El proceso electoral chileno de 2017 ha sido poco atractivo para los jóvenes. Esta es una de las conclusiones de las entrevistas realizadas a principios de noviembre en el marco del proyecto Living Politics, que procura analizar cómo los jóvenes latinoamericanos viven y sienten la política.

Estudiantes chilenos marchan en reclamo por la educación, 2011 | Foto: Nicolas15, vía Wikicommons

Estudiantes chilenos marchan en reclamo por la educación, 2011 | Foto: Nicolas15, vía Wikicommons

Uno de los elementos que contribuye a este fenómeno de desinterés es el escaso atractivo que representa para ellos la oferta política. Esto se vincula por un lado a la idea de que el sistema político es relativamente cerrado y estático. La idea de que son siempre los mismos es repetida en las entrevistas realizadas, entre jóvenes de diferentes características y perfiles. La alternancia presidencial Bachelet-Piñera-Bachelet-Piñera (a quien las encuestas marcan como favorito al momento de cierre de este artículo) es uno de los elementos que sustenta la idea de un sistema cerrado.

Por otro lado, la oferta política es poco atractiva para los jóvenes, porque tampoco perciben que su realidad vaya a cambiar sustantivamente en función de quién gane. Varios de los jóvenes entrevistados mencionaron frases que reflejan esta sensación: «Para qué votar, si mañana tengo que ir a trabajar igual», o «Gane uno o gane otro, no voy a ser ni más rico ni más pobre». Hay algunos jóvenes que son excepciones: aún creen en el voto como un medio valioso para expresar su opinión; pero incluso entre ellos se duda de la efectividad del voto para incidir en las decisiones políticas.

El segundo elemento que contribuye al alejamiento de los jóvenes en esta coyuntura es precisamente la aparente predictibilidad del resultado. El expresidente Sebastián Piñera lideró las encuestas de opinión durante todo el proceso. Un resultado que parece tan predecible no es demasiado atractivo (más allá de que la predictibilidad de las elecciones podría cuestionarse luego de la última elección americana, el plebiscito por la paz en Colombia y el referéndum sobre el brexit en el Reino Unido).

Por otra parte, el hecho de que el voto no sea obligatorio (desde 2012) disminuye la presión social por involucrarse. Este distanciamiento es agudo entre los jóvenes chilenos, según muestran varios estudios sobre el tema, pero también afecta a la población adulta.

Más allá de los elementos coyunturales vinculados a la elección, entre los jóvenes chilenos hay elementos de desencanto más profundos. Existe una percepción bastante generalizada del sistema político como hermético, lejano, que no dialoga con los ciudadanos «porque no lo necesita». Adicionalmente, se lo visualiza dotado de ciertos privilegios que no tienen los ciudadanos comunes, por ejemplo, en la forma en que los políticos son tratados por la justicia (con mucho más consideración que un ciudadano de a pie).

Esto, sin embargo, no quiere decir que a la juventud chilena no le interese la política en el sentido amplio (entendida como la preocupación por los asuntos colectivos): más bien todo lo contrario. Dos elementos contribuyen a esta afirmación. Por un lado, los jóvenes entrevistados se muestran razonablemente informados y atentos sobre la realidad política, e incluso conocen los partidos y sus líderes y pueden ubicarlos en el espacio político izquierda-derecha. Por otro lado, existe una alta valoración (y en varios casos involucramiento) sobre formas de participación política alternativa. A juicio de una parte importante de los entrevistados, las movilizaciones y protestas representan medios más efectivos que las elecciones para incidir en la agenda y decisiones de gobierno.

Cabe destacar que la generación actual está fuertemente marcada por las movilizaciones del 2011 por la educación, donde los jóvenes sintieron que efectivamente estaban siendo escuchados y tomados en cuenta para la toma de decisiones. Uno de los jóvenes entrevistados que participó de las movilizaciones cuenta: «Fue increíble, fue un año donde logramos que los políticos empezaran a hablar de educación; nadie estaba hablando de eso y nosotros nos organizamos, nos movilizamos y de repente fue el primer tema para el país». Es relevante mencionar que aún hoy la educación continúa siendo la principal preocupación de los jóvenes de Santiago; reconocen que ha habido avances pero coinciden en que «continúa siendo un sistema muy injusto».

Entonces, más allá de que no todos los jóvenes hayan participado de estas marchas por la educación y que hoy en día tampoco lo hagan en otro tipo de movilizaciones, parecería ser que el 2011 marcó un precedente: hay una creencia común en buena parte de la juventud chilena de que las marchas, protestas y movilizaciones constituyen los medios más eficientes para incidir en las decisiones políticas. Aún más, algunos de los jóvenes explican que la movilización política se ajusta mejor a los tiempos del presente: «Si estás descontento con algo, hoy lo puedes manifestar en el momento y no tienes que esperar hasta las siguientes elecciones, cuando quizás el tema que te interesaba ya ni se habla».

En definitiva, los jóvenes chilenos se sienten lejanos de la política tradicional pero no por una falta de interés, sino más bien porque sienten a los partidos como organismos cerrados y poco atentos a los ciudadanos. El voto ya no es visto como efectivo para incidir en las decisiones políticas, sino las movilizaciones y protestas. Estas creencias no son exclusivas de los jóvenes chilenos —el proyecto Living Politics las ha constatado también en otros países del continente— pero sí parecen ser más fuertes entre ellos que en otros contextos.

 

Ignacio Zuasnabar
Consultor político y analista de opinión pública. Director de Equipos Consultores. Presidente de WAPOR Latinoamérica. Profesor de la Universidad Católica del Uruguay

Inés Fynn
Estudiante de Doctorado en Ciencia Política en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Licenciada en Sociología por la Universidad Católica del Uruguay