Elecciones Brasil 2018: ¿populismo versus establishment?

Las elecciones presidenciales de este año en Brasil prometen ser una carrera importantísima para ese país. En ella los actores principales son en primer lugar la política tradicional, representada por una gran fragmentación de candidaturas tanto de la centroizquierda como de la centroderecha y, por otro lado, el populismo fascistoide militarista de derecha. El escenario es gravemente incierto.

Los ojos de los analistas políticos latinoamericanos estarán direccionados en los próximos meses a la democracia más grande de la región y una de las más grandes del mundo. Brasil tiene más de 125 millones de electores, que el 7 de octubre elegirán los candidatos que pasarán a la segunda vuelta, en un contexto de crisis política y económica generalizada.

La carrera presidencial brasileña tiene dos principales y diferentes niveles de análisis, aunque no del todo incompatibles: por un lado, las anomalías del proceso electoral; por otro, los rasgos que son normales en las elecciones de ese país. La principal anomalía es que la carrera presidencial sigue inestable, ya que uno de los candidatos más importantes e influyentes está preso. Lula da Silva insistió en imponer su candidatura junto con su partido, el Partido de los Trabajadores (PT), aun estando preso por más de cuatro meses.

La candidatura de Lula se aprovechó de la larga duración de los procesos judiciales en Brasil; sin embargo, la apuesta de todo el mundo político y empresarial, hasta de aliados del PT, es que Lula finalmente sea impedido de competir y encabece la candidatura su vice, el exalcalde de San Pablo, Fernando Haddad.

Las elecciones de 2018 serán las más fragmentadas de la historia reciente: hay trece candidaturas a la presidencia. Se suma a este fenómeno la dificultad de generar alianzas electorales, dada la incertidumbre con el futuro de Lula. Muchos partidos esperan la segunda vuelta para cuadrarse con algún candidato. Si las actuales alianzas electorales se mantuvieran durante el gobierno de alguno de los primeros puestos en la intención de votos, ninguno alcanzaría el 10 % de los diputados, tomando como base la actual legislatura.

En la misma línea de anomalías de esta carrera presidencial, el primer lugar en intención de votos lo ocupa un candidato fascistoide con rasgos de populista militarista, el diputado Jair Bolsonaro. En 2016 fue considerado por el portal australiano News como el político más abominable del mundo, por su discurso homofóbico, machista y hasta racista. El presidenciable es un excapitán del ejército y su principal propuesta para temas complejos como la violencia es la legalización del porte de armas. Se da como cierta su ida a la segunda vuelta; el segundo puesto se disputa entre la ambientalista de centro Marina Silva, el exministro de Hacienda Ciro Gomes y el exgobernador de San Pablo Geraldo Alckmin, este último con el apoyo de prácticamente todo el establishment de la política brasileña.

Vale resaltar que Marina Silva también tiene un discurso antiestablishment, culpa a los grandes partidos y a los viejos políticos por la crisis que sufre el país y, tal como Bolsonaro, tiene como objetivo alcanzar al elector cansado de los viejos rostros y de las viejas prácticas. Marina representa la moderación y el centro político, llevando el ambientalismo y el desarrollo sostenible al centro del debate. Sin embargo, ambos tienen un largo historial de cargos públicos: Bolsonaro ha sido diputado por 28 años; Marina, senadora y ministra en el primer gobierno Lula.

La segunda línea del análisis insiste en la normalidad del proceso. Con excepción de Marina Silva, los demás candidatos que pelean el segundo cupo para la segunda vuelta son políticos inside, de dentro del sistema político, principalmente Geraldo Alckmin, que aun teniendo baja intención de votos tiene fuertes posibilidades de ganar el lugar, ya que su alianza electoral con los principales partidos de la centroderecha le garantizó el mayor tiempo de propaganda de televisión. Alckmin tendrá el 40 % de tiempo de propaganda, factor que fue considerado extremadamente importante en las elecciones pasadas.

En síntesis, es altamente probable que un candidato populista fascistoide pase a segunda vuelta en las elecciones presidenciales de Brasil, pero lo que podemos considerar como seguro es que las fuerzas políticas tradicionales no apoyarán a un aventurero como Bolsonaro en un contexto de crisis y de necesidades vitales de reformas estructurales. Por eso, la tendencia es que el establishment político apoyará a quien desafíe a Bolsonaro, sea quien sea, aumentando las posibilidades de que este o esta desafiante sea el ganador final de las elecciones presidenciales. Presenciaremos entonces el efecto Macron, que aun no teniendo una amplia mayoría en la primera vuelta, con el apoyo de las fuerzas moderadas para derrotar a la extremista Le Pen, fue el ganador final de la carrera.