Yo, Pedro

Tiberio Claudio César Augusto Germánico, emperador de la dinastía Julio-Claudia, gobernó desde el 41 d. C. hasta el 54 d. C. Su casi inexistente actuación política le sirvió para sobrevivir a las distintas conjuras que provocaron la caída de Tiberio y Calígula.

Proclamación de Claudio emperador (Sir Lawrence Alma-Tadema, 1867) | Imagen: Wikiart CC0

Proclamación de Claudio emperador (Sir Lawrence Alma-Tadema, 1867) | Imagen: Wikiart CC0

Calígula, asesinado por sus propios pretorianos, sumió a Roma en un ambiente de terror cuasi irreal. La guardia encontró a Claudio detrás de unas cortinas de palacio, patéticamente escondido por temor a ser muerto como su sobrino. Era el único hombre adulto de la familia.

Fue por tanto candidato ideal para ser nombrado emperador, pensando en alguien manejable y débil. Pese a sus deficiencias físicas y de carácter, fue un inteligente gobernante, buen estudiante y brillante estratega militar. Su gobierno implicó una prosperidad superlativa en todas las áreas. Pero, aquella tarde en palacio, muchos romanos se deben haber preguntado qué cadena de factores y causalidades habrían llevado a este ser al sillón más poderoso del Imperio.

A las 11.34 h del viernes 1 de junio de 2018, en los pasillos del Parlamento español, muchos se deben haber hecho la misma pregunta.

Ana Pastor, presidenta del Congreso, leyó el resultado de la votación por la que cayó el gobernante que más elecciones había ganado en el agitado último lustro electoral ibérico.

Como Mariano Rajoy ha dicho en alguna de sus alocuciones, él ha ganado todas las últimas elecciones, mientras que Pedro Sánchez, ese intruso desafiante que se le ha plantado, las ha perdido todas, obteniendo los peores resultados en la historia del PSOE. «En una democracia, señor Sánchez, gobiernan los que ganan elecciones». Esta afirmación es de una lógica impecable y se asienta en una realidad constatable, pero no explica los acontecimientos de las últimas horas.

Durante el año 2016, los españoles demostraron elección tras elección que privilegiaban la estabilidad y la recuperación económica que proporcionaba el Partido Popular. Eso explica cómo una y otra vez la oposición de izquierda (Socialistas y Podemos, fundamentalmente) se daban contra la pared en los intervalos electorales mientras también se dedicaban a confrontar entre sí, en un juego de egos bastante irresponsable. Rajoy hacia su juego haciendo… nada; solo esperaba, mientras las votaciones de censura se trababan por falta de mayorías.
¿Qué cambió? Cuatro grandes factores jugaron a favor de que el viento virara en contra del PP.

Cataluña siempre importa

La novela de los catalanes, su elección, el artículo 155 por el que Madrid interviene allí y los roles jugados por Rajoy, Rivera y Puigdemont… El PP jugó el papel del malo de la película, moviéndose torpemente, imponiendo una fuerza inusual y privilegiando el ejercicio de la fuerza antes que la negociación política. Si se tiene la ley de su lado (y Rajoy la tenía), no siempre es recomendable ejercer la imposición coactiva del orden. Aun estando respaldado, hubiera sido más inteligente buscar salidas políticas, consensos y otro estilo de diálogo, no por el resultado en sí, sino por la imagen de paz y acuerdo que necesitaba la sociedad de toda la nación.

Ciudadanos, a caballo de una fenomenal campaña de Arrimadas, no solo fue protagonista en el sur, sino que se potenció a nivel nacional como fuerza visible. Dejo atrás algunos preconceptos y mostró su cara responsable y políticamente correcta. Eso es algo que suma mucha imagen.

Puigdemont no puede quejarse. Pese a su turismo por toda Europa, nada le salió mal del todo, judicialmente no pagó todavía un precio y, quizás en forma inmerecida, mantuvo una imagen de hábil negociador y operador político. Tal vez no sea cierto, pero sí es cierto que cada punto que suma, se le resta a Rajoy, en ese modo cuasideportivo que ven la política los españoles.

Ciudadanos aparece por el codo final

Así como los favoritos en cualquier gran premio de turf aceleran en el codo donde comienza la recta final, el partido de Rivera, que era tercero o cuarto cómodo hace un año, ve crecer su imagen y sus potenciales votos en los últimos meses de una forma poco previsible. Quizás sea el efecto Arrimadas en Cataluña, quizás los discursos medidos de Albert Rivera, quizás una inteligente agenda legislativa que les mostró técnicamente capaces y preocupados por temas específicos. Lo cierto es que de compañeros de ruta del PP, parecen haberse puesto los pantalones largos y, eso, al votante de Rajoy le da una puerta lateral por donde escapar con su voto del PP. Aquellos nunca dispuestos a dar poder a la izquierda, tienen su plan B. Eso pone nerviosos tanto a Rajoy como al PSOE… Hay ahora alguien que electoralmente podría recoger el testigo de la centroderecha, no contaminado por la corrupción y con pocos votos negativos. Si Rivera hubiera obtenido las elecciones anticipadas que buscaba, quizás hoy la izquierda hubiera corrido el riesgo de seguir… con la ñata contra el vidrio, mirando de afuera.

Podemos se disciplina, autónomos priorizan

Hace dos años, por dos veces, Sánchez intento el gobierno y chocó contra una colaboración imposible de Pablo Iglesias. En efecto, siempre el precio era demasiado alto. Una vicepresidencia, un paquete de medidas demasiado radicales, una superpoblación de cargos de Podemos a un nivel demasiado alto y un discurso incendiario del número dos de Podemos. Demasiados fuegos artificiales, demasiado perfil alto. Lo mismo sucedía con los grupos separatistas. Precios muy altos por el apoyo. Líneas rojas que se cruzaban, riesgos demasiado grandes.

Todo esto puso además nerviosos a los que estaban sentados unas filas detrás de Sánchez en el PSOE. Estaban a punto de prometer demasiado y vender el alma al diablo, no es aconsejable, nunca.

Esta vez el trato no es conocido, pero es indudable que a nadie le gustó el Noviembre de Barcelona y muchos dejaron de pensar en el precio y prefirieron el cambio. «Más vale lo bueno que no cambia nada, que seguir con lo malo conocido…», parece ser la conclusión.

Sánchez sabe que lo único que puede prometer es conservar presupuestos, así que no promete nada y solo les pide que sean racionales y dejen a Rajoy irse. Parece poco, pero fue suficiente.

Esos votos, pocos, eran la diferencia entre un futuro sin Rajoy y la permanencia.

La corrupción al auxilio de Sánchez

Pedro fue expulsado de la presidencia de su partido y lo abandonó por la puerta de atrás. Fiel a su carácter empecinado, se subió a su coche y recorrió España pueblo por pueblo, como en sus primeras épocas de militante, y desde abajo irrumpió en la interna socialista, ahora sin deberle nada a nadie y sin estar a la sombra de ningún barón.

Emergente otra vez en la presidencia socialista, realizó su propia purga y se lanzó a la caza de Rajoy. Pero algo en fondo del discurso de Rajoy es cierto: Sánchez no tiene el recorrido político como para ser presidente del Gobierno, no tiene los apoyos ni la estructura como para hacerse del poder, no se sabe si tiene un plan y solo representa un quinto de la ciudadanía. Sus diputados no llegan a 20.

Pero el escándalo del pronunciamiento judicial sobre un caso de corrupción del PP puso al escenario político en shock. El mensaje era demasiado directo: un fallo judicial que da por cierto un esquema oficial de coimas y desvío de fondos, cajas negras y enriquecimiento de miembros del partido por manejos del partido, en cargos del partido y con arrepentidos y confesiones del partido.

Era demasiado y, quizás, sin ese fallo Pedro nunca hubiera llegado a tener esa epifanía que le llevo a pedir la censura.

El momento y lugar adecuado

Por lo visto anteriormente, nuestro amigo Pedro se vio ante un caso de corrupción que puso de rodillas a Rajoy, un aceleramiento de la carrera de Ciudadanos hacia la Presidencia, aprovechando su empujón en Cataluña y a Podemos y los separatistas desesperados dando su voto a quien pudiera frenar a la derecha… ¿Demasiada tentación? Pues claro, allí fue Sánchez… Y ganó.

Al final del día, como Claudio, detrás de las cortinas aparece el nuevo emperador, cuando muchos no lo esperaban y con la enorme duda sobre sus capacidades reales. Seguramente era más urgente la necesidad del cambio que asegurar la calidad de la solución.

En 1934, Robert Graves escribió Yo Claudio, donde expone una autobiografía ficticia del emperador. Este libro se constituyó en una de las mejores descripciones de la vida y política romanas escritas alguna vez.

Esta noche del 1 de junio, horas después de la censura, informado el rey e impuesto en su cargo por las Cortes, puedo ver a Pedro levantándose en la madrugada, sin poder conciliar el sueño, dirigirse a su escritorio particular, abrir su laptop y, a la luz de la luna, entre las nubes de Madrid, empezar a escribir su propia historia…