López Obrador: tres apuntes para cien días de gobierno

Asistencialismo, estatismo y presidencialismo han marcado los primeros cien días de gobierno de López Obrador: modelos caducos que intentan socavar el orden democrático mexicano.

López Obrador, con cerca del 80 % de aprobación | Foto: ProtoplasmaKid, vía Wikicommons

López Obrador, con cerca del 80 % de aprobación | Foto: ProtoplasmaKid, vía Wikicommons

Han pasado cien días desde que Andrés Manuel López Obrador rindió protesta como presidente de México, periodo de gracia en el que, con niveles de aprobación cercanos al 80 %, se impulsan cambios profundos en la política mexicana que apuntan a una transformación en el sistema democrático.

Son cambios, no obstante, que miran mucho más hacia el pasado que hacia el futuro. Cambios que parecieran voltear hacia un tiempo cuando el Estado benefactor, protector y todopoderoso de los años setenta se asumía como panacea y salvaguarda de la vida pública.

El modelo que poco a poco se impone a partir de la decisión presidencial y con una clara mayoría en el Congreso, presenta tres características manifiestas en distintas acciones que permiten entrever la construcción de un autoritarismo a partir de una bien definida estrategia, que poco a poco se implementa y resulta riesgosa para la aún débil y poco enraizada democracia mexicana.

La primera tiene que ver con el modelo asistencialista, jamás abandonado del todo durante los casi veinte años de alternancia política pero que a partir del 1 de diciembre de 2018 ha sido reforzado a partir del desmantelamiento del enfoque subsidiario que distinguió a numerosos programas sociales.

Destaca, en ese sentido, la cancelación de los recursos al Programa de Estancias Infantiles para madres trabajadoras, implementado durante el gobierno de Felipe Calderón y que fomentaba la reconstrucción del tejido social, la cohesión ciudadana y la construcción de lazos de confianza, generaba empleos y sostenía pequeñas y medianas empresas.

En lugar de ello, la propuesta presidencial consiste en entregar apoyos económicos directamente a las madres, conformando así una red clientelar que se suma a otras que de igual modo se han construido bajo el mismo esquema, y que incluyen a adultos mayores, jóvenes sin estudios y sin trabajo (ninis) y otros sectores sociales.

La segunda característica del nuevo régimen tiene que ver con un modelo presidencialista que, a través de recortes presupuestales disfrazados de austeridad, mina las capacidades y funciones de organismos autónomos y contrapesos al poder central, para depositar el grueso de las decisiones y los controles en el propio López Obrador, erigido en la más clara tradición populista como líder máximo del Gobierno, portavoz único y dispuesto a mermar e inclusive desmantelar las instituciones que constituyen y hacen posible el equilibrio de poderes.

Ese presidencialismo que aspira, como fue en la «democracia» mexicana durante décadas, al líder único y supremo, que se asume como representante de la totalidad de la sociedad y para quien el pluralismo, el diálogo, la construcción de acuerdos, la prensa crítica o la sociedad implica un estorbo que debe someterse, descalificarse, relegarse o ignorarse, tal y como ha ocurrido durante estos primeros cien días de gobierno.

La tercera característica de la administración lopezobradorista tiene que ver con el estatismo, también heredado de una época en que la cerrazón frente al exterior y términos caducos y anacrónicos como autosuficiencia —alimenticia, energética, productiva, económica— fueron parte del discurso y de las políticas económicas que hundieron al país en crisis económicas que se sucedieron cada seis años entre 1976 y 1994.

Un estatismo que en su afán por controlarlo todo desde el ámbito político, terminó por volver disfuncional prácticamente todo aquello que tomó entre sus manos, como ya ha ocurrido con la escasez de gasolina en las últimas semanas. Un estatismo que contraviene en sus características pasadas el muy atinado y aplaudido discurso presidencial de frenar y acabar con la corrupción gubernamental, y que hace de la concentración de poder un potencial y riesgo.

Cien días después de que Andrés Manuel asumió la presidencia de México, la incertidumbre que acompañó los primeros días de gobierno, y que tenía que ver con promesas de campaña contradictorias, se esclarece poco a poco y devela un estilo de gobierno que desde el asistencialismo, el estatismo y el presidencialismo pareciera empeñarse en replicar un modelo fallido y agotado, pero útil para preservar el poder.