez Castaño, que eran los líderes principales en la zona. Aquellos sucesos llevaron a que se reinventaran como fuerza armada, en búsqueda de una estrategia política que le permitiera tomar distancia de una visión netamente militarista en su proyecto (Ospina, 2014).

A partir de ese momento la factibilidad de acercamientos pacíficos se hizo mayor, pero recién el 7 de febrero de 2017 se logró instaurar una mesa de diálogo entre la organización guerrillera y el Estado. Con la experiencia de los procesos con otras guerrillas en mente, tal mesa tendría ciertas facilidades pero, a su vez, algunos obstáculos. El principal problema sería la negativa de los jefes guerrilleros a renunciar al secuestro, algo que en estos momentos no es su fuente principal de financiamiento sino un instrumento político. Esta práctica ha sido contraproducente para esta guerrilla, ya que la sociedad colombiana —en general— rechaza el secuestro y ha generando que líderes de diferentes vertientes políticas, empresariales y sociales aboguen por una solución militar.

Adicionalmente, existe un riesgo para un eventual avance en las negociaciones entre el gobierno y el ELN, debido a que se aproxima una jornada de elecciones. Ante cualquier acto violento durante tal evento, el ELN podría ser señalado como primer sospechoso, antes siquiera que el grupo terrorista del Clan del Golfo, puesto que los de la bandera roja y negra tienen más acogida mediática. Sin embargo, la posibilidad de adhesión a puntos previamente negociados con la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) se presenta como una valiosa ventaja. Simultáneamente, la corrección de errores en negociaciones previas, como una mayor participación de la sociedad civil en los puntos a discutir, permiten establecer ahora un proceso más sólido.

El ELN es una marca negativa, que en 2017 está relacionada con el campo colombiano. Más allá de que existan diferentes factores que expliquen la grave situación de los campesinos, como lo argumenta la Misión Rural: «Aunque muchos pequeños productores tengan acceso a la tierra, no tienen un goce efectivo de esta y, en muchos casos, no se benefician de las políticas públicas por falta de un título de propiedad formal» (Departamento Nacional de Planeación, DNP, 2016, p. 104), mientras exista el ELN, será el principal sospechoso de tal atraso. El gobierno de Juan Manuel Santos es consciente de que necesita la paz con todos los grupos al margen de la ley para que la lupa de los problemas no siga en la violencia interna, sino que se traslade a los gobernantes, que con paz quedarán sin excusas.

 

Bibliografía
Arenas, J. (2009). La guerrilla por dentro. Bogotá: Icono.
Departamento Nacional de Planeación, DNP (2016). El campo colombiano: un camino hacia el bienestar y la paz. Bogotá: DNP.
Ospina, J. M. (2014). El ELN ¿Encarnación de la integridad revolucionaria? En V. de Currea-Lugo, ¿Por qué negociar con el ELN? (pp. 211-218). Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana.

 

Andrés Miguel Sampayo | @asampayo
Ribereño de Santander, Colombia. Estudiante de doctorado en Estudios Políticos e Internacionales de la Universidad del Rosario
Andrés Peña Galindo | @quepenaandres
Estudiante de doctorado en Estudios Políticos e Internacionales de la Universidad del Rosario