Las elecciones del 7 de mayo en Francia son motivo de celebración: se detuvo, de momento, una amenaza populista. Sin embargo, el riesgo continúa latente, y es importante atajarlo desde sus causas profundas.

Emmanuel Macron, bocanada de aire fresco para el modelo europeo | Foto: LeWeb14, vía Wikicommons

Emmanuel Macron, bocanada de aire fresco para el modelo europeo | Foto: LeWeb14, vía Wikicommons

Es válido festejar el triunfo de Emmanuel Macron en las elecciones presidenciales francesas de este domingo: tan válido como necesario es asimismo revisar y descifrar el mensaje que los votantes enviaron a una clase política sacudida por la amenaza populista que representó y seguirá representando en el corto y mediano plazos su rival del Frente Nacional, Marine Le Pen.

Por una parte, el 7 de mayo triunfó la certeza de que la visión europeísta, de apertura y de unidad continental será la que prevalezca en el nuevo gobierno galo, frente a una tendencia que a partir del Brexit, y con el correlato de fondo del triunfo de Donald Trump, parecía instalarse hacia el futuro, ofreciendo un panorama que oscurecía muchas de las certezas que la globalización daba por sentadas.

Triunfó también, y no es cosa menor, el freno al populismo, a la cerrazón y al nacionalismo, pero es importante atender que la confianza se depositó en un candidato que, alejado de los partidos tradicionales, supo aprovechar su experiencia en el gobierno, dio un rostro fresco a una política anquilosada e imprimió argumentos contundentes para hacer frente a la amenaza demagógica que se ciñó durante varios meses sobre Francia y, en buena medida, Europa entera.

Y en esto radica una primera lección de la elección francesa: la democracia exige tanto contundencia para defenderse como capacidad de renovar los argumentos, las estrategias, el contacto con la ciudadanía, la capacidad de presentarse como la mejor opción.

Señalar pues sus retos y carencias, tener un diagnóstico realista de sus grandes pendientes fue una estrategia de mensaje y de propuesta por parte de Macron, la base de un compromiso que reconoce que ni se ha conseguido todo lo necesario, ni que lo alcanzado es suficiente para garantizar que el camino elegido es el único posible.

Porque ahí está el modelo autoritario, triunfante y estatista de buena parte de Asia, que se ofrece como alternativa capaz de poner orden a costa de las libertades; está también la vuelta a un pasado idílico donde la cerrazón es respuesta apetecible y el otro, el diferente, culpable de todos los males… Está, en suma, la incertidumbre frente a un futuro que ya no tiene ni la claridad ni el optimismo de hace veinte años, y ante el cual aparecen como tentativos modelos que ofrecen retazos de soluciones instantáneas en lugar de un porvenir consensuado y compartido.

Es de preocupar, por otra parte, que los partidos tradicionales franceses hayan quedado rezagados e incapaces de hacer frente al enemigo populista. La incapacidad de ofrecer una alternativa que responda a las demandas de un electorado cada vez más complejo resulta un auténtico fracaso por donde, con facilidad, seguirá creciendo un discurso que se alimenta de la frustración, de la falta de oportunidades, de la injusticia y la desigualdad.

La segunda lección es justo esa: hay una serie de malestares colectivos que se multiplican y ante los cuales las recetas de siempre ya no ofrecen soluciones creíbles; y ese es uno de los retos principales de nuestro tiempo, uno que exige encontrar un equilibrio en el que lo local y lo global sean el impulso para enfrentar temas como la migración, el terrorismo, el rezago económico de grandes masas de población, el desgaste medioambiental, entre otros.

Una tercera lección es que ni el modelo liberal como se ha planteado hasta hoy, ni mucho menos el vetusto modelo nacional tal y como se viene arrastrando desde hace siglos, son ya suficientes para trazar los derroteros del siglo XXI. Las categorías de izquierda y derecha se desvanecen y nuevos paradigmas se instalan para exigir nuevas programas, un discurso renovado y estrategias que requieren proximidad, cercanía, comprensión cabal de los nuevos medios, sensibilidad franca frente a nuevas necesidades.

No es menor ni irreal el riesgo de voltear hacia otra parte y continuar por la senda habitual, como si nada ocurriese. Aquellos que Tzvetan Todorov llamó “los enemigos íntimos de la democracia” –el populismo, la desigualdad, la incongruencia– tocan a la puerta y en no pocos países son recibidos con un guiño de simpatía primera y con resultados que a la postre son inciertos y riesgosos, tal y como ocurre en Polonia, en Hungría o en los propios Estados Unidos.  

Las lecciones de la elección francesa son un llamado –otro– de alerta frente al modelo global que se vuelve urgente atender y solucionar.

Carlos Castillo | @altanerias
Director editorial y de Cooperación Institucional en la Fundación Rafael Preciado Hernández. México. Director de la revista Bien Común.