Ni de aquí ni de allá: La ¿pírrica? victoria del trumpismo

Estados Unidos, tras las elecciones intermedias que tuvieron lugar hace casi dos semanas confirma su gusto por el giro populista que ha dado su democracia, aunque el cheque firmado de cara a los siguientes dos años del gobierno de Trump ya no es en blanco. Su beligerante presidente tendrá que aprender a gobernar con contrapesos. La oposición demócrata tendrá que demostrar si sabe emprender otras acciones que la queja.

Las elecciones legislativas intermedias del 6 de noviembre pasado han dado pie a un sinnúmero de análisis políticos de la más diversa índole; ilustrativos todos ellos del dicho que reza que cada quien cuenta según cómo le va en la feria. Si uno repasa los medios de comunicación locales —y considera las palabras de su presidente como portadoras de verdad—, al mantener la mayoría en el Senado (e incluso incrementarla con hasta dos escaños más) los republicanos ganaron sonoramente, los ciudadanos americanos coinciden en que Trump ha hecho a América great again y la excelente marcha de la economía es prueba incontestable de ello. Si uno repasa los medios de comunicación locales los demócratas, al conseguir la mayoría en la Cámara de Representantes (lo que no sucedía desde 2010), han vencido elocuentemente, la ola azul refleja el mismo cambio demográfico que se avecina y es la ciudadanía (demócrata) la que está llamada corregir los desmanes de su presidente.

Lo cierto es que el país sigue dividido tras las recientes votaciones, aunque ahora se han podido afinar las diferencias ad interim que lo tensan, entre las que se cuentan, por ejemplo, que los suburbios son ahora el nuevo territorio político morado (norteamericanos de clase acomodada que normalmente emiten un voto conservador pero que no coinciden plenamente con la ideología trumpiana); que el campo y una gran parte del cinturón industrial norteamericano se mantienen fieles a su presidente, que las grandes ciudades son demócratas; que la presencia de perfiles más diversos (las primeras representantes nativoamericanas, musulmanas y —jóvenes— latinas en ser elegidas para la Cámara de Representantes) en la política estadounidense es el síntoma de una transformación social imparable o que las mujeres cobrarán con el tiempo mayor peso e importancia en la vanguardia política.

Si, por otra parte, solo se atiende al desarrollo de las elecciones en sí mismas, parece sensato concluir que la democracia norteamericana está viva (sea que gire hacia el populismo o vire ligeramente hacia tendencias más liberales): 113 millones de ciudadanos norteamericanos emitieron su voto en las intermedias de 2018, esto es, el 48% del electorado total (en las intermedias de 2014 se trató tan solo del 39%). De ese porcentaje los jóvenes con edades comprendidas entre los 18 y los 29 años tuvieron una participación más activa: 3,3 millones de millenials emitieron su voto temprano en estas elecciones (un incremento del 118% con respecto al voto temprano de las generaciones más jóvenes en 2014).

Esta vitalidad no implica la ausencia de problemas, al contrario, el recuento de votos en los estados de Florida y Georgia ha hecho visibles las sombras de un proceso electoral heterogéneo y dependiente de las leyes locales. El fantasma del fraude (esto es, la desconfianza populista hacia la democracia), que representantes de ambos partidos azuzaron por igual, solo sirve para ocultar las tendencias reales para dificultar o favorecer el derecho al voto según el sector social o la oportunidad política de la que se trate. Y que la democracia norteamericana esté viva implica también que sigue consumiendo cantidades ingentes de dinero: según un estudio del diario US Today, en las campañas intermedias del 6 de noviembre se gastaron más de 5000 millones de dólares. ¿Los candidatos ganadores se verán obligados a retribuir con decisiones partidistas la «inversión» que representan?

Con estos elementos sobre la mesa, cabe hacerse la pregunta de si Estados Unidos sigue siendo la reserva moral de la democracia hacia la que mirar en busca de guía. Como un testigo extraño en este país no encuentro argumentos suficientes para confirmar esta idea. Ejemplar es sí el deseo de ciertos sectores de la sociedad de contrastar y contrarrestar la narrativa hegemónica que sale del altavoz llamado Trump, pero incluso esos esfuerzos no escapan de la retórica de la confrontación. El consenso, la llamada a recuperar el centro es, al día de hoy, ajena a las mentes de republicanos y demócratas por igual. Finalmente, lo que estas elecciones no han podido desmentir mi opinión es que el gobierno de Trump ha dejado al descubierto (y esto es lo que incomoda a los demócratas moderados de cualquier partido por igual) que el principio organizativo de Estados Unidos es, hoy por hoy, el dinero.