Las democracias para ser tales requieren cumplir con ciertos estándares. Más allá de definiciones académicas, popularmente asumimos que democracia significa el gobierno de la mayoría. Se entiende, también, que la democracia debe tener un sistema de pesos y contrapesos —mediante la división de poderes— que permita que las minorías y sus intereses no sean arrasados por mayorías con vocación hegemónica. Además, se asume que cada gobierno nace con un mandato electoral, un grupo de promesas clave, que debe implementar hasta la próxima elección, para luego someterse al juicio de las urnas.

Presidenciables 2017 en Chile

Presidenciables 2017 en Chile

¿Cómo funciona la democracia chilena mirada desde esos estándares? Este artículo busca proveer una respuesta a partir del análisis de la carrera presidencial, aún incipiente.

Partamos detallando cuatro certezas que emergen del escenario poselección primaria, realizada en julio de este año. Primero, a pesar de la crisis de legitimidad y representación que hoy enfrenta el sistema político (y que seguramente no cejará de aquí a noviembre), este se renovará en términos formales, esto es, seguirá funcionando a pesar del descrédito.

Así, el sistema contará con un nuevo presidente y un nuevo Congreso legitimados por la voluntad popular. Y mientras los ganadores festejan y preparan el nuevo gobierno (y los perdedores sufren y analizan su derrota), los electoralistas contarán votos, calcularán porcentajes y seguirán mirando el sistema como lo han hecho hasta ahora.

Las novedades estarán en los efectos que produzca el nuevo sistema electoral, así como las nuevas normativas de cuotas, gasto y financiamiento electoral (las que ya han comenzado a levantar polvareda). Seguramente volveremos a discutir también la conveniencia del voto voluntario y los sesgos que produce su instauración en la participación electoral (véase la columna «15 candidatos para el 40%: la incapacidad para convocar a la mayoría»).

Segundo, logrará ser electo(a) presidente quien encabece a la minoría mayor. Desde la introducción del voto voluntario —mecanismo que consolida la caída en la participación que ya se registraba desde antes— las elecciones en Chile las decide una minoría del electorado, que es la que termina yendo a votar. Y dentro de esa minoría, ganará la minoría mayor.

Tercero, el proceso electoral aumentará (aunque aún no dramáticamente) la fragmentación política. Habrá un Congreso con más partidos representados y con bloques relativamente más pequeños. Falta saber cómo se comportarán esos bloques (con cuánta disciplina interna) en su accionar legislativo, pero también es razonable suponer que veremos escisiones y alguna que otra alianza (algunas coyunturales; tal vez otras, las menos, den pie a nuevos alineamientos más perdurables). Esto porque, aunque aún no se vea con claridad, el nuevo sistema electoral (en particular la lista abierta parlamentaria) incentiva la fragmentación y personalización de la política. El sistema ampliará su fragmentación en términos territoriales, mediante la elección popular de los CORE. Ahí también habrá espacio para reacomodos múltiples.

Cuarto, quien sea que gane la presidencial, tendrá poco que festejar y mucho de qué preocuparse. Aunque los desvelos serán diferentes para cada aspirante, todos enfrentarán desafíos de magnitud. En definitiva, el nuevo presidente probablemente gane para terminar perdiendo.

Analicemos algunos desafíos evidentes que deberá enfrentar cada una de las cuatro candidaturas que por el momento son las más visibles.

Piñera, la retroexcavadora inversa

Sebastián Piñera aparece con mayores probabilidades de ganar la próxima presidencial. Su principal ventaja es que tiene una base electoral estable y consolidada, un piso alto en el que puede apoyarse. Esa base está, además, fuertemente motivada, como lo demostró la altísima participación electoral (en términos relativos, por supuesto) que logró Chile Vamos en la primaria. Es la motivación de aquellos que se asustaron con la retroexcavadora y quienes, a pesar de lo inapropiado de la metáfora, han juzgado implacablemente la acción del gobierno actual desde ese prisma.

En este sentido, el proyecto de Piñera es un proyecto restaurador. Es la retroexcavadora que va en el sentido contrario a la anterior y que se cristaliza en la idea de volver a crecer. Esa noción restauradora ha logrado unificar, como nunca, al campo de la derecha, otorgándole a Piñera un liderazgo incontestado e incontestable.

Hay quienes incluso sostienen que los empresarios, que habían paralizado sus inversiones en los últimos años, han vuelto a invertir pues dan por descontado el triunfo de su candidato. Los analistas económicos también auguran al próximo gobierno una primavera por el mejoramiento, aún incipiente, de las condiciones externas para que Chile crezca.

No obstante, el crecimiento también dependerá del frente interno. El capitalismo requiere y necesita, para funcionar bien, una institucionalidad política y una legitimidad social que Chile Vamos no puede generar por su sola voluntad o por la del empresariado (véase la columna «Réquiem para la democracia capitalista»).

Quienes pretendan restaurar no deben perder de vista que el (viejo) sistema que quieren reponer terminó generando niveles de movilización social e ilegitimidad (no solo de la clase política sino del empresariado) sin precedentes recientes en el país. Volver a un clima como el de 2011, en un contexto en que los descontentos poseen experiencia en la movilización, así como resortes organizativos e institucionales más articulados que en el pasado, no resulta muy promisorio para el crecimiento.

Así como puede parapetarse en un piso electoral relativamente alto, Sebastián Piñera también registra niveles de rechazo muy significativos. En otras palabras, su techo es bajo, porque una proporción importante de la población lo rechaza, aunque sea de modo pasivo.

Por esta razón, el porcentaje de votación que termine obteniendo Piñera y su chance de ganar la elección en primera vuelta dependen de cuanta gente vote. Mientras menos acudan a las urnas, los adherentes fijos y entusiastas de Piñera representarán una porción mayor.

Si las encuestas disponibles están medianamente en lo cierto, Piñera podría ganar en primera vuelta, en un escenario de baja participación electoral donde los que lo quieren mucho se movilicen y los que lo rechazan lo hagan desde sus casas. Pero también podría perder en la segunda vuelta, en un escenario de alta participación en que el rechazo a Piñera logre activarse electoralmente.

¿Cuán probable es ese segundo escenario? Si bien Piñera está cómodo, sus constantes excesos y errores verbales, su falta de empatía en la comunicación con el público (sobre todo cuando tiene en frente candidatos cuya principal virtud es su capacidad de comunicar bien) y su constante exposición a críticas hasta ahora inocuas relativas a la falta de integridad con que ha mezclado política y negocios, lo hacen potencialmente vulnerable en una campaña que recién comienza a calentarse. Incluso, en un escenario en que los otros candidatos poseerán pocos recursos para hacer campaña, aunque legal, su ventaja económica podría, por grosera, volvérsele en contra.

De resultar ganador en la elección, Piñera deberá también decidir con quién gobernar. Durante su anterior mandato, luego de un intento fallido por gobernar con cuadros técnicos que tenían poca inserción partidaria y luego de intentar infructuosamente quebrar a la DC, terminó recurriendo la UDI. Aunque probablemente lo hizo a regañadientes, terminó alineando al bloque y generando más eficiencia en términos de la agenda de gobierno.

En este caso, Piñera llegaría a La Moneda con una coalición más amplia, y algo más diversa y con una UDI probablemente debilitada en el Congreso y en la opinión pública. También se trata de una UDI que perdió una oportunidad de renovación y moderación, a juzgar por la resolución de su última puja interna que terminó con Jacqueline Van Rysselberghe al mando del partido en detrimento del liderazgo emergente del diputado Jaime Bellolio.

¿Aprovechará Piñera la oportunidad de arrinconar a la UDI hacia la derecha y gobernar hacia el centro, incorporando más activamente a Evopoli o Amplitud? De hacerlo, podría dar cabida a más liderazgos de una DC distanciada de su bloque tradicional, así como a personeros del denominado “centro liberal”. No obstante, todo indica (véanse las declaraciones recientes de Piñera sobre el proyecto de aborto aprobado en el Congreso) que el poder fáctico de la UDI (asentado también en la incapacidad de los otros partidos del conglomerado de actuar coordinadamente), así como las lealtades fraguadas en el pasado gobierno, terminarán haciendo naufragar esta oportunidad para fundar una centroderecha moderna en el país.

A pesar de estos desafíos, Piñera también tiene el camino más fácil por la debilidad de su competencia: una centroizquierda dividida en dos candidaturas (Alejandro Guillier y Carolina Goic) que no logran prosperar, y un Frente Amplio con capacidad de disputarle el paso a segunda vuelta a la candidatura apoyada por el PS-PPD-PRSD. La aparente incapacidad de movilizar electoralmente a votantes menos intensos que posee la centroizquierda, comparada con aquella de quienes apoyan a Piñera, también perjudica las chances de la centroizquierda.

Así, la propia fortaleza de Piñera genera incentivos para que más gente se quede en la casa: en definitiva, la centroizquierda está quebrada y sus bases poco entusiastas, en un contexto político e institucional (voto voluntario) en que necesitarían competir con una fórmula de unidad y entusiasmando a sus simpatizantes para que vayan a votar. Pero en una competencia en que las chances de ganar son bajas, la fragmentación y la apatía campean.

(Primera parte de un artículo publicado originalmente por CIPER Chile, el 15 de septiembre de 2017).

 

Juan Pablo Luna
Doctor en Ciencia Política. Profesor titular del Instituto de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investigador principal del Núcleo Milenio (RS130002) y del Proyecto FONDECYT (#1150324). Editor de Latin American Politics and Society, autor del libro Segmented Representation: Political Party Strategies in Unequal Democracies (Oxford University Press, 2014)