Hoy que la política es cuestionada, ejemplos como el de Helmut Kohl demuestran la necesidad de liderazgos que enfrenten los retos de su tiempo con amplia altura de miras.

Un liderazgo que fue capaz de dar cauce a la voluntad de unidad de un pueblo dividido | Foto: SSGT F. Lee Corkran

En la historia hay momentos súbitos que sorprenden, impredecibles y de consecuencias, en su momento, imposibles de anticipar. Son instantes en los que los sucesos, las energías sociales, los aciertos y omisiones de gobiernos, entre otros muchos factores, se conjuntan para producir eventos cuyo desenlace se torna confuso y difícil de prever.

La caída del muro de Berlín corresponde a uno de esos instantes que, más allá de la euforia que representó como derrumbe de un símbolo de división, odio y enfrentamiento, dejaba tras de sí la incertidumbre de lo que ocurriría, porque no estaba planeado, porque no había certezas de lo que podría suceder a la postre, porque algo inédito llegaba y no existían aún esquemas claros para atisbar el futuro.

En esos momentos es cuando los líderes se consolidan frente a la circunstancia histórica que les corresponde enfrentar. Decisiones que requieren mucho más de sensibilidad y experiencia que de conocimientos y estudios: estar al frente ante esas situaciones puede transformar para siempre a una nación o desbocarla sin rumbo ni orientación.

Helmut Kohl ha sido llamado el artífice de la reunificación alemana precisamente por esa determinación que mostró en una circunstancia histórica clave para su país y para la humanidad en su conjunto. Sin poca oportunidad para la reflexión profunda, ante la rapidez con la que ocurrían los sucesos, cada una de sus decisiones condujo a lo que es hoy es una de las potencias más sólidas del Planeta.

Porque aquella histórica apertura requirió sacrificios, nuevos diseños institucionales, la incorporación de un país fragmentado por más de cuatro décadas que tenía culturas políticas distintas en cada lado, tradiciones libertarias de una parte y la imposición autoritaria por la otra, un auténtico choque de dos mundos que de la noche a la mañana comenzaron a convivir plenamente, en las mismas calles, en la misma ciudad, bajo el signo de una unidad deseada que debía construirse sin demora.

Kohl llevó a Alemania de manera exitosa por una senda desconocida, bajo un liderazgo que demostró que estar al frente en tiempos de paz requiere valores nuevos: los del diálogo y el acuerdo, los de la legalidad y la congruencia, los de la dignidad humana, la solidaridad, la subsidiariedad y el bien común: no es casualidad que haya sido precisamente un demócrata cristiano el que respondiera con altura de miras a los retos de su tiempo, porque bajo estos principios, si bien no es más sencillo, al menos hay un faro que ilumina y marca el camino.

Su lamentable fallecimiento es ocasión para revisar y recordar una de las hazañas más complejas de nuestro tiempo, la que marcó el fin de una época y, en buena medida bajo su guía, construyó una nueva. En tiempos de amplios cuestionamientos y puesta en duda, también es ocasión para revalorar la necesidad de la política, sus enormes retos y su capacidad de, en momentos claves, responder y estar al frente de sociedades que, de otro modo, podrían terminar rotas o heridas.

Descanse en paz un hombre bueno, un auténtico estadista: Helmut Kohl, artífice de la unidad alemana.

 

Carlos Castillo | @altanerias
Director editorial y de Cooperación Institucional, Fundación Rafael Preciado Hernández. Director de la revista Bien Común.