La revelación de José Antonio Meade como probable candidato a la presidencia de México demuestra la vigencia de la falta de democracia, la imposición y el verticalismo históricos en las filas del Partido Revolucionario Institucional.

José Antonio Meade y Enrique Peña Nieto durante el «destape» del futuro candidato del PRI | Foto: Presidencia de México

José Antonio Meade y Enrique Peña Nieto durante el «destape» del futuro candidato del PRI | Foto: Presidencia de México

El ritual arcaico, ceremonioso y tradicional conserva su plena vigencia, y demuestra cómo aquel eslogan publicitario del «nuevo PRI» no era sino fuego de artificio para esconder que las formas y los fondos siguen siendo los mismos: José Antonio Meade fue revelado, este lunes, como quien muy probablemente será candidato del Partido Revolucionario Institucional a la Presidencia de México.

Se le llama el tapado desde hace unos cincuenta años, y la técnica consiste en barajar durante meses distintos nombres del que será el sucesor del presidente; conforme transcurren las semanas, los medios especulan sobre quién será el elegido, interpretan señales, gestos y guiños que permitan atisbar posibilidades, toda una manifestación de la llamada antipolítica estética que reemplaza la democracia interna por el espectáculo.

Al final, el titular del Ejecutivo será quien decida. No habrá votación pública, consulta abierta a militancia o consideración hacia ninguno de los órganos internos del partido. Será lo que se conoce como el dedazo: decisión exclusiva del mandatario, en ese ejercicio vertical del poder que es ejemplo del más vetusto presidencialismo mexicano.

Las bases priistas, por su parte, así como los aspirantes descartados, asumirán sumisos y resignados la decisión. Aplaudirán acríticamente, sonreirán en las fotografías o en las pantallas de televisión y buscarán lo antes posible granjearse simpatía, cercanía y el favor del elegido.

Es el modo en que el PRI ha ejercido el poder desde su fundación, el único modo que conoce, representativo del autoritarismo y tan eficaz que incluso quienes abandonan ese partido —siempre por no ser «favorecidos»— lo han replicado en sus nuevos destinos políticos.

El Partido de la Revolución Democrática, que nació de la inconformidad de varios expriistas, adoptó el método del dedazo y, en sus casi treinta años de vida, solo ha tenido dos candidatos a la Presidencia; en este caso, quien ha ejercido el papel del máximo decisor ha sido Cuauhtémoc Cárdenas, primero, y Andrés Manuel López Obrador, luego, cuando desbancó a aquel como líder absoluto.

Y el propio Andrés Manuel, al verse arrinconado y cuestionado por los grupos perredistas en 2014, eligió separarse de ese partido y fundar su propio feudo, el Movimiento Regeneración Nacional, Morena, para sí seguir siendo el único en decidir su tercera candidatura a la Presidencia en 2018.

Salvo por el Partido Acción Nacional, cuyos candidatos a la Presidencia han sido desde 1952 siempre elegidos por votación de sus militantes, la democracia interna de los partidos políticos en México es, ha sido y sigue siendo nula, inexistente, un estorbo cuya más grave consecuencia es que obstaculiza y tergiversa cualquier intento de pedagogía democrática entre la sociedad.

La cultura democrática requiere de una suma de prácticas que haga de los valores del diálogo, el acuerdo, la transparencia, la legalidad, la competencia y la participación un ejercicio constante y mayoritario.

El tapado y el dedazo son, por contraparte, una antítesis de esos valores, y celebran y promueven la opacidad, la imposición, el silencio y, al final, la sumisión. No convocan a una democracia más allá del formalismo electoral, no construyen ciudadanía, no contribuyen a la construcción de una cultura apta para vivir bajo el régimen democrático.

Es quizá por ello que siguen gozando de aceptación, se contagian y ejercen, pues representan la mejor solución para un ejercicio del poder basado en el clientelismo, el reparto de dádivas durante las campañas o el de plazas durante el gobierno: verticalismo y nepotismo más cercanos a lo autoritario que a una política moderna capaz de instalar formas más horizontales, meritorias, abiertas y, en resumen, democráticas.

La designación de José Antonio Meade es de este modo una muestra de la vigencia de un modo de hacer política que, herencia del siglo XX, es el mayor lastre para la consolidación de la democracia mexicana.

 

Carlos Castillo | @altanerias
Director editorial y de Cooperación Institucional de la Fundación Rafael Preciado Hernández. Director de la revista Bien Común