López Obrador, ¿un cambio de estrategia?

Una transformación radical en su mensaje, su imagen pública y el tono de su discurso convierten a Andrés Manuel López Obrador en una alternativa de gran atractivo y poco a poco suma adeptos que en otro tiempo fueron sus detractores.

Andrés Manuel López Obrador | Foto: Hasselbladswc, vía Wikicommons

Andrés Manuel López Obrador | Foto: Hasselbladswc, vía Wikicommons

Lejos ha quedado la imagen de aquel Andrés Manuel López Obrador beligerante, impertinente, encerrado en sus razones y amurallado tras las paredes del rechazo a las instituciones democráticas.

Aquel personaje turbio y oscuro, emblema del populismo en México, mutó para convertirse en un precandidato ameno y sonriente, abierto a la pluralidad, al que piensa diferente, y ha transformado a su Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) en un partido atrapa-todo donde cabe cualquiera que quiera sumarse a un proyecto que puntea en las encuestas desde hace varios meses.

¿Cambio real o estrategia de campaña? Es decir: ¿estamos frente a un otrora crítico de los procedimientos de la democracia, descalificador de los medios de información que no le fueran afines y portador de propuestas demagógicas que, de pronto, se convierte en la única esperanza real de transformación?

Hay varios argumentos que podrían sostenerse para responder de forma positiva a ese cambio.

Existe un hartazgo manifiesto frente a los partidos que han pasado por la presidencia de México en los últimos doce años, el PAN y el PRI, hoy protagonistas de alianzas con otras fuerzas políticas que buscan aglutinar el apoyo disperso en beneficio de dos candidaturas, la de Ricardo Anaya y la de José Antonio Meade, respectivamente.

Hay también una percepción de que al no haber tenido aún oportunidad de gobernar, López Obrador «merece» estar al frente del Ejecutivo federal.

Otro aspecto, uno de los más redituables, es que, como partido político, Morena ofrece espacios de participación y nombramientos de gabinete frente a un probable triunfo a todos aquellos que, sin sitio para participar en sus propios partidos, encuentran una puerta abierta o, si se quiere, la posibilidad de proseguir su carrera política.

Y es que han sido precisamente esas alianzas las que han reducido tanto en el PAN como en el PRD los espacios para que los de casa puedan competir por algún cargo de elección popular. A esto se suma, además, la falta de democracia interna en uno y en otro, lo que convierte a sus dirigencias en repartidoras de candidaturas: los beneficiados avanzan, los desfavorecidos saltan a Morena.

López Obrador ha recibido por igual a senadores del PAN que del PRD, ex dirigentes del PRI, legisladores y liderazgos de todos colores, e incluso en últimas fechas ha sido señalado por dos expresidentes del Acción Nacional como un personaje que ya no es «un peligro para México».

Es muy probable que esta sea la estrategia que mayores réditos le traiga a una campaña que, en aras de sumar, acepta a quienquiera que se acerque: políticos y también actores, intelectuales, académicos, miembros de la sociedad civil, empresarios… La cave está en ofrecer una imagen que es absolutamente distinta a la que López Obrador construyó durante más de treinta años de carrera política: de ser un sujeto de choque a ser un articulador de intereses dispersos y diversos, que se reúnen en torno a su proyecto para fortalecer su candidatura presidencial.

Hay en todo esto un dejo de perversidad que no debe pasarse por alto. Las propuestas de López Obrador siguen ancladas en ese nacionalismo que linda entre el más claro populismo y una política de ideas irrealizables o, al menos, que trastocarían el sistema económico nacional.

Algunas muestras de esto son: la apuesta por que México consuma solo lo que produce, es decir, lo que ha llamado la autonomía alimentaria; un centralismo que deposita exclusivamente en el presidente las tareas de seguridad nacional, así como los nombramientos de diversas instituciones –contrapesos– hoy en manos de comités técnicos, que pasarían al titular del Ejecutivo; la cancelación de reformas clave en este sexenio, como la energética y la educativa, que son fruto del acuerdo político más complejo y grande del siglo XXI mexicano.

Nada de esto es obstáculo, no obstante, para seguir sumando adeptos. Lo más preocupante es que a finales del año pasado, en una conferencia en Washington y ante la pregunta de cómo lograr estos cambios en caso de no contar con la mayoría del Congreso, López Obrador señaló que aquello no importaba, pues el país ya tenía suficientes leyes y solo faltaba quien las hiciera cumplir.

El mensaje implícito es: una presidencia fuerte que se imponga, en lugar de un equilibrio de poderes capaz de construir acuerdos o evitar excesos de una y otra parte. A esto habría que sumar, sin duda, su propuesta de que erradicar la corrupción no requiere de un marco de leyes sino más bien del ejemplo del gobernante: si el presidente no es corrupto, «por contagio» ninguna parte del sistema lo será.

El cambio de estrategia de López Obrador es quizá la maniobra más astuta de su carrera política, no solo por las simpatías que ha despertado sino, sobre todo, porque esa suma de apoyos puede traducirse en legitimidad a un proyecto populista de nación.

 

Carlos Castillo | @altanerias
Director editorial y de Cooperación Institucional, Fundación Rafael Preciado Hernández. Director de la revista Bien Común