Sombras, nada más

El monumental apagón que actualmente afecta Venezuela, y que fue declarado por Nicolás Maduro como una agresión imperialista, debe ser visto en el contexto del deterioro general de esta nación, tras dos décadas de chavismo.

Apagón eléctrico en Caracas | Captura de pantalla

Apagón eléctrico en Caracas | Captura de pantalla

Al grito de improperios y farfullantes maldiciones, los venezolanos recibieron el pasado jueves 7 de marzo la ausencia de servicio eléctrico, justo al final de la jornada laboral ordinaria. El incordio era el acostumbrado: perder trabajo inconcluso, angustiarse por el regreso a casa ante las falla del transporte masivo, el agotamiento de las baterías en teléfonos… Pero lo que parecía otro apagón más, iba revelándose en toda su magnitud a medida que corría la confusa información en redes sociales y en algunas pocas emisoras de radio aún funcionando, confirmándose que el suceso ocurría a escala nacional.

Al momento de redactar esta nota han pasado más de 96 horas de interrupción. Desde la primera noche, corrió la versión oficial ordinaria: un sabotaje —como es frecuente, denuncia sin aparentes culpables— pero en esta ocasión orquestado por operaciones de subversión dirigidas por los Estados Unidos y sus lacayos la Asamblea Nacional venezolana. Esta línea de Miraflores, si tenía eficacia alguna, se debía al casi perfecto monopolio de información en las pocas fuentes de información masiva disponibles, situación empeorada por las fallas en telecomunicaciones. Mientras, la meta de restauración se iba postergando, sin responsabilidad pública y con una agravante persecución política contra chivos expiatorios, amparándose esos abusos en la sombra de la noche impuesta.

Si no fuese por la impopularidad esencial del régimen, y su historia de ineficacia administrativa, la versión del sabotaje yanqui podría tener alguna credibilidad, aun si parece sacada de las páginas más truculentas de la guerra fría. Empero, los desperfectos de la industria eléctrica son de larga data. Desde el desmantelamiento de los esfuerzos privados y la meritocracia pública y descentralizada, pasando por la desinversión y la congelación de tarifas como medida populista, la centralización burocrática y politizada de las industrias vinculadas, la falta de mantenimiento más básica, sin mencionar la extraordinaria corrupción en torno a la compra de plantas energéticas que nunca fueron propiamente construidas, Venezuela pasó de tener una de las más penetrantes y productivas industrias de generación, transmisión y servicios eléctricos de América Latina durante el siglo pasado a ser la sombra de la región.

Este desastre autoinfligido se puede notar anecdóticamente en años de racionamiento eléctrico, en los daños recurrentes a equipos domésticos e industriales, en la oscuridad de calles y avenidas, y en la reducida vida de algunas poblaciones que se recogen al romper la noche cual si fuesen atrasados pueblos de crónicas decimonónicas olvidadas, pero bajo el acecho de la violencia urbana contemporánea. La perturbación sobre los modos de vida modernos, acostumbradas las grandes ciudades a eventos similares pero de menor duración, hunden aún más la situación de una sociedad cuya vida se muestra precaria y depauperada, distraída en labores esclavizantes que impiden un trabajo productivo continuo. Es cierto que, como espejo de la nueva desigualdad impuesta por la destrucción económica, los daños no afectan a todos por igual y hay un segmento de la sociedad que parece mejor pertrechado para estas emergencias. Pero el efecto sobre la vida general del país, y especialmente sobre las redes comercial, financiera, industrial y de servicios que aún persisten, puede ser irreversible a medida que se alarga la situación.

Desde la sociedad venezolana, independientemente de su signo político, la urgencia del cambio se hace perentoria. Es aún insondable la ruta hacia el cese de la usurpación y sus secuelas en corrupción, desidia y abandono de la dignidad humana; y son también inciertas las posibilidades reales de una transición política ordenada hacia la democracia o, cuando menos, hacia un Estado funcional. Mientras tanto, del legado de Hugo Chávez se proyectan sobre la vida de todos los venezolanos solo sombras, nada más.