¿La histórica dimisión del vicepresidente Raúl Sendic puede dañar la imagen internacional del Uruguay?

El 9 de septiembre de 2017 marcó la historia del Uruguay por ser el día en que, por primera vez, un vicepresidente renunció a su cargo. La situación financiera deficitaria de ANCAP, empresa estatal y monopólica uruguaya de los combustibles, el alcohol y el portland durante sus gestiones entre 2005 y 2013, el título universitario sobre genética humana realizado en Cuba que siempre dijo tener pero nunca pudo probar y las compras realizadas con tarjetas de crédito corporativas que salieron a la luz en los últimos meses e indignaron a más de uno, llevaron a que Raúl Sendic presentara su renuncia de forma «indeclinable» al plenario del Frente Amplio.

La forma en que se llevó a cabo la renuncia despertó enseguida las primeras críticas, al realizarse frente a su partido y no ante la Asamblea General, institución que preside como vicepresidente de la República.

Según la Constitución de la República Oriental del Uruguay, la persona encargada de asumir su cargo será el senador más votado de la lista más votada. En las pasadas elecciones de 2014 la lista con mayor apoyo fue el Movimiento de Participación Popular (MPP) del expresidente José Mujica, con aproximadamente 170.000 votos. Por este motivo, la senadora Lucía Topolansky asumirá el cargo que deja Sendic. Como vemos, la institucionalidad y el apego a los procedimientos constitucionales parecen estar garantizados, por lo que hablar de crisis institucional sería errado.

Ahora bien, ¿solo el oficialismo debería estar preocupado ante esta situación? ¿Debe reducirse el análisis simplemente al costo político que tendrá esta crisis para el partido de gobierno en las elecciones de 2019? Claro que no.

Como era de esperar, la renuncia de Sendic comenzó a recorrer el mundo de forma inmediata: «Vicepresidente uruguayo renuncia acusado de mal uso de fondos públicos», tituló la Agencia Reuters. «Renuncia el vicepresidente de Uruguay en medio de un escándalo de corrupción», tituló por su parte Clarín, mientras que El País de Madrid publicó: «Dimite el vicepresidente de Uruguay tras un intenso proceso de descrédito».

Por su parte, algunos dirigentes del oficialismo, entre ellos el expresidente José Mujica, salieron inmediatamente a relativizar los casos que llevaron a la renuncia del vicepresidente, tratándolos de insignificantes al compararlos con aquellos existentes en Argentina y Brasil.

Ante estas reacciones corresponde recordar que siempre el país ha gozado de una gran reputación internacional en cuanto a transparencia y corrupción. Según el índice de percepción de la corrupción 2016, desarrollado por la ONG Transparencia Internacional, que mide la percepción que tienen los empresarios y analistas sobre la corrupción en el sector público, Uruguay se encuentra en el puesto 21.° de un total de 176 países. Este índice ubica a nuestro país como aquel con la menor percepción de corrupción de América Latina, por encima de Chile y Costa Rica, y fuera de América, delante de países como Francia e Israel.

En momentos en que Uruguay es uno de los miembros no permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas por segunda vez en su historia, el presidente Tabaré Vázquez ya anunció que no asistirá a una reunión de alto nivel para la prevención de abuso y explotación sexual en Nueva York junto al secretario general de la ONU, y que en su lugar asistirá el canciller Nin Novoa. Cabe destacar que dicha temática había sido impulsada por el propio Uruguay mientras ocupaba la presidencia del Consejo de Seguridad en el mes de mayo.

A su vez, la renuncia se da en momentos en que se negocia la inversión de una tercera pastera finlandesa por USD 6000 millones, algo que, teniendo en cuenta el tamaño de nuestro país, podría afectar la economía de forma significativa.

El sistema político, como un todo, tiene que trabajar para mantener el prestigio internacional que el país históricamente tuvo. Por esto, debe mirar con preocupación y especial atención las repercusiones internacionales y las consecuencias que podría tener este hecho para la imagen del país.

Si Uruguay quiere seguir siendo un país respetado internacionalmente y atractivo para las inversiones, deberá dejar de compararse con lo peor de América Latina y hacerlo, simplemente, consigo mismo.

 

Leonardo Fernández | @Herr_Fernandez
Licenciado en Estudios Internacionales. Coordinador de proyectos de la Fundación Konrad Adenauer, oficina Montevideo.