El cielo plomizo obligaba a tener encendidas siempre las luces del despacho, a pesar de que las puertas blancas del gran ventanal estaban abiertas de par en par. Un otoño típico, pensó Mariano. Por la puerta se dibujó la figura de Soraya y un inmediato: «Buen día, ¿todo bien?».

Mariano Rajoy, presidente del Gobierno español | Foto: Wikicommons

Mariano Rajoy, presidente del Gobierno español | Foto: Wikicommons

Mariano: —Parece que sí. Va a llover hoy. ¿Pudiste averiguar algo? Ya es martes y el sábado no quiero sorpresas.
Soraya: —Sí, Rivera está atado, acordamos cuatro medidas que ellos quieren, y ya está.
Mariano: —¿Y Podemos? Iglesias es inescrupuloso.
Soraya: —No tiene donde apoyarse. Alicia Díaz no lo puede ver y Pedro Sánchez fue descabezado.
Mariano: —¿Y Alicia? Sánchez está moviéndose bastante con las bases.
Soraya: —No le da el tiempo. Seguramente a Pedro lo tengamos enfrente el año que viene pero ahora ella queda sola y se van a abstener.
Mariano: —¿Segura?
Soraya: —Sí, segura. ¿Qué hacemos nosotros?
Mariano: —Lo que hay que hacer: nada.

Este diálogo de un presidente y su número dos, en un martes 25 de octubre de 2016 es totalmente ficticio. Pero bien pudo ser cierto y refleja una estrategia política de uno de los más infravalorados y subestimados de los protagonistas de la política española de los últimos treinta o cuarenta años: Mariano Rajoy.

El dominó de los demás se cae

Presidente del Gobierno, al mando de un Partido Popular de derechas, acusado de actos de corrupción y con una impronta de político de carrera, sin carisma y con una imagen emparentada con estereotipos del pasado, llegó a diciembre de 2015 con una serie de reformas económicas y del aparato estatal tan exitosas como impopulares.

El termómetro del votante siempre es más sensible en su bolsillo, así que Rajoy tenía una mayoría relativa que no le permitía ser investido presidente. De diciembre a junio de 2016, el imaginario de la gente, de los políticos y hasta del propio rey ensayó diferentes fórmulas.

Se llegó a ofrecer el cargo a Pedro Sánchez, líder del segundo partido, el PSOE, pero tampoco pudo reunir los votos necesarios. Discursos, reuniones y ensayos de posibles alianzas quedaban en la nada, pues los números no cerraban. Los cuatro partidos, agrupados de dos en dos, no lograban una mayoría para tener un nuevo presidente.

Mariano Rajoy no dijo ni hizo nada. Solo esperó.

Un junio soleado y muy caliente fue testigo de una segunda elección general para destrabar la situación. La aguja se movió a favor de Mariano Rajoy. Más de 700.000 votos se agregaron a su bolsa y la oposición temió que, si hubiera una nueva elección, el PP terminaría llevándose una mayoría «por cansancio».

Como fichas de dominó fueron cayendo los dirigentes del PSOE, encerrados en una crisis de identidad grave y sin idea de cómo hacer con Mariano. Era el diablo, así que no se podía acordar con él. Entonces, luego de despedir a su líder (Sánchez) por la puerta de atrás, ganó fuerza la idea de abstenerse (¿o debí decir lavarse las manos?).

De junio a octubre, Mariano, otra vez, no hizo nada. Solo esperó.

Podemos se hundió en una discusión dialéctica-estratégica-política que, como suele pasar con los partidos verticales marxistas, se saldó con descabezar a uno de los bandos. El PSOE se preparó para cambiar de tema, concentrarse en sus gobiernos regionales y… abstenerse.

Mariano, el sábado 29 de octubre de 2016, logró los votos para ser presidente nuevamente. ¿Su estrategia? Esperar y no hacer nada.

Cataluña y… esperar

El Partido Popular es irrelevante en Cataluña. Eso ya es sintomático de una lejanía tal que las acciones de un gobierno central en un área que es considerada territorio apache se parecen más a tiros por elevación que a medidas concretas.

En algún momento del 2012 la agenda de conversaciones entre Rajoy y Arthur Mas dejó de concentrarse en un pacto fiscal que salvara a los catalanes de una pésima gestión económica y que el Banco Central sacara las castañas del fuego, para enfocarse exclusivamente en la independencia de un territorio autónomo español.

¿Oportunismo de Mas? ¿Delirante excusa para escapar hacia adelante? ¿Toma de conciencia de un líder sobre los sentimientos y destino de su pueblo? Solo Mas lo sabe. Lo cierto es que en febrero, abril y setiembre del 2012, rodeado de cordialidad, concurrió a La Moncloa para solicitar un pacto fiscal diferencial para Cataluña que Rajoy una y otra vez negó. La última vez, bajando la escalinata y en medio de una persistente llovizna, se despediría con un «acepta el pacto fiscal o atente a las consecuencias».

Arthur Mas adelantó las elecciones en Cataluña para ampliar su mayoría y empezó a fogonear la idea independentista hasta transformarla en único tema del día en Barcelona.

Comenzó entonces un largo camino de recortes presupuestales, propuestas de referéndum, marchas y contramarchas, diadas multitudinarias y el incendio de la pradera en Cataluña. Carles Puigdemont, su forzoso sucesor luego de pulseadas internas entre independentistas, continuó echando gasolina.

Rajoy, más allá de una retórica nacional única española, no actuó. Esperó.

Pero Puigdemont no es Mas, y tomó esa inacción como luz verde a un gobierno paralelo en Barcelona, preparando el terreno para la utópica aventura. Se constituyeron comités de gobierno catalanes en pueblos chicos. Se reformaron de hecho los planes de estudio en escuelas y secundarios. Se dictaban clases solo en catalán abandonando la bilingüística legal, los mossos de squadra se adoctrinaban como independientes de la policía española. Se preparaba un referéndum que sería tomado como legitimador de una independencia.

Todo eso sucedía ante la paciente mirada y espera de don Mariano. Luego llegó el inevitable momento del mazazo.

Represión de referéndum, el artículo 155 y nuevas elecciones

Si Ciudadanos hubiera tenido solo algunos miles de votos más, hubiera salido todo bien para Madrid. Pero no fue así y Rajoy volvió a elegir su mejor estrategia.

Puigdemont fue imputado y está fuera de España. Los independentistas dudan de qué es más importante: Puigdemont o la independencia.

30 de enero de 2018… Puigdemont

Puigdemont (mensajes filtrados):

«Supongo que tienes claro que esto se ha terminado. Los nuestros nos han sacrificado. Al menos, a mí».
«El plan de Moncloa triunfa, solo espero que sea verdad y que gracias a esto puedan salir todos de la cárcel porque, si no, el ridículo histórico es histórico»

Mariano Rajoy ha esperado y solo ha dado una única señal: «Nadie puede ser investido estando en el exterior. Si Puigdemont pisa España, será detenido».

Ahora solo debe esperar que otro dominó empiece a caer.

 

Gustavo A. Calvo
Analista politico. Integrante de «Mesas» de En Perspectiva (www.enperspectiva.net). Columnista digital