La definición de las candidaturas en el plano federal y en el local será fácil para la mayoría de los partidos, compleja en el caso de Acción Nacional, de larga raigambre democrática en sus procesos internos.

Ningún partido acudirá solo a la elección de 2018: un escenario inédito en México

Ningún partido acudirá solo a la elección de 2018: un escenario inédito en México

El 14 de diciembre inició formalmente el periodo de precampañas en el que los partidos políticos mexicanos elegirán a sus representantes para los comicios del 1 de julio de 2018. En la elección se disputarán, además de la presidencia, la renovación de las dos cámaras del Congreso federal —Diputados y Senadores—, nueve gubernaturas con sus respectivos congresos y ayuntamientos —Chiapas, Ciudad de México, Guanajuato, Jalisco, Morelos, Puebla, Tabasco, Veracruz y Yucatán—, y diversos cargos locales, para sumar un total de 3326 procesos de elección popular.

Una contienda que, por su dimensión, no es solamente un reto inédito para los organismos electorales sino también para los propios partidos, que deberán decidir qué perfiles ocuparán cada una de esas candidaturas. Será también, cabe añadir, la primera vez que ninguna de las fuerzas políticas acudirá solo a la elección: todos los partidos han formado alianzas que plantean nuevos escenarios para la historia de la democracia en México.

Por lo que toca al gobernante Partido Revolucionario Institucional, acudirá a las urnas coaligado con el Partido Verde y el Partido Nueva Alianza; la definición de candidaturas de este caso será, no obstante, sin mayor conflicto, pues la verticalidad y el corporativismo que distinguen al PRI pueden garantizar que las dos agrupaciones que le acompañan obtengan votos suficientes para asegurar su permanencia y recursos como partidos nacionales, amén de algún escaño, alcaldía e inclusive gubernatura —como ocurre actualmente en Chiapas con los verdes— que ceda el priismo.

La alianza que encabeza, por su parte, Andrés Manuel López Obrador como candidato a la presidencia es de características similares. Su partido, Movimiento Regeneración Nacional (Morena), acudirá a las elecciones de 2018 aliado con la izquierda radical del Partido del Trabajo y con el ultraconservador Partido Encuentro Social, amalgama que sorprendería a cualquiera pero que se justifica por las mismas características que la que encabeza el PRI: los cuantiosos recursos que trae consigo mantener el registro como partido a nivel federal.

En ambos casos será la voluntad del líder o del partido la que sustituya la democracia interna y decida la repartición de probables candidaturas entre los aliados.

La alianza que registraron el Partido Acción Nacional (PAN), de la Revolución Democrática (PRD) y Movimiento Ciudadano (MC) es, por su parte, un esfuerzo que ha tomado meses de acuerdos, discusiones, incluso rupturas al interior de esas fuerzas políticas y no pocas críticas o aplausos de parte de la opinión pública.

Si bien tanto el PRD como MC han reconocido que el ya registrado como precandidato a la presidencia de México y líder nacional panista hasta el pasado 9 de diciembre, Ricardo Anaya, será a quien respalden, es el propio PAN el que aún debe completar su proceso interno de elección tanto para ese cargo como para los miles que habrán de disputarse.

Este es el punto más sensible de esa alianza. El registro de Anaya contó con el respaldo casi unánime de los principales liderazgos de Acción Nacional, tanto gobernadores como presidentes del partido en los estados, lo que genera escasos incentivos para que quienes han declarado su intención de competir por esa candidatura participen en un proceso claramente inclinado hacia uno de los competidores.

En ese sentido, también será complejo decidir las candidaturas a diputaciones, senadurías, estados y municipios, pues si bien ha comenzado ya el reparto entre dirigencias de los tres partidos, existe inconformidad entre la militancia y los liderazgos regionales panistas, que se han construido a lo largo de los últimos seis años y que tienen tanto en el PRD o en MC a históricos rivales electorales.

El riesgo de un proceso que no cuente con legitimidad democrática podría derivar en que tanto los militantes como los simpatizantes de Acción Nacional no reconozcan en sus probables candidatos a perfiles que merezcan el voto. Esto podría acarrear una fuga de electores hacia otras opciones —partidistas o de posibles candidaturas independientes, como la de Margarita Zavala, aún por concretarse— o hacia el abstencionismo, ambos motivos habituales de las derrotas de ese partido en pasadas elecciones.

Las alianzas que competirán en la elección de 2018 no aseguran hasta el momento el triunfo para nadie y, si bien las que encabezan el Morena y el PRI harán uso del autoritarismo y el corporativismo para sustentar a sus candidatos, la que ha construido el PAN aún tiene enormes retos por delante.

Esto retos son, sin duda, los que podrían diferenciar una forma de hacer política que México ha arrastrado durante todo el siglo XX y lo que va del XXI, y otra apegada a los valores democráticos que son, también durante ese tiempo, los que han distinguido y enorgullecido al Partido Acción Nacional.

 

Carlos Castillo | @altanerias
Director editorial y de Cooperación Institucional, Fundación Rafael Preciado Hernández. Director de la revista Bien Común