Los instrumentos de control utilizados por la dictadura venezolana no son de carácter represivo ni propagandísticos; son de carácter económico. Por eso pasan desapercibidos por analistas que intentan entender por qué la población ha apoyado y soportado el modelo chavista tantos años.

Calle Apure, sector San Andrés, Parroquia El Valle, Caracas | Foto: Isaac Paniza

Calle Apure, sector San Andrés, Parroquia El Valle, Caracas | Foto: Isaac Paniza

La paradoja del modelo socialista antiestadounidense es que la moneda norteamericana es su principal instrumento de control. En el año 2003, con el argumento de proteger las reservas internacionales, entró en vigencia el decreto presidencial que convirtió en un crimen castigado con cárcel comprar y vender dólares de forma particular. El Gobierno es el único autorizado para vender dólares y como único proveedor, se convirtió en el que decide quién, cuánto y a qué precio se pueden cambiar bolívares por dólares. El control de cambio es la expropiación del dinero y, con ello, la expropiación de la libertad, por lo que es el instrumento de control social más importante.

Al comienzo, el control de cambio era el subsidio del dólar y, por consiguiente, el subsidio de toda la economía, ya que el Gobierno vendía los dólares a un precio fijado de forma discrecional, por debajo del precio de mercado. Esto era posible gracias a las inmensas cantidades de dólares obtenidos por la venta de petróleo, producto de los altos precios de este y de multimillonarios préstamos que le concedían al Gobierno gracias a los altos márgenes de rentabilidad de la petrolera estatal venezolana PDVSA.

De pronto había una gran «fiesta de dólares», viajes al extranjero, compras por internet, celulares, televisores, autos y acceso a materia prima barata para empresas. Todo ello estaba al alcance de todos, debido al subsidio del consumo que el Gobierno mantenía a través del control de cambio. Esto explica los altos índices de popularidad del chavismo durante los siguientes años. A pesar de la represión política, la censura a los medios de comunicación y las expropiaciones a la propiedad privada, el país se veía sumergido en una gran fiesta de consumo auspiciada por PDVSA, que generaba una sensación de bienestar y además se reflejaba en las estadísticas, el PIB crecía, los índices de pobreza y desempleo iban en retroceso y el partido de gobierno ganaba todas las elecciones, mientras se iba haciendo con el control y avanzando en el desmantelamiento las instituciones democráticas.

Como el gobierno distribuía los dólares de forma discrecional, se creó una red de corrupción y complicidad. Se hicieron grandes fortunas, se arrodilló o excluyó del acceso a dólares a los empresarios por su tendencia política, se quebró a los que no se arrodillaron y se creó una nueva elite económica conformada por los militares, aliados y familiares de quienes administran los dólares. El Gobierno controló incluso el mercado negro, ya que la nueva elite tenía acceso ilimitado a los dólares y, conforme el flujo de dólares subsidiados empezaba a cerrarse, el precio en el mercado negro aumentaba. Así, el negocio de comprar dólares baratos en el mercado oficial y venderlos caros en el mercado negro, para luego volver a comprar dólares baratos en el mercado oficial se convirtió en un nuevo mecanismo de multiplicación de las fortunas de los jerarcas del régimen.

Cuando los dólares se agotaron, la relación de dependencia ya estaba creada. La oferta de dólares en el mercado oficial cayó en picada desde el año 2013, debido a la caída del precio del petróleo.

El Gobierno puede seleccionar con criterios políticos quién sobrevive y quién no, porque todos dependen de la asignación de dólares preferenciales para mantenerse produciendo, debido a dos factores fundamentales. Uno es que, luego de tantos años de subsidio, son pocas las empresas que pueden ser competitivas ofreciendo bienes y servicios fuera del control; el otro es que el grupo de empresas ligadas al poder sí tienen acceso a dólares preferenciales y pueden competir de forma desleal. A partir de este punto se evidencia lo perverso del sistema.

Nadie puede huir del país sin recurrir al mercado negro, ya que no puede vender sus bienes (casa, carro, etc.) para mudarse a otro. Lo mismo pasa con las empresas: si una empresa quisiera vender sus capitales para establecerse en otro país, no podría cambiar sus bolívares a dólares de forma legal. La mayor parte de las aerolíneas que frecuentaban Venezuela optaron por dejar de prestar servicios, pues se les negó el acceso a dólares y, por consiguiente, no podían cambiar los bolívares producto de sus actividades en el país. Hoy día los pasajes aéreos se venden en dólares. Así, todos nos hemos quedado encerrados viendo achicarse la puerta de salida.

La fiesta de dólares se acabó. Con la reducción del precio del petróleo a menos de la mitad y con pocas posibilidades de conseguir financiamiento fresco, el Gobierno se ve obligado a financiar el gasto con impresión de bolívares para mantener los niveles de gasto público y de consumo, frente a los procesos electorales que va enfrentando. Esto generó que la inflación creciera de forma exponencial, llevando a cientos de miles de personas, y luego a millones, a la pobreza.

Sin el control de cambio jamás Venezuela hubiese llegado a los actuales niveles de pobreza y hambre y este Gobierno jamás se hubiese podido mantener tanto tiempo. Hay que ser ingenuo para pensar que los desastrosos resultados económicos y sociales del gobierno venezolano son el producto de una mala gestión y no el resultado de un proyecto totalitario hecho para empobrecer y controlar a la población. En el siguiente artículo explicaremos cómo el control de cambio hizo deseable para la gente la forma siguiente de control, el control de precios, que contribuye también al círculo de control social.

 

Marco González | @MarcoG222
Economista (Universidad Católica Andrés Bello, Caracas). Cursa Maestría en Economía Empresarial. Militante de Primero Justicia