Con la decisión de reconocer a Jerusalén como capital del Estado de Israel, el presidente norteamericano puede desatar una reacción desestabilizadora a escala global, que perjudicará los prospectos de la democracia en el mundo.

Ilustración: Guillermo Tell Aveledo

Ilustración: Guillermo Tell Aveledo

Desde hace siete décadas, la política exterior de Estados Unidos ha buscado establecer un statu quo de paz y estabilidad entre el entonces naciente Israel y la comunidad palestina en su seno, ruta que se habría consolidado con los acuerdos de Oslo de 1993 y el reconocimiento de una solución que garantizase la coexistencia de dos Estados. La persistencia del conflicto en los últimos cinco lustros reta la viabilidad intrínseca de aquellos tratados, convertidos en la ortodoxia de la comunidad internacional sobre el tema pero no siempre respetados por Israel o Palestina.

Aunque en sus declaraciones ha apoyado el objetivo israelí de reconocimiento a la capitalidad de Jerusalén, Trump alegó que mantiene su apoyo a la «solución de dos Estados» —ante la cual había mostrado dudas en ocasiones anteriores—. La posición casi unánime de la comunidad internacional ha sido la de recordar la centralidad de ese principio en las negociaciones de paz, y admitir que esto es un duro golpe para el establecimiento de un acuerdo viable en el conflicto árabe-israelí. Pero Trump no está solo: profundiza sobre la declaración rusa del pasado abril —en la que Moscú apoyaba el establecimiento de la capital israelí en Jerusalén occidental— y empuja a Tel Aviv hacia un conservatismo radicalizado. Todo esto inspirado en un pretendido integrismo occidental propio del populismo de derechas que enarbola el mandatario estadounidense.

Trump se plantea a sí mismo como un negociador astuto, y había designado como mediador norteamericano en el Medio Oriente a su yerno Jared Kushner. Quizás se figura como un movimiento audaz que rompa el nudo gordiano tras ocho años de frustrantes vacilaciones sobre el tema por el gobierno de Obama. Pero la reacción inmediata, especialmente la indignación que esto produce en un mundo islámico que se adentra en una lucha por su liderazgo entre Irán y Arabia Saudita, anuncia una espiral de inestabilidad. Así mismo, la posibilidad de una violencia terrorista y militante de movimientos fundamentalistas sobre Occidente puede elevar la apuesta de los movimientos más autoritarios dentro de sus sistemas democráticos. Por un lado, se profundizará la acusación desde el mundo islámico de la hipocresía democrática en Occidente y, por otro, aumentarán los llamados de guerras santas desde la derecha alternativa.

En el mejor de los casos, la posición de Trump, dada la importancia de los Estados Unidos a escala global, perjudica las perspectivas de resolución de un conflicto que satisfaga lo más posible las demandas históricas de Israel y Palestina e inclina la balanza hacia una solución unilateral en la que una de las partes sea erradicada. La vulnerabilidad estratégica de Israel, única democracia consolidada de la región, puede sufrir un daño irreversible, tal como analiza urgentemente el diario Haaretz. ¿Puede Israel confiar en la templanza de un socio que ha vulnerado, incluso, sus secretos de inteligencia? ¿O acaso se verá arrastrada por una política exterior que ha abierto deliberadamente numerosos frentes de conflicto?

Para los latinoamericanos, esto no deja de ser relevante. No solo por las tendencias profundas de gobernanza global que se ven afectadas —más allá del tímido papel global de nuestra región—, especialmente en lo tocante al prestigio de la democracia en Occidente, y por la escalada de tensiones y violencia en un mundo con el cual estamos mucho más integrados, sino especialmente por la escala humana del conflicto: nuestros países son el hogar de comunidades judías y palestinas de variable importancia, y hay que ver este potencial sufrimiento con solidaridad de compatriotas.

El ideal de una solución que garantice la existencia de Palestina e Israel, aún inacabado, sigue siendo la mejor apuesta para una paz estable. Será difícil deshacer esta temeridad.

 

Guillermo Tell Aveledo | @GTAveledo
Profesor en Estudios Políticos, Universidad Metropolitana, Caracas