México, cuenta regresiva

Faltan poco más de dos semanas para que concluya el proceso electoral 2017-2018 en México, en el que se renovará el Congreso, la Presidencia de la República y cerca de tres mil cargos de elección popular.

Jaime Rodríguez (independiente), José Antonio Meade (PRI), Andrés López Obrador (Morena) y Ricardo Anaya (PAN), durante el último debate presidencial | Imagen: captura de pantalla de TV

Jaime Rodríguez (independiente), José Antonio Meade (PRI), Andrés López Obrador (Morena)
y Ricardo Anaya (PAN), durante el último debate presidencial | Imagen: captura de pantalla de TV

La elección más grande en la historia del país tiene, hasta el momento de redactar estas líneas, un claro puntero: Andrés Manuel López Obrador, cuyo partido, Morena (Movimiento de Regeneración Nacional), encabeza las encuestas de la Presidencia y la Cámara de Diputados, así como la mayor parte de las gubernaturas que se decidirán el próximo 1 de julio.

Al margen de que esas cifras puedan variar en los próximos días, la distancia que lo separa del segundo lugar —que la mayor parte de los sondeos otorga a Ricardo Anaya, del Partido Acción Nacional (PAN)— se encuentra estancada entre los 10 y 15 puntos porcentuales desde hace por lo menos un mes y medio y, si bien se antoja que la recta final extreme los ataques contra López Obrador, la cuesta arriba a recorrer es cada vez más vertical, cuenta regresiva que además del tiempo tiene en su contra el inicio del Mundial de Fútbol, que distraerá la atención de la contienda electoral.

Es complejo imaginar cuáles serán las cartas que jugarán tanto el PAN como el PRI (Partido Revolucionario Institucional) para revertir los números que arrojan las encuestas. Al candidato de Morena parecieran no afectarle los ataques que ha recibido durante el proceso, y su capacidad de marcar pauta de la agenda pública ha hecho que buena parte del debate público se centre en sus propuestas, muchas de ellas más cercanas a la ocurrencia, cuando no al absurdo, pero que lograron atraerle la simpatía de sectores de la población otrora ajenos a su proyecto.

Y es que López Obrador logró lo que ninguno de sus rivales. En primer lugar, encerrar a la suma de partidos contra los que compite en un solo concepto, la mafia en el poder, término que hoy es parte del vocabulario de la política mexicana. Además, hizo del combate a la corrupción, flagrante y cínica durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, la principal bandera de su campaña, reuniendo la inconformidad e indignación popular y usándola contra quienes ya han tenido oportunidad de gobernar al país.

Esta suma de estrategias, que ha construido discursivamente desde por lo menos el año 2006, van aunadas a propuestas que apelan a un Estado fuerte, solucionador y, casi por añadidura, controlador: llama al regreso de un modelo que centraliza las decisiones y revierte avances en materia educativa, energética y política.

Además, se asume como aquel capaz de erradicar la corrupción sin otra propuesta que la frase «si el presidente no es corrupto, nadie más lo será»; garantiza eliminar la pobreza con aquellos recursos que se ahorren de terminar con esa corrupción; otorga candidaturas y espacios a quienes le garantizan apoyo y suman votos, sin importar si están bajo sospecha de actos ilegales o si se ufanan de su cercanía con los gobiernos dictatoriales de Cuba y Venezuela… Todo ello, cabe señalar, distintivo de los populismos latinoamericanos.

Sin embargo, ese lenguaje cercano donde otros se pierden en tecnicismos, esa sensibilidad para captar lo que más indigna a la mayor parte de la población, ese llamado a terminar con los privilegios de la clase política, ese representar la voz de quienes de una u otra forma han quedado excluidos del desarrollo del país, esa apertura donde otros partidos se han encerrado en sí mismos y se han distanciado de la ciudadanía, han sido suficientes para que se ignoren todas sus carencias, para que se pasen por alto las acusaciones no menores que se levantan en su contra y, sobre todo, para que hoy su posibilidad de triunfo esté a la vuelta de unos días.

Esperar a que las encuestas se equivoquen, a que el voto útil cambie escenarios, a que un hecho fortuito o un golpe de suerte alteren lo que parece inevitable es arriesgar demasiado. La cuenta regresiva para el primero de julio puede terminar en una fecha que marque el inicio de una regresión para el país y, al no tener el sistema político mexicano segunda vuelta, lo único que pareciera capaz de evitar el triunfo de López Obrador sería un acuerdo entre PAN y PRI, que hoy no se antoja probable y para el que quizá sea ya demasiado tarde.