López Obrador, hora cero

El primer mensaje del nuevo presidente de México fue polarizante, maniqueo y de grandes compromisos que no queda claro de qué manera podrán llevarse a la práctica: más demagogia que técnica, más incertidumbres que certezas.

Andrés López Obrador en la toma de protesta del cargo presidencial | Imagen: captura de pantalla TV

Andrés López Obrador en la toma de protesta del cargo presidencial | Imagen: captura de pantalla TV

Pocas novedades que no hayan sido dichas en campaña se desprenden del discurso de Andrés Manuel López Obrador, el sábado 1 de diciembre, durante la toma de protesta como presidente de México.

Un mensaje que, sin separarse de la retórica que promete cambios profundos e inmediatos pero jamás atina en señalar la manera en que se realizarán, siguió la lógica de una campaña que tuvo dos grandes aciertos: encasillar a sus opositores como un bloque único y, a partir de esa división, construir un mensaje maniqueo que divide la pluralidad política en dos polos irreconciliables.

Preocupa, sin lugar a duda, que incluso ya como titular del Ejecutivo esa narrativa se mantenga y se reafirme; el encono que se promueve y la división son caldo de cultivo para seguir zanjando brechas que contribuyen en poco a la conciliación y la unidad del país.

Sin embargo, más preocupante aún resulta que, durante la jornada de ese día, las palabras de López Obrador apuntaran a un auténtico desmantelamiento del sistema mexicano.

El primero de sus anuncios, al amparo de lo que él mismo ha llamado la cuarta transformación, fue destacar que a partir de ese momento iniciaba un «cambio de régimen político» que busca continuar la labor de los próceres mexicanos de los siglos XVIII, XIX y XX; es decir, asumiéndose como legatario de una herencia que está llamado a perpetuar, en el más claro mesianismo que ve en el propio líder a un reformador del siglo XXI.

Luego, un recorrido por la historia económica del país, mucho más cercano a la reinterpretación del pasado, con un solo culpable de las desigualdades y altos niveles de pobreza que asolan al país: el periodo neoliberal, el de las privatizaciones, el que abrió México al mundo a través del tratado de libre comercio con América del Norte, el que ha traído inversión, diversificado la economía y generado polos de desarrollo de nivel mundial. El que, en fin, si bien adolece de grandes pendientes, ha sido efectivo para la generación de riqueza.

En unos minutos, López Obrador denunció que esa etapa, los últimos 25 años, debían clausurarse para dar paso a un modelo estatista como el de los años setenta del siglo pasado, vertical, con un control que diera al Estado muchas más facultades en la conducción económica; una vez más, la condena al empresariado y a la oposición, a los que asoció explícitamente con la corrupción –que en su diagnóstico es el mayor lastre del país, y su solución, la salvación de todos los males–, sirvió como excusa para dar nuevo énfasis a ese discurso maniqueo que acompañó todo su mensaje.

Así, a lo que llamó «el fracaso del modelo neoliberal» como causa de la injusticia y la inseguridad, contrapuso un nacionalismo plagado de propuestas y promesas, obras faraónicas, la cancelación de la reforma educativa, la centralización de la seguridad, el perdón como estrategia de justicia frente a los corruptos, el antagonismo de la clase política y el pueblo, los de arriba y los de abajo, el «empresariado rapaz» contra la sociedad oprimida…

Como última alocución, el saludo a los visitantes internacionales, incluidos los dictadores de Cuba y Venezuela, Miguel Díaz-Canel y Nicolás Maduro, abucheados por el bloque opositor conformado por el Partido Acción Nacional, el de la Revolución Democrática y Movimiento Ciudadano, y celebrados por los integrantes y los aliados de Morena, fuerza política de López Obrador, cercana al Foro de Sao Paulo, afín en muchos de sus grupos a gobiernos opresores y antidemocráticos.

La síntesis del primer mensaje de López Obrador es pues preocupante tanto por lo dicho como por lo insinuado, el tono utilizado y la suma de propuestas que, inclusive contradictorias, lo siguen presentando como un líder mesiánico, dispuesto a emplear su gran legitimidad y la devoción que genera entre sus seguidores para llevar a cabo una transformación que al menos desde el discurso apunta a desmontar el sistema económico del país.

Junto a ello, la apertura de la otrora casa presidencial al público como centro cultural, el desmantelamiento de la guardia personal y la venta del avión del presidente, así como la cercanía con sus adeptos, desmontan de igual manera muchos de los símbolos tradicionales del poder, haciendo una suma riesgosa que podría resultar de gran costo para la estabilidad política y social.

El gobierno lopezobradorista inicia así una época en la que los antagonismos, la incertidumbre y la falta de seriedad en muchas propuestas imperarán en la vida pública, y ante lo que la oposición deberá estar alerta y ser eficiente en defender libertades y contrapesos de un modelo de convivencia democrática que, ante todo, ha permitido que la pluralidad del país tenga tránsitos pacíficos de un partido a otro, elecciones limpias y confiables, y un equilibrio de poderes que debe fortalecerse y afinarse.