Brasil desconfiado: ¿qué saldrá de las urnas?

El 8 de octubre se celebrará en Brasil las elecciones presidenciales. Un escenario político cargado de incertidumbre presenta la octava elección directa desde el final del régimen cívico militar.

Elecciones en Brasil | Foto: Senado Federal, 2014

Elecciones en Brasil | Foto: Senado Federal, 2014

A nivel oficial, la campaña electoral comenzará el 16 de agosto. Es un tiempo breve para que el electorado pueda evaluar adecuadamente las candidaturas. Mientras tanto, entre lo que sucede en las redes sociales y la discusión por las precandidaturas, se puede observar lo que viene por delante y adelantar algunos desenlaces.

Hay dos preguntas aguardando respuesta: ¿Por qué el escenario actual es de incertidumbre?, y ¿cuáles son las alternativas en discusión?

Varios motivos explican las dudas acerca del escenario electoral. En primer lugar, las complicaciones atravesadas por los dos principales partidos: el PT y el PSDB, que centralizaron la disputa electoral y gobernaron los últimos 22 años, pero que hoy atraviesan dificultades para presentar candidatos con buenas posibilidades de triunfo.

Por el lado del PT, a pesar de que Lula lidera la última encuesta de opinión de IBOPE, realizada en junio, con un 33% de intención de voto, presenta una alta tasa de rechazo (32%). El hecho de estar detenido, y en medio de un debate jurídico que se extenderá por más tiempo, hace difícil evaluar el surgimiento de otra candidatura. El partido continúa firme en su intención de presentar a Lula antes del 15 de agosto, plazo en el que vence la posibilidad de registro. Una vez realizada esa formalidad, corresponde a la justicia electoral pronunciarse acerca de la legalidad de ese registro, que aunque denegado en una primera instancia puede recurrirse y ser habilitado en instancias jurídicas posteriores. Quedan muchas dudas acerca de los plazos para recurrir esas decisiones o conceder prórrogas que permitan al candidato competir hasta el 3 de octubre, y dependen en buena medida de eventuales interpretaciones.

Para el PSDB, el partido del expresidente Fernando Henrique Cardoso, las perspectivas electorales no parecen auspiciosas. Por un lado, Aécio Neves, una de sus principales figuras y que fue candidato presidencial en 2014, está descartado por su implicancia en casos de corrupción. Por otro, la precandidatura de Geraldo Alckmin, gobernador del estado de San Pablo reelecto en 2014, cuenta con desafíos importantes para una campaña exitosa. La medición de IBOPE de mayo lo ubica con una intención de voto de apenas 4%, y una tasa de rechazo elevada, en el entorno del 22%. Además, persiste en el partido una división muy significativa en San Pablo, su estado más importante y el mayor distrito electoral del país. Tensiones internas, derivadas de la disputa por la municipalidad de la capital y la competencia entre liderazgos locales, no permiten descartar la posibilidad de que João Dória, actual alcalde de San Pablo, sea candidato por el partido.

Otros tres elementos que ayudan a entender la incertidumbre electoral son: la gran cantidad de candidaturas, el alto porcentaje del electorado que se manifiesta indeciso y el elevado rechazo a los políticos. Los partidos realizaron sus convenciones el 5 de agosto, de acuerdo con el plazo final establecido por la justicia electoral para definir sus candidatos y acuerdos electorales. Como resultado tendremos trece candidatos, la mayor oferta en la historia electoral, con excepción de la elección de 1989, que fue la primera realizada por voto directo. La suma de indecisos, votantes en blanco o anulado es de 41%, si se excluye a Lula de la candidatura; cuando se lo incluye como candidato, es de 28%, según la medición de junio de IBOPE. En definitiva, estamos ante un escenario indefinido.

La desconfianza ha crecido y el recelo se refleja en un resultado para candidaturas audaces, o con propuestas extremistas, simples y atractivas. El segundo lugar en la medición de junio de IBOPE le corresponde a Jair Bolsonaro, con un 15%, de un partido irrelevante en términos de representación institucional, con propuestas que pueden considerarse como populistas de derecha. Hay que tener en cuenta, también, que posee una elevada tasa de rechazo (31%), que es un buen indicador de sus limitaciones.

La desconfianza también contamina a las principales instituciones del país y tendrá impacto en el comportamiento del electorado brasilero. El instituto Data Folha muestra en su más reciente investigación (junio), que solo un 5% de los brasileiros confían en el Poder Ejecutivo, un 3% en el Legislativo y el 2% en los partidos. A medida que el Poder Judicial viene tomando posiciones cada vez más polémicas y arbitrarias, de difícil comprensión para el ciudadano medio, la confianza en las instituciones jurídicas también se ve disminuida. Solamente un 19% de los entrevistados manifiestan confianza en el Poder Judicial.

Tomando en cuenta este panorama, aparecen varias interrogantes. ¿Cuál será el resultado de esa elevada desconfianza? La tradición indica que el electorado brasilero es proclive a rechazar candidaturas extremistas. Lula tuvo éxito con su candidatura en 2002, presentándose al centro del espectro ideológico, con un discurso conciliador y una amplia red de alianzas. Por otro lado, la última elección presidencial (2014) fue la de más elevada polarización en la historia del país. Esta elección deberá llenar un vacío.

Los resultados de las recientes convenciones partidarias muestran que el juego aún continúa abierto. Por un lado, el PT persiste en presentar a Lula como candidato, hasta que la justicia electoral se pronuncie sobre su habilitación, y presentó al exalcalde de San Pablo, Fernando Haddad, como candidato a la vicepresidencia. En caso de que Lula sea inhabilitado para competir, la alternativa es Manoela D’Ávila, del PC do B (Partido Comunista de Brasil). La apuesta del PSDB es construir una amplia alianza compuesta por partidos tradicionales y pequeños partidos de base clientelar, nucleados en torno a la figura de Geraldo Alckmin. Su fortaleza, a partir de esta estrategia, resultó en conseguir la mayor cantidad del tiempo destinado a la propaganda electoral en televisión y hacerse de la mitad del valor total del nuevo fondo público de financiamiento electoral para su campaña. Por otra parte, se ve un claro deseo de renovación a partir de la búsqueda de alternativas políticas alejadas de las ya conocidas. Mientras tanto, candidatos que visten estos ropajes, atraviesan dificultades. Bolsonaro intentó sin éxito establecer alianzas partidarias amplias. Su vice, Mourão, un general de reserva que pertenece a un partido menor (PRTB), ha realizado propuestas que alejan la posibilidad de correr al candidato a posiciones más de centro.

Sin duda, el actual escenario revela una desconexión entre el electorado y las opciones presentadas. La expectativa de candidaturas de outsiders tampoco parece haberse concretado. Existe un vacío entre la clase política y los electores. Esta elección parece estar confirmando, muy a pesar de los electores, que la política sigue siendo cosa de iniciados.