¿Juntos o separados?: El futuro de la integración en América Latina

Los procesos de integración regional están sufriendo un periodo de cuestionamiento en todo el mundo, y América Latina no es la excepción. Nuevos líderes políticos hacen más foco en los costos que en los beneficios de integrarse. ¿Qué pesa más en nuestra región?

Desde la caída del muro de Berlín y especialmente a raíz de crecimiento de la Unión Europea, comenzaron a proliferar mecanismos de integración económica que llevaron a prever un mundo cada vez más unido mediante bloques regionales.

Sin embargo, las consecuencias de la crisis económica/financiera de 2009 pusieron en tela de juicio el optimismo integracionista que reinaba en el mundo. El brexit en 2016 fue la primera gran advertencia de que las cosas estaban cambiando a nivel global, lo cual quedó mucho más expuesto con la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. En materia de política exterior, la administración republicana ordenó una revisión inmediata del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), argumentando que el injusto proceso de integración regional generaba perjuicios a la economía norteamericana y provocaba un saldo comercial negativo de 17.000 millones de dólares con Canadá y de 71.000 millones con México.

Paulo Guedes, asesor económico del recientemente electo presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, ha manifestado que el Mercosur —que componen además de Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay y Venezuela, de momento suspendido— no se encuentra entre sus prioridades en materia de política exterior ya que, según su visión, ha sido muy restrictivo para la relación comercial de Brasil con el resto del mundo.

Así, se observa una tendencia creciente de algunos líderes políticos de hacer foco en las desventajas de los procesos de integración comercial, cambiando la retórica imperante hasta el momento previo a la crisis de 2009.

En un contexto de estancamiento de la mayoría de los grandilocuentes procesos de integración surgidos en América Latina entre 1960 y 1995, y una situación global en la que el multilateralismo y las ventajas de la integración económica empiezan a verse cuestionadas, cabe preguntarse: ¿cuáles son los beneficios de integrarse económicamente?, ¿superan los costos que implica el proceso de integración?

Todos los procesos de integración implican costos y beneficios diversos, aunque podemos afirmar que la mayoría de las experiencias exitosas demuestran que a largo plazo la integración, si se realiza con políticas de acompañamiento adecuadas, puede generar potencialmente un efecto neto positivo que se canalizará en un aumento del crecimiento y el desarrollo en las economías que integran el bloque.

Dicho esto, es importante destacar que una de las tradiciones políticas latinoamericanas tiene que ver con la dificultad de la elite dirigente para encarar procesos de transformación cuyos beneficios sean palpables a largo plazo. Existe al mismo tiempo una inclinación retórica hacia procesos de integración de amplio alcance, muchas veces inasumibles, pero acompañados de políticas que brindan réditos a corto plazo.

Si nos concentramos, por ejemplo, en las claves del éxito de la integración europea observamos que se basan principalmente en dos elementos: el compromiso político sostenido en el tiempo y la construcción de un sistema institucional supranacional estable. En la mayoría de los casos de integración entre países latinoamericanos, estos dos factores han brillado por su ausencia, con excepción de algunos ejemplos virtuosos, pero por cortos periodos de tiempo, como podría ser el Mercado Común Centroamericano durante la década de 1960.

Por esto, si bien las ventajas de la integración son potencialmente mayores a sus costos, en América Latina se suma una complejidad extra que reside en la tendencia a no optar por políticas sostenidas en el largo plazo que permitirían ver los mayores beneficios de la integración. Ante esta situación, ¿es factible que prosperen los procesos de integración en la región? Sin duda la respuesta es afirmativa, aunque resulta imprescindible para aprovechar las potenciales ventajas de la integración que exista una sostenida voluntad política acompañada de la creación de estructuras institucionales robustas, surgidas no bajo la imitación de otros procesos, sino más bien atendiendo al contexto y las necesidades regionales.