G20 en Buenos Aires: primó el realismo económico

«Los dos vamos hacia el risco, el que salte primero es la gallina». El juego se hizo conocido con la película Rebelde sin causa, protagonizada por James Dean. Dos autos van a toda velocidad hacia un precipicio. El conductor que primero se desvía o salta del vehículo, pierde y queda catalogado como una gallina. Pero, si ninguno lo hace, ambos van a terminar cayendo.

Líderes del G20 en la cumbre de Buenos Aires, 30 de noviembre de 2018 | Foto: Flickr

Líderes del G20 en la cumbre de Buenos Aires, 30 de noviembre de 2018 | Foto: Flickr

Donald Trump está habituado a este tipo de juegos. En las situaciones de conflicto elige aumentar la presión, esperando que sean sus rivales quienes se rindan primero. Lo probó en la política doméstica, después lo implementó en el enfrentamiento con Corea del Norte, y ahora lo sigue usando en la «guerra comercial» con China. El G20 parecía ir hacia el risco pero Trump levantó el pie del acelerador.

En Buenos Aires presenciamos una suspensión temporal de las tensiones. Un alto el fuego. En una reunión sin grandes sorpresas ni temas inesperados en la agenda, los conflictos que se anticipaban fueron resueltos o —al menos— ignorados, evitando la confrontación directa. Incluso la diferenciación de Estados Unidos con respecto al cambio climático pasó desapercibida en la declaración conjunta de la cumbre. Muy lejos parece la foto del G7, en junio de este año, donde Angela Merkel se le plantaba, con las manos en la mesa, a un Trump de brazos cruzados y gesto caprichoso.

Tras la cena que compartieron el sábado, Trump y Xi Jingpin acordaron poner frenos simétricos a los aumentos tarifarios. Si no hay consensos políticos, al menos fluirá mejor el dinero. El cuestionamiento al liderazgo de Arabia Saudita, a raíz del asesinato del periodista Jamal Khashoggi en Turquía, era otra potencial fuente de conflicto. Quedó sofocada antes de estallar. El príncipe Mohammad Bin Salman fue interpelado tímidamente por Macron, hizo high five con Putin y se retiró con su país confirmado como sede de la cumbre para 2020.

¿Qué mérito le cabe a Argentina, como organizador y moderador del encuentro, en esta atmósfera de calma? A lo mejor la pregunta está mal. La realidad es que, sea mucha o poca su influencia en este resultado, Argentina puede capitalizarlo de todas maneras.

Ayuda mucho que la paz haya reinado en Buenos Aires tanto dentro como fuera de la cumbre. La capacidad del país para garantizar la seguridad del evento había sido puesta en duda en las últimas semanas, pero el operativo de seguridad fue, finalmente, un éxito que contrastó con los episodios violentos en Hamburgo, el año pasado. Ayudó, también, para subrayar la calma, que los noticieros mostraran a pantalla partida los incidentes que tenían lugar en París, mientras los líderes del mundo se reunían en Buenos Aires.

Argentina logró oficiar correctamente como sede y obtener la visibilidad internacional que tanto buscaba. Dos logros que no tienen consecuencias tangibles en lo inmediato, pero que resultan de alto valor simbólico, incluso en la política local. En el plano económico, se lograron acuerdos comerciales concretos, explotando la localía y aprovechando especialmente los márgenes de la cumbre. En cuanto a los temas candentes, Argentina mostró una adecuada neutralidad, haciendo equilibrio entre los mimos a Trump, Xi, Putin y Macron.

Tampoco fue necesaria, a decir verdad, una mediación particularmente enérgica. Si no estuvo presente la Merkel del G7 es porque tampoco lo estuvo el Trump del G7. Nadie se plantó simplemente porque no hizo falta plantarse.

Por lo demás, el liderazgo europeo palideció frente a los tres ejes del poder global: Washington, Moscú y Beijing, aun cuando los líderes europeos insistieron en hacer énfasis en los acuerdos de París y abordaron, de costado, al príncipe saudita. Si el evento deja un legado es la ratificación de que la política mundial se está moviendo otra vez de la lógica de soft power que Estados Unidos quiso instalar en las últimas tres décadas, a una dinámica de hard power. Menos «permiso» y más «correte».

Una vez más, las potencias procuran construir y sostener su dominancia a partir de elementos coercitivos: el poder militar, el apoyo económico, las trabas comerciales. El soft power, en cambio, suponía consolidar la influencia de Estados Unidos y sus aliados a partir de elementos ideológicos, y culturales; dejar que los principios de la democracia y el liberalismo se impusieran por su propia superioridad moral.

El realismo económico primó sobre el idealismo político. La política internacional multilateral empieza a perder su relevancia frente a una conducción, en general, más agresiva. Se impone una política de alta velocidad que, igual que en la guerra fría, sigue la lógica del juego de la gallina: acelerar siempre, esperando que sea el otro el que se asuste y decida saltar primero.