Merkel: la trascendencia de lo político

El anuncio realizado por la canciller alemana Angela Merkel es una apuesta audaz para mantener el legado de democracia, prosperidad y equidad que han caracterizado sus administraciones, procurando abatir los riesgos de fracturas internas y las presiones antiliberales.

Canciller Angela Merkel | Ilustración: Guillermo Tell Aveledo

Canciller Angela Merkel | Ilustración: Guillermo Tell Aveledo

Liderar en política es servir. Servir en política implica entregarse al bien común, y procurar el encuentro de voluntades en torno a los fines posibles, los medios disponibles y los ideales anhelados. Para muchos políticos, prolongarse en el poder implica la claudicación del ideal en nombre de la permanencia, que lleva a una inevitable decrepitud. Es raro el líder que termina su mandato en una coyuntura triunfal que comenta su influencia en las décadas por venir, contentándose con que la historia, retrospectivamente, le adjudicará su grandeza.

Eso, para algunos, lleva a los políticos al cinismo o a la frustración. Pero el objeto trascendente, del cual el político es guardián, implica un deber de dignidad; y servir políticamente, en palabras de la canciller Merkel, ha de ser servir con dignidad. En ese sentido, al haber anunciado su retiro del liderazgo de la Unión Cristiano Demócrata (CDU) y su no disposición a buscar la reelección en las próximas elecciones del Bundestag, se encuadra en esta narrativa. Se trata de defender la mayoritaria vocación de la pluralidad política alemana, priorizando los valores de su democracia y los objetivos prácticos de la cancillería, mientras se deja de lado a los que ostentan el poder. Nadie es indispensable, y mucho menos si su permanencia puede crear un riesgo irreversible para las instituciones. En su propia admisión, los recientes resultados electorales de la CDU/CSU eran un aviso que obligaba a revisar la continuidad.

Toda decisión está expuesta al azar, claro está, por cuanto los estadistas de hoy están rodeados de inquietudes que muchas veces cuesta aclarar. Al llegar al poder, caracterizada por sus rivales como joven, inexperta y sin contactos en la política central alemana, Merkel logró capear las dificultades en un mundo más interconectado pero con mayores certidumbres.

Claro, no eran retos menores: llegó al poder en un momento en que Occidente enfrentaba la amenaza del terrorismo islámico, con la división de enfoque estratégico con los Estados Unidos. Así mismo, se encontró con el potente ascenso chino que debilitaba la expansión económica de la Unión, y con las consecuencias geopolíticas del auge petrolero y gasífero ruso. Con todo, logró concretar alianzas a la vez pragmáticas e idealistas en torno a cambios domésticos, como el matrimonio igualitario y la política sustentable en energía.

Los problemas más severos de sus gobiernos, y que dieron al mundo la medida de la trascendencia de enfoque de la canciller, emanaron primero de la crisis económica global de 2008, y sus ramificaciones en la crisis fiscal y monetaria del sur de Europa. El rescate a Grecia y la asistencia a España e Italia mostraron el compromiso unitario con el equilibrio. En segundo lugar, la alborada optimista de la Primavera Árabe legó las crisis de Egipto, Libia y Siria, donde su guerra civil y la aparición del ISIS produjeron una crisis humanitaria y de afluencia migratoria sobre Europa que ha movido el centro político de la región.

¿Será esta la crisis definitoria de las décadas por venir? Lo cierto es que la respuesta principista, con sentido de la responsabilidad humana de países prósperos ante grupos humanos menos aventajados, ha desatado pasiones autoritarias, engranadas con la vocación autoritaria de los populismos de izquierda y derecha, con lo que el centro político se encuentra bajo presión. La debilidad relativa de los aliados socialdemócratas y liberales —matizada por el crecimiento experimentado por los Verdes, de claro compromiso pluralista— pone sobre la CDU/CSU el peso de liderar sobre la fatiga de un gobierno prolongado. La sombra del ascenso evidente de la ultraderecha, no meramente como crítica conservadora sino como impugnación de todo el sistema, es una evidente amenaza.

En ese sentido, la decisión de la canciller Merkel de administrar institucionalmente la incertidumbre de una sucesión, mitigando los traumas que la presión electoral pueda tener sobre el proceso, es una apuesta audaz. La canciller reconoce que los gobiernos del futuro cercano no contarán con respaldo parlamentario mayoritario, y que el nuevo clivaje, ya no de izquierdas y derechas, sino entre pluralistas y autoritarios, marcará las coaliciones. Así, se ofrece de puente ante este nuevo escenario. La puja por la sucesión en el liderazgo de la CDU, muestra confianza en la institución partidaria y en su vitalidad y flexibilidad doctrinal, oscilando entre la continuidad con la canciller —representadas en Annegret Kramp-Karrenbauer (AKK)— y las críticas hacia ella —expresadas por Friedrich Merz y Jens Spahn—, manteniendo lealtad y unidad, y así la necesaria cohesión del centro.

Más allá de estos meses, el legado del liderazgo se medirá por sus efectos profundos, los cuales no son hoy claros: las amenazas vívidas a la democracia, las libertades, el respeto a la ley y a la dignidad de la persona humana son simplemente demasiado fuertes como para tener un sosiego definitivo. Pero, insistiendo en que el líder democrático es un servidor, el ejemplo de entrega y dignidad de la canciller Merkel no deberá pasar desapercibido y trascenderá la coyuntura del hoy.