Migración en Chile, parte del proceso de intercambios del siglo XXI

La experiencia de investigación de la CEPAL ha dejado en claro que, en su mayoría, los procesos migratorios en América Latina son parte de las vicisitudes del desarrollo, como, por ejemplo, las asimetrías internacionales y las desigualdades sociales internas.

La omisión de este aserto es fuente principal de controversias estériles, muchas veces centradas en supuestos equivocados (competencia por puestos de trabajo) o, lo que es peor, en prejuicios intolerables (fundados en el racismo).

Porque lo relevante del caso es que, al mismo tiempo, en teoría, los intercambios migratorios abrigan posibilidades de superación de tales asimetrías y desigualdades. Así que es importante examinar la migración desde esta óptica del desarrollo, que no hace más que recoger evidencias del pasado y sumarle aspiraciones y necesidades de inclusión y protección social del presente en un marco de sostenibilidad.

Es totalmente importante que Chile implemente, con una institucionalidad acorde, dispositivos afines a la facilitación de la migración, esto es, desde aquellos referidos al acceso al trabajo decente, al reconocimiento de calificaciones y competencias en un marco de reciprocidad, que proteja en especial a sectores vinculados al cuidado y el trabajo doméstico remunerado, y propenda, en definitiva, a cubrir nichos laborales donde reina la escasez o no existen capacidades, hasta el acceso a la salud y la educación, que forme parte de una oferta más amplia dirigida a la población nacional en su conjunto.

Es importante lo anterior no solo por sus implicaciones para la convivencia y la democracia en el siglo XXI en un país francamente envejecido, sino además porque se trata de obligaciones comprometidas, cuyas discusiones sobre normatividad y políticas en ningún caso deben interpretarse como temas «impopulares» y, en consecuencia, postergables, como ha sido justificada la experiencia chilena reciente por algunos sectores de opinión. Nada más categórico en respuesta a esta postura que el proceso de negociaciones sobre un pacto mundial para la migración segura, ordenada y regular, que vienen gestándose desde 2017.

Garantizar los derechos y visibilizar las contribuciones de las personas migrantes que emanan de su esfuerzo y responsabilidades es un tema poco discutido y está en la base de las regulaciones necesarias. Así, la población chilena podrá verse beneficiada de la migración, y en ello Chile tiene un desafío mayor para el siglo XXI, cuyo enfrentamiento permitirá derrotar al prejuicio y racismo concomitante que enferma a la sociedad.

Es bueno que en Chile se sepa que los intercambios migratorios en los que participa el país son de escala menor en la región, y que lo que le caracteriza es la intensa dinámica de las dos últimas décadas. La abrumadora mayoría de los migrantes residen en los Estados Unidos, el principal país receptor de la emigración de Centroamérica y México, con 78 % de los emigrantes centroamericanos (3,13 millones) y 97 % de los emigrantes mexicanos (12,1 millones) residiendo en dicho país en el 2015. Un número bastante menor le sigue en España, esta vez en su mayoría sudamericanos.

Cabe agregar que también destaca la dinámica de aumento, freno y recuperación migratoria, donde se ha evidenciado un fuerte incremento de la participación de migrantes menores de edad, acompañados y no acompañados, así como de mujeres, deportaciones y personas víctimas de trata, entre otros aspectos, tendencia que se manifiesta principalmente en el triángulo norte de Centroamérica. El panorama migratorio regional además se ha complejizado y en ello destaca, por ejemplo, el rápido incremento de la emigración de venezolanos, en especial hacia los Estados Unidos, México, España y otros países, como Chile, al que le caracteriza también el fuerte crecimiento de la inmigración haitiana.

La intensificación de la inmigración en Chile es parte del proceso de crecimiento de los intercambios en la escala intrarregional, y corresponde a una tendencia que venía produciéndose desde décadas anteriores. La inmigración proveniente de la región nunca ha dejado de crecer. Lo llamativo es que durante al menos dos décadas (1980 a 2000) había registrado una tasa de crecimiento de poco más del 1%, y los datos más recientes muestran que habría acelerado su incremento durante la última década, al 3,5%. Estos movimientos —no siempre fáciles de registrar, cuantificar y describir— incluyen varias expresiones, desde laborales como la movilidad temporal y el tránsito fronterizo, y otras que admiten una compleja tipología en la que resalta la movilidad indígena, la niñez migrante no acompañada y la búsqueda de refugio, cuyas modalidades asociadas a la irregularidad, la trata de personas y el tráfico ilícito de migrantes los han hecho caracterizarse por la condición de flujos mixtos.

Es decir, los intercambios migratorios plantean en la base una comprensión detallada que representa el punto de partida para los debates acerca de políticas y regulaciones, en el marco de las obligaciones del Estado, la cooperación multilateral y la reciprocidad. Desde la CEPAL alentamos la migración intrarregional porque es una gran oportunidad para la convivencia pacífica y el desarrollo humano integral de la región. Por ello, cabe cautelar el cumplimiento de acuerdos establecidos en mecanismos de integración regional y procesos regionales específicos sobre migraciones contenidos en la Agenda 2030, el Consenso de Montevideo sobre Población y Desarrollo y el pacto mundial para una migración segura, ordenada y regular.

 

El caso de las remesas

Finalmente, un ejemplo de asunto de interés compartido es el de las remesas, que además guarda relación potencial con la superación de asimetrías y desigualdades. A esta altura se ha discutido bastante sobre este asunto en varios países y hasta se ha organizado una celebración mundial anual para destacar su importancia (ojalá sin descuidar el trabajo decente). Chile aparece un tanto marginal en este cuadro.

La importancia económica de estos flujos es muy relevante para algunos países, y depende en gran medida de la base económica y productiva de cada país. En el caso de México, las remesas representaron en 2016 solo el 2,6 % del PIB, proporción muy inferior a la que se da en los países centroamericanos, donde llega a superar el 16 %, como en Honduras y El Salvador. En América del Sur, los ingresos por concepto de remesas son más bajos que en otras subregiones del continente. Los países que reciben mayores montos son Colombia, Brasil y Perú, seguidos de Ecuador.

 

Chile: destinos de las remesas (en millones de dólares). 2012-2016

Fuente: The World Bank, Migration and Remittances Data

Fuente: The World Bank, Migration and Remittances Data

 

La migración hacia Chile, además de la contribución que conocen los involucrados (empresarios, jóvenes, sindicatos, pacientes de la salud, hogares), desempeña un papel importante para hogares de origen de las personas migrantes. De modo exploratorio, si bien con montos menores a los arriba descritos, las cifras indican una fuerte participación de las familias peruanas en su percepción. Les siguen Argentina en la región y España en Europa. Todo un desafío para la investigación. Excluyendo el 2012, se puede observar una estabilidad en los flujos de las remesas. En el caso de los países de América Latina, Perú, Argentina, Ecuador, Bolivia y Colombia representan más del 93 % del total de todas las remesas enviadas a nivel regional desde 2013, periodo en el cual no presentan variaciones significativas en cuanto al porcentaje del volumen de las remesas enviadas a nivel de América Latina. Resta la cuantificación de las remesas enviadas a Haití.

Sin duda, la migración representa un proceso de intercambios y nada es más claro en su relación con el desarrollo. Es esperable que se intensifiquen y adopten modalidades de movilidad ahora impensables.

 

Países receptores del total de las remesas enviadas desde Chile en 2016

Fuente: The World Bank. Migration and Remittances Data

Fuente: The World Bank. Migration and Remittances Data

 

Este artículo fue publicado originalmente en la revista Migrantes, del Instituto Católico Chileno de Migración, INCAMI, en mayo de 2018.