Fútbol y política en América Latina en tiempos de la Copa del Mundo

La vigésima primera edición de la Copa Mundial de FIFA, que se disputará en Rusia entre el 14 de junio y el 15 de julio de 2018 está cerca, y nada mejor que el actual contexto para reflexionar sobre la relación entre fútbol y política en América Latina.

Ilustración: Guillermo Tell Aveledo

Ilustración: Guillermo Tell Aveledo

Este torneo contará con la participación de cinco selecciones afiliadas a la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol): Argentina, Brasil, Colombia, Perú, y Uruguay, y tres pertenecientes a la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Fútbol (Concacaf): Costa Rica, México y Panamá.

La relación entre fútbol y política está presente en la región desde las primeras décadas del siglo XX. Como bien señala el escritor uruguayo Eduardo Galeano, «el fútbol y la patria están siempre atados; y con frecuencia los políticos y los dictadores especulan con esos vínculos de identidad». Desde una perspectiva como esta, el uso político del fútbol se basa en la creación de una identidad colectiva signada por los sentidos de patriotismo y nacionalismo, transformando a las selecciones nacionales en factores identitarios. Cinco países latinoamericanos fueron sede del Campeonato Mundial de Fútbol, en siete ediciones de la competencia, haciendo notar esa tendencia en mayor o menor grado: Uruguay (1930), Brasil (1950 y 2014), Chile (1962), México (1970 y 1986) y Argentina (1978).

Para comenzar, tomemos por ejemplo la primera edición de la Copa del Mundo de FIFA, que se llevó a cabo en Uruguay del 13 al 30 de julio de 1930. Aquel año, el país celebraba el centenario de la jura de su primera Constitución, y fue este uno de los factores que llevaron a la FIFA a aprobar la candidatura de Uruguay para organizar y ser sede de la primera edición de la copa, además de que su selección hubiera obtenido la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1924 y de 1928, en París y en Ámsterdam respectivamente, transformándose en una de las principales potencias del fútbol mundial por aquel entonces. La gran final rioplatense enfrentó a las selecciones de Argentina y Uruguay el 30 de julio, en el Estadio Centenario, en Montevideo.

La rivalidad entre ambas selecciones, que eran protagonistas del fútbol latinoamericano en la década del veinte, se hizo presente en aquella fecha. La propia final del Mundial de 1930 fue una reedición de la final de los Juegos Olímpicos de Ámsterdam en 1928. Al grito de «victoria o muerte», miles de hinchas argentinos cruzaron el Río de la Plata rumbo a la capital uruguaya. Con el fútbol atravesando un momento de gran popularidad en ambos países, la pasión de las hinchadas y el sentimiento nacionalista se hicieron patentes. Al final, los anfitriones ganaron el partido por 4 a 2, transformándose en los primeros campeones mundiales de fútbol, al mismo tiempo en que el país se celebraba el centenario de su conformación como nación.

La campaña de la selección brasilera dejó mucho que desear. Una disputa de índole política, que involucró a la Confederación Brasilera de Deportes (CBD), organización federal fundada en 1914, y la Asociación Paulista de Deportes Atléticos (APEA en portugués), fundada en San Pablo en 1913, provocó que Brasil no concurriese al torneo con todo su poderío. Al rehusarse la CBD a integrar representantes del fútbol paulista en la comisión técnica, la APEA impidió la participación a sus jugadores afiliados, haciendo que Brasil fuera representado por una selección carioca. [1] Podemos trazar un paralelismo con los conflictos sociopolíticos que por aquel entonces sucedían en el país, y que desembocaron en la Revolución de 1930, y la llegada al poder de Getúlio Vargas, así como también con la Revolución constitucionalista de 1932 como respuesta paulista. Un dato curioso, por ejemplo, fue la ausencia de Arthur Friedenreich, la principal estrella de aquel entonces, del equipo que disputó la Copa Mundial de 1930, y su participación, dos años más tarde, con el rango de teniente, en filas del ejército paulista.

La cuarta edición de la Copa del Mundo de FIFA fue realizada por segunda vez en Latinoamérica. Brasil fue elegido como sede para 1950. Una vez más, la relación entre política y fútbol se puso de manifiesto. Brasil, que desde el final de la Segunda Guerra Mundial pasaba por un proceso de franca industrialización, intentó aprovechar el torneo para ganar visibilidad en el escenario político y económico mundial, así como para afianzar su protagonismo en la región. El Estadio Municipal, con una capacidad de 200.000 espectadores, construido especialmente para el torneo, debía aparecer como monumento arquitectónico del «nuevo» Brasil que surgía en el concierto mundial. El proyecto fracasó tanto en el plano político como en el simbólico, con la derrota 2 a 1 de la selección brasilera frente a la celeste olímpica en el último partido del cuadrangular final, disputado el 16 de julio de 1950. Esa derrota, que puso fin al sueño momentáneo de grandeza política y económica, pasó a conocerse en la historia del fútbol mundial como maracanazo.

Salvando las distancias, podemos apreciar en este suceso cierta correspondencia entre lo acontecido en la Copa de 1950 y la de 2014, no solo porque en ambas ediciones, y a pesar de haber sido locataria, la selección brasilera fue derrotada, confirmándose como la única selección campeona mundial en no haber ganado una copa en su propio terreno, pero también porque fracasó un proyecto político impulsado por el gobierno del Partido de los Trabajadores para insertar a Brasil en el espacio restringido de naciones con liderazgo mundial y ocupar un sillón permanente en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, en medio de manifestaciones en contra del gobierno federal que ocuparon calles y plazas del país, tanto durante la Copa de las Confederaciones en 2013 como durante el Campeonato Mundial de 2014. En un mismo sentido, la organización y realización de la Copa del Mundo servirían como instrumento de apoyo a la política exterior encarada por el país, que quedó a mitad de camino en medio de una crisis política y económica enfrentada por el gobierno de aquel entonces. Así, la narrativa de la patria de los zapatos de fútbol se desmoronó, incluso con un nuevo capítulo «trágico» para el fútbol brasilero: la humillante derrota ante la selección alemana en la semifinal del torneo, por un marcador de 7 a 1, el mineirazo.

Otra edición de la Copa del Mundo de la FIFA disputada en la región también nos permite reflexionar acerca de la relación entre fútbol y política: la undécima edición, realizada en Argentina, en 1978. Por cuarta vez, luego de Uruguay en 1930, Brasil en 1950, Chile en 1962 y México en 1970, un país latinoamericano conseguía el derecho a ser sede del torneo. El país anfitrión enfrentaba por aquel entonces años de turbulencia política, a partir de la instauración de la dictadura militar en 1976. Como sucediera con otros eventos deportivos de alcance mundial, donde el deporte fue utilizado como instrumento de propaganda política e ideológica —a modo de ejemplo podemos tomar la Copa del Mundo de 1934, disputada en Italia bajo el yugo del dictador Benito Mussolini, con su máxima «vincere o morire», y los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, en la Alemania nazi al mando de Adolph Hitler—, una vez más un dictador se hacía presente en la historia del deporte mundial: el general del ejército Jorge Rafael Videla, líder de la junta militar que asumió al frente del Estado argentino el 24 de marzo de 1976, luego del golpe que destituyó a Isabelita Perón.

Figura caudillesca, muy habitual en la región, el general Videla tomaba para sí la responsabilidad de llamar a la nación argentina no solo para alentar a su selección sino también para apoyar al régimen, a partir de una retórica nacionalista, en los actos oficiales —como el del discurso inaugural del Mundial, el 2 de junio de 1978— o a través de campañas en la prensa.

El general estuvo presente además en todos los partidos disputados por la selección argentina a lo largo del torneo, y se transformó en una figura omnipresente que formó parte de la afición en las tribunas.

Uno de los momentos de esa Copa que permite apreciar de mejor manera la relación entre fútbol y política fue el hecho de que tanto Videla como los demás miembros de la junta militar asistieron al encuentro entre Brasil y Argentina junto al presidente de la FIFA, Joao Havelange, una figura del fútbol que brindó su apoyo incondicional a la realización de la Copa en un país bajo una dictadura, que se hacía sentir a través de la censura, las violaciones a los derechos humanos y la persecución a disidentes. El máximo momento de conjunción entre fútbol y política se alcanzó durante la ceremonia de premiación a los campeones mundiales, en el Estadio Monumental, cuando Daniel Passarela —capitán de la selección argentina— recibió el trofeo de manos de Videla, en una especie de símbolo de la unidad entre sociedad, nación y gobierno. Cabe recordar que en las adyacencias del Estadio Monumental de Núñez, a menos de un kilómetro de distancia, se ubicaba la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), principal centro de represión política durante el gobierno de la junta militar, donde los disidentes políticos eran mantenidos presos, torturados y asesinados.

Sin duda, el caso argentino está lejos de ser excepcional en el uso político de eventos deportivos para adjudicarse dividendos en la economía simbólica, con el propósito de legitimar regímenes dictatoriales, independientemente de su color ideológico. En América Latina, en particular, hay otros dos casos que pueden ser recordados, referidos ambos a Brasil: las Copas de 1938 y de 1970.

En 1938, en pleno Estado novo, bajo el gobierno de Getúlio Vargas, el fútbol pasó a formar parte de un proyecto político de construcción de una identidad nacional. Con una popularidad creciente desde la década de 1920, el fútbol llamaba la atención de las autoridades como un vehículo de integración de la sociedad y, por esa característica, pasible de ser instrumentalizado para tal construcción. No se trató meramente de una estrategia de propaganda cuyo objetivo fuese la legitimación del régimen, sino de algo mayor: la consolidación de la unidad nacional ante los enfrentamientos regionales. Basta recordar, si no, el conflicto mencionado entre las federaciones —la APEA y la CBD— en el marco de la Copa de 1930.

Así, en la Copa de 1938, disputada en Francia, superados los conflictos organizacionales e ideológicos del pasado, en nombre de un discurso de unidad nacional cimentado en los símbolos patrios, la selección brasilera, al obtener un meritorio tercer lugar en el torneo, colocaba la piedra fundamental para la constitución del mito del fútbol arte y de la Patria canarinha. [2]

A su vez, 32 años más tarde, en la Copa de 1970 disputada en México, una vez más en pleno régimen dictatorial, en los llamados años de plomo, el fútbol sería pasible de instrumentalización. Incluso, si prestamos atención a los detalles de tal instrumentalización, dejaremos de lado aquella idea, muy de sentido común, de que el gobierno dictatorial habría pegado su imagen a la del triunfo de la selección brasilera al conquistar el tricampeonato mundial. Mucho más profunda, la relación entre fútbol y política en aquel contexto deja entrever una preparación minuciosa y eficiente en términos deportivos y organizacionales, que había iniciado en 1968. Para empezar por la comisión técnica, formada con varios nombres provenientes de la Escuela de Educación Física del Ejército, lo más avanzado en términos de táctica y de preparación física fue puesto en práctica para brindar a la selección brasilera condiciones de alto nivel para la disputa del torneo, luego de una campaña pobre en la Copa de 1966, disputada en Inglaterra.

Si en la era Vargas el proyecto procuraba más la superación de los localismos políticos en nombre de la unidad nacional —utilizando al fútbol como medio aglutinador y, al mismo tempo, promotor de valores y símbolos nacionales— que la legitimación del régimen, el gobierno dictatorial en 1970 poseía otros objetivos. Los localismos, en mayor o menor medida, estaban superados. En aquel contexto, la imagen del gobierno y sus políticas debía ser legitimada a partir del uso político de la conquista en el ámbito futbolístico, al tiempo que la censura y la represión a disidentes colocaban al país en la vidriera de aquellas naciones que violaban los derechos humanos.

En ese aspecto, el uso político del fútbol puede también ser considerado una estrategia para desviar la atención de las políticas internas, pensando en la vieja y gastada máxima de considerar al fútbol como el opio de los pueblos, que poco o nada contribuye a evaluar en qué medida eventos de esa naturaliza tienen el poder de despertar emociones y, al mismo tiempo, elaborar sentidos simbólicos de pertenencia, sea de índole clubista o nacional.

Innegablemente, la relación entre fútbol y política, nación y emoción, patria e identidad, permitió el surgimiento en la región de mitos como el fútbol mulato, el fútbol arte, el país del fútbol, la patria en zapatos de fútbol, de la selección canarinha en Brasil, o del fútbol criollo, de la gambeta en Argentina, o de la garra charrúa en Uruguay, como metonimia de las respectivas naciones y como forma de expresión, a través del fútbol, de la propia idiosincrasia de cada país a partir de sus comunidades imaginadas, para usar la expresión del historiador y cientista político norteamericano Benedict Anderson, fundamentadas por tradiciones inventadas, según lo planteado por el historiador británico Eric Hobsbawm. De acuerdo con lo planteado por Eduardo Galeano, a lo largo del siglo XX, «el fútbol fue el deporte que mejor expresó y afirmó la identidad nacional. Las diversas maneras de jugar han revelado, y celebrado, las diversas maneras de ser».

Así, como medio de identificación colectiva el fútbol ha sido, desde el comienzo, pasible de instrumentalización para fines políticos e ideológicos. Sin embargo, este esquema no parece sostenerse en tiempos de globalización, en que las transformaciones ocurridas en las últimas tres décadas impusieron nuevos órdenes políticos, económicos y culturales, e incluso la fragmentación de las identidades nacionales. Tal proceso también se ha experimentado en el resto de América Latina.

Finalizando nuestro breve abordaje sobre tan polémica relación, cabe recordar una frase del antropólogo brasileiro Roberto Da Matta, que define de manera precisa la maleabilidad del fútbol, requerida para una instrumentalización eficaz, según la forma en que una sociedad se apropia de él: el fútbol es aquello que hacemos de él, pues «como todas las actividades humanas, no tendría una esencia llena o vacía de consecuencias, sino que dependería de la relación que establece con sus receptores, en un momento dado y en una sociedad determinada». Nos queda esperar al Mundial de Rusia para evaluar mejor su impacto en los países latinoamericanos, en términos de uso político de eventuales resultados obtenidos en el marco deportivo.

[1] Carioca es el gentilicio de los oriundos del estado de Río de Janeiro.
[2] Canarinha es como se conoce popularmente a la camiseta amarilla de Brasil.


Traducción: Federico Irazabal